El homo agitatus, Jorge Freire dixit, se consagra a la agitación y a la hiperactividad, debe «rendir siempre, no rendirse nunca». Se lleva al límite —físico y mental— y se funde por sobrecalentamiento.
De tanto «ponerse las pilas», el mecanismo colapsa, se quema. De allí su nombre: burnout. Agotado, el individuo actual sufre de un exceso de potencia; tiene prohibido no poder. Dale, tú puedes, si no puedes es porque no quieres, just do it.
Mariana Toro Nader. ¿Rendir o rendirse? Ethic.
Más allá de los diversos nombres con los que se define la época en que vivimos -sociedad del conocimiento o de la información, sociedad líquida, del espectáculo, del cansancio- la autora del artículo del que tomo el epígrafe de hoy, plantea que el mejor concepto para caracterizar los tiempos en que vivimos es el de sociedad del rendimiento.
Más artículos del autor
En efecto, como sigue diciendo el texto, en nuestros días se enfatiza la urgencia de mejorar continuamente el rendimiento económico o productivo, el rendimiento deportivo, el rendimiento físico y aún sexual, mientras en el ámbito de la educación se ponen como metas el aumento del rendimiento académico, del rendimiento mental, el rendimiento en la investigación, etc.
Esta sociedad del rendimiento está concibiendo al ser humano como se cita en el epígrafe, como homo agitatus, como un ser en permanente agitación por la obsesión de hacer cada vez más cosas muchas con el menor gasto de recursos y energía. Hacer más con menos es el lema de esta sociedad que se mueve con rapidez aunque no sepa hacia dónde. A esto se le llama optimización.
Es así que cada día nos levantamos pensando en todo lo que nos depara el día y en buscar formas para que nos alcance el tiempo para hacerlas y si es posible, para hacer aún más de lo que está agendado o planeado para la jornada. Invertimos una enorme cantidad de energía en “estirar la liga” para responder a demandas que ya no necesitan venir el exterior sino que que como plantea Buyng-Chul Han en La sociedad del cansancio. vienen ya de nuestro propio ser que ha introyectado el mandato de ser “emprendedores de nosotros mismos” y se autoexplota pensando que la calidad de la vida depende del número de cosas que se lleguen a hacer y a poseer.
Esta hiperaceleración, hiperinformación, hipersaturación de actividades y objetivos nos conduce al agotamiento porque ese “ponerse las pilas” sin pausa ni descanso hace que la mente, el cuerpo, las emociones y el espíritu terminen por quemarse a causa de la sobredemanda que nos autoimponemos pensando en ser “exitosos” -entiéndase ricos, atractivos o famosos- y admirados por gente que ni nos conoce ni conocemos, ni nos importa ni le importamos.
Sin embargo, a pesar de los evidentes signos de desgaste que produce la carrera generada por esta cultura del just do it -sólo hazlo, no te detengas, no dudes, no pienses, no deliberes- esta maquinaria no se detiene y mira las numerosas vidas que se desperdician muriendo en el intento como simples daños colaterales de una sociedad en la que siempre ganan los mismos.
Porque en este horizonte de significados y valores utilitaristas que domina el planeta entero está prohibido no poder y esta prohibición se evidencia en las frases hechas que llenan los libros de autoauyuda, las “frases matonas” en las redes sociales y los discursos motivacionales de muchos líderes empresariales, sociales, mediáticos y hasta educativos: “el que quiere, puede”, “todo cambio es para bien”, “todo es cuestión de proponérselo”, “enfócate en lo que quieres”, “eres un guerrero (a)”, “no te rindas”.
Llevada al ámbito de lo social, esta cultura de autoexplotación, rendimiento, optimización, hacer sin cansarse, lleva a justificar las desigualdades y la pobreza atribuyéndolas a la falta de voluntad o de esfuerzo. Todos hemos escuchado decir que “los pobres son pobres porque quieren”, es decir, que no han sido capaces de mejorarse a sí mismos y de superar sus condiciones -que de entrada son de desventaja y vulnerabilidad por haber nacido en el estrato social “equivocado”- lo que en inglés, dice el artículo citado se llama Bootstrapping: el imperativo de superarse sólo con disciplina y sin ahuda de nadie.
Existe toda una industria que vive de esta falsa idea de la buena vida humana basada en el hacer mucho con poco, en la optimización y el rendimiento: apps para dispositivos, tables de tips para usar el tiempo eficientemente y ser más productivos, influencers que aconsejan a quienes quieren mejorar su nivel de eficiencia, libros, manuales, checklists y otras herramientas.
Si bien es cierto que la vida requiere esfuerzo individual, planteamiento de metas y disciplina, el problema de esta cultura del rendimiento es que se basa en la premisa de que el espacio entre lo que se es y lo que se quiere llegar a ser no pueda llenarse nunca y que las personas tengan prohibido sentir satisfacción con sus logros y su modo de vida.
El problema de fondo es que no se concibe un proyecto de vida integral -contemplando todas las dimensiones de la persona: intelectuales, laborales pero también afectivas, sociales, culturales, de ocio y de disfrute- y libremente elegido y manejado.
La educación produce la sociedad que la produce, es una idea que sostiene la quinta parte de mi libro Educación humanista y en este sentido, los educadores tendríamos el deber moral de plantearnos la pregunta de qué tanto hemos sido inoculados por esta cultura del rendimiento y de qué manera, aún sin darnos cuenta, estamos reflejando esta visión del homo agitatus en nuestros educandos, haciéndolos creer en el falso principio de que si no pueden es porque no quieren.