El utilitarismo amenaza la soberanía del alma humana en cuanto que pone, por encima de ésta, las preocupaciones por la eficiencia de la productividad y el consumo infinitos. Los ritos, por el contrario, conllevan no estar sometido a una necesidad ni subordinado a un objetivo ni a una utilidad. Es el privilegio del juego, por ejemplo, cuando no se profesionaliza, sino que se convierte en una actividad gozosa que se recrea en sus propias reglas autónomas.
Enrique García-Márquez. Byung-Chul Han defiende los ritos. Revista Ideas. 23 de julio de 2020.
La semana pasada cité entre otros autores al filósofo sudcoreano Byung-Chul Han para hablar críticamente de la cultura del rendimiento y la optimización que domina hoy la cultura en nuestro mundo y nos lleva a perder el sentido de la vida humana y a la frustración por ese lema que puede definir sintéticamente el imperativo de hoy: si no quieres es porque no puedes. (https://www.e-consulta.com/opinion/2026-04-13/si-no-puedes-es-porque-no-quieres )
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Esta cultura que invade e impone la dictadura de la eficiencia y la productividad ha sido inoculada de forma eficientemente silenciosa en la conciencia colectiva hasta llegar a generar que cada persona se auto explote siguiendo el espejismo del querer es poder y la falsa idea de que hacer más es ser más y, como la educación produce la sociedad que la produce, ha ido transformando los sistemas educativos para volverlos fabricantes del homo agitatus que corre todo el tiempo sin saber hacia dónde.
Siguiendo con Han a partir de esta magnífica reseña de su libro La desaparición de los rituales, considero muy relevante intentar aportar algunos elementos que pueden ayudar a contrarrestar el empobrecimiento de la vida humana convertida en una suma interminable de actividades que intentan llenar esa brecha infranqueable entre lo que se es y lo que se aspira a ser, que puede imaginarse con la analogía del conejo persiguiendo a la zanahoria que se aleja conforme corre hacia ella.
Uno de los elementos que el filósofo apunta con cierto pesimismo que han contribuido a empobrecer la vida humana por la dictadura del utilitarismo es la pérdida de los rituales que considera una enorme muestra de deterioro antropológico. Analizar las tres razones que plantea para argumentar la gravedad de la destrucción de los rituales nos puede ayudar a intentar trabajar desde la educación -que tiene sus propios rituales que también se están perdiendo- para revertir este proceso de deterioro.
La primera razón que plantea Han es que los rituales “…son diques de contención para el fluir continuo y anodino del tiempo…” que al pasar tan aceleradamente que impone una “tiranía de lo contingente” que como afirma Morin nos lleva a olvidar la urgencia de lo importante ante la impuesta importancia de lo urgente.
Cabría preguntarse en el campo educativo qué tanto estamos ya envueltos en esa vorágine del tiempo que se precipita y cansados de lo nuevo que llega y pasa de forma fugaz ante nuestros ojos, agobiados porque las exigencias burocráticas piden todo “para ayer”, haciendo que lo realmente profundo, lo que puede dejar huella en los educandos, no se realice porque nunca hay tiempo para ello.
La segunda razón que apunta el pensador sudcoreano es que «quien se entrega a los rituales tiene que olvidarse de sí mismo» abriéndonos al compartir significados, símbolos y sentimientos con los demás. Los rituales según Han pueden ser terapéuticos para curar la inflación del yo, que es uno de los mayores cánceres de nuestra época de crisis.
Sería muy fructífero también reflexionar acerca de qué tanto en nuestros procesos educativos cotidianos estamos contribuyendo a esa inflación del ego a través de la exaltación de la competencia y de la absolutización del valor de los sueños personales de supuesto éxito o tratando de vivir con profundidad los rituales de la tradición educativa o creando nuevos rituales que ayuden a los educandos a salir un poco de sí mismos, a olvidarse por unos momentos de sus intereses individuales para compartir significados y valores, sentires y pensares con los demás.
Incluso algunos “…ritos menores como las costumbres sociales o las buenas maneras también contribuyen a que el yo pase, al menos, a un segundo plano. Imponen un «usted, primero», como mínimo…” apunta este ensayo. Porque los gestos de cortesía son importantes generadores de pensamientos y sentimientos que desarrollan la empatía y la solidaridad, curando a las personas de esa inflación del ego que tanto daña. Curiosamente “…Cuanto más descortés es una sociedad, más moralizante se vuelve. Si se relajan las formas, se tensan los fondos…” con el consecuente impacto en la convivencia social.
Finalmente, el tercer factor de pérdida antropológica que produce el abandono de los rituales se encuentra en la dimensión sociolaboral. El rito es un antídoto eficaz contra la prisa y los procesos productivos que priorizan la utilidad por encima del desarrollo humano y social.
Se critica aquí el “datismo”, en el que el ser humano renuncia a su búsqueda de conocimiento y se rinde ante el reino de los datos, pero también se señala que la cultura del rendimiento ha corrompido incluso a la guerra en la que los soldados actúan hoy como mercenarios por un sueldo más que por patriotismo u honor.
También se degrada al amor desde esta visión productivista puesto que al dejar de lado los rituales -el cortejo, las formas, el romanticismo, el pudor- dice Han, se pierden la seducción y el erotismo y se entra de lleno en el campo de la pornografía, la mercadización del amor.
Habría que tomar muy en serio también la reflexión en lo educativo de este tercer elemento de pérdida antropológica por el abandono de los rituales y preguntarnos qué tanto estamos hoy sucumbiendo al datismo en la práctica y las exigencias sistémicas de la educación -sobre todo ante la creciente invasión de la IA pero también ante la epidemia de “evidencitis” que exigen hoy las burocracias educativas-, corrompiendo el honor y el patriotismo con proclamas ideológicas de productivismo político-electoral o económico-empresarial y degradando el amor por la cancelación de toda visión de esfuerzo, sacrificio y donación que caracteriza a la cultura del rendimiento para sustituirla por una concepción utilitarista e individualista de las relaciones humanas.
Las pedagogías modernas han criticado con cierta razón los rituales de orden, disciplina, rigor, repetición, exámenes, ceremonias, festivales, etcétera, que forman parte de la vida cotidiana en las escuelas y universidades. Sin embargo, habría que preguntarse qué se gana y qué se pierde al abandonar o destruir estos rituales sin sustituirlos por otros que pudieran ser más adecuados a los tiempos que corren. Habría que preguntarse si la respuesta es cancelar estos rituales o volverlos a llenar de significado si es que se han ido desgastando con el tiempo.
La educación misma es un ritual por su propia naturaleza de repetición de ciclos, de encuentros cotidianos y rutinas y porque la escuela es de alguna manera un espacio en el que se suspende el vértigo del paso del tiempo que priva en el exterior. Este ritual está hoy cuestionado también por la cultura productivista que exalta y casi sacraliza la flexibilidad, la virtualidad y el aprendizaje individual asíncrono. ¿Qué se gana y qué se pierde si dejamos que el ritual de la educación también desaparezca de nuestra vida social?