Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El reino de los patanes y el fracaso de la educación

Quienes tenemos la convicción de que educar para humanizar tiene sentido, lo seguiremos intentando

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Marzo 10, 2025

…El delicado sátrapa conversa/ con copas, cuellos y cordones de oro./ El pequeño palacio brilla como un reloj/ y las rápidas risas enguantadas/ atraviesan a veces los pasillos/ y se reúnen a las voces muertas/ y a las bocas azules frescamente enterradas./ El llanto está/ escondido como una planta/ cuya semilla cae sin cesar sobre el suelo/ y hace crecer sin luz/ sus grandes hojas ciegas./ El odio se ha formado escama a escama,/ golpe a golpe, en el/ agua terrible del pantano,/ con un hocico lleno de légamo y silencio.
Pablo Neruda. Los dictadores.

Resulta prácticamente imposible poner el nombre adecuado a la época histórica que le toca vivir a uno porque no existe la distancia necesaria para observar sintéticamente su desarrollo y adivinar su desenlace. Recuerdo una conferencia a fines de los ochenta o principios de los noventa en que el historiador Edmundo O´Gorman decía con humor que ningún soldado se despidió de su familia diciendo: “Adiós. Me voy a luchar en la guerra de los treinta años”.

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Pero si obviamos este detalle y me permiten la licencia, creo que por lo que hoy puede observarse a nivel de la geopolítica mundial estamos iniciando el período que podría denominarse como el reino de los patanes. El término no es mío, lo escuché en una entrevista de alguno de los podcasts que sigo y que no he podido localizar para citar a su autor.

Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, el término patán significa “aldeano o rústico” y se puede referir a una persona zafia y tosca. Puede usarse también como adjetivo para describir a alguien “tosco, zafio…ordinario, rudo, grosero, soez, villano…” etc.

Todos estos calificativos podrían fácilmente y con justeza aplicarse al nuevo presidente del país aún más poderoso del mundo -aunque ya en franca decadencia- que se ponía al mundo como ejemplo de democracia y cumplía, al menos en lo formal, con las normas y procedimientos que caracterizan a un Estado de derecho y pueden también describir a un todavía pequeño pero ruidoso y contagioso grupo de mandatarios de otros países de nuestro continente y de otras naciones alrededor del mundo.

La descripción también le queda a los multimillonarios que están íntima y descaradamente ligados desde el poder económico al poder político y lo patrocinan y sostienen, pero además comienzan hoy a detentar cargos estratégicos dentro de la función pública en esos países.

Se trata de la asociación perniciosa ahora ya abierta y públicamente reconocida y cada vez más simbióticamente unida entre el dinero y el gobierno, ocupados por personajes que se autoasumen como monarcas absolutos y a los que la ley no les merece ningún respeto porque se envuelven en la bandera de la salvación de sus países o de la voluntad del pueblo para imponer su voluntad sin ningún timpo de límites.

Son personajes zafios, ordinarios, rudos, groseros que no tienen los conocimientos ni las competencias, pero mucho menos la educación y la ética indispensables para conducir a sus naciones, que usan un lenguaje soez para referirse a todo aquello que les incomoda o les contradice y se comportan como villanos, como tiranos que se sienten dueños de las vidas de millones de personas a las que no les importa hacer sufrir y del destino de esta humanidad en riesgo de autodestrucción a la que tampoco les importa acabar de hundir.

Paradójicamente estos son los líderes mesiánicos por los que la gente vota hoy en cada vez más lugares de la tierra porque les ofrecen y les inspiran seguridad ante la incertidumbre del cambio de época y les prometen soluciones fáciles y mágicas a todos los problemas, aunque estas supuestas soluciones impliquen pasar por encima de los derechos de familias, comunidades y naciones enteras.

Sin embargo, antes de apuntar el dedo flamígero contra estos reyes patanes que desgobiernan en el mundo de hoy, habría que darse cuenta de que no son seres de otro planeta ni robots creados por la inteligencia artificial sino ciudadanos que surgen de nuestras sociedades en descomposición. En efecto, estos personajes generadores de crisis y problemas son a su vez producto de las crisis y los problemas que tiene el mundo contemporáneo.

Para comprobarlo basta con mirar a nuestro alrededor cada vez que salimos a cualquier sitio donde haya gente. Veremos por todas partes personas ejerciendo de forma insensible y soberbia su pequeño espacio de poder tras la ventanilla de un banco, el mostrador de una tienda, el escritorio de una oficina pública, el despacho elegante de una empresa o consultorio, junto al pizarrón de un aula o detrás del ambón o el altar de un templo, etc.

Lo constatamos también cuando asistimos por ejemplo a una ceremonia cívica en la que los padres y madres de familia platican o mastican chicle ignorando los honores a los símbolos patrios o el himno nacional -que se ha degradado hasta ser parte del show en una pelea de box o un partido de futbol-, en la calle cuando un automovilista se estaciona en doble fila donde le da la gana, ocupa el espacio para personas con discapacidad en los estacionamientos o agrede verbal y hasta físicamente a quien le reclama por tirar la basura en la vía pública.

Poniendo la mirada en el campo educativo, que es el objeto de este espacio de opinión, podemos decir que cada uno de estos hombres -curiosamente o naturalmente al menos hoy son la mayoría hombres- es un producto del fracaso educativo global. Porque esta ignorancia, esta insensibilidad, esta soberbia, esta rudeza y violencia, esta falta absoluta de empatía y de solidaridad, esta egolatría desmedida fue en gran medida generada o reforzada por sus educadores y educadoras tanto en la familia como en la escuela o la universidad, si es que pasaron por ella.

Se trata de un fracaso educativo largamente incubado. Por una parte, como diría Martha Nussbaum porque los gobiernos del mundo pusieron como único objetivo de sus sistemas educativos el crecimiento económico y generaron una educación para la rentabilidad y no para la democracia. Por otra parte, porque el descubrimiento del sujeto individual y de la válida necesidad de construir un proyecto de felicidad personal derivó en un individualismo exacerbado y una idea de felicidad sustentada en el dinero, el poder y la fama. También porque al autoritarismo de las viejas generaciones que educaban con violencia física y simbólica fue sustituido por un miedo paralizante al establecimiento de cualquier límite o respeto a la autoridad.

No sé si aún sea tiempo de rescatar esa reserva ética que tiene la humanidad según los optimistas románticos, pero quienes nos asumimos como pesimistas esperanzados porque tenemos la convicción de que educar para humanizar tiene sentido, sin duda lo seguiremos intentando para que en un futuro que tal vez no veamos no haya “delicados sátrapas conversando con copas, cuellos y cordones de oro mientras el llanto permanece escondido como una planta cuya semilla cae sin cesar sobre el suelo…”

           

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