En estos tiempos de (des)información masiva, polarización política, propaganda y exceso de anuncios, la certeza se presenta como una fortaleza o algo deseable. Entre el sinfín de contenido al alcance de nuestra mano, nosotros, como audiencia o consumidores, demandamos certeza. ¿Qué fue lo que realmente pasó?, ¿cuál es la verdadera razón de este o tal suceso?
En nuestra sociedad de mercado la demanda por certeza se refleja en la oferta. Basta con abrir Youtube, TikTok, preguntarle a ChatGPT o buscar entre artículos de opinión como esté para encontrar certezas por todos lados. Certezas que consumimos y reproducimos en nuestra vida diaria. Tal parece que vivimos entre sabios y conocedores que todo saben y todo dicen, basta con checar el teléfono y la respuesta que buscábamos estaba ahí, esperándonos. Sin embargo, cuando miramos más allá de la pantalla, nuestros problemas individuales o colectivos siguen ahí, también esperándonos.
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Al confrontar la complejidad de la realidad, la búsqueda por aquel sentimiento o estado mental en el que no existen dudas empieza a interpretar, simplificar y adecuar la misma realidad a ese deseo de certeza. Maquilamos razones alineadas a nuestros valores y prejuicios para encontrar el tipo de respuesta que desde un inicio queríamos encontrar, es decir, aquella que reafirma nuestros valores y prejuicios.
Esta certeza se observa entre ministros y ciudadanos israelíes que justifican el genocidio y asesinato de miles de niños inocentes porque “seguramente” se convertirán en terroristas. O en Trump cuando ordena matar con un misil a “narcotraficantes” (todo indica que eran pescadores) en las costas del Caribe.
En México, la certeza se pudo observar en el gobernador de Puebla cuando propuso construir un estadio para diez mil personas como solución a la deforestación ilegal en el bosque de La Malinche; misma certeza con la que hoy el gobierno de Tlaxcala propone la construcción la Ciudad de los Deportes cubriendo con concreto parte de la actual área verde en el Parque de la Juventud para promover, entre otras cosas, actividades al aire libre.
O la certeza con la que el alcalde de Puebla decide tapizar la ciudad con su nuevo eslogan sin considerar que “Imparable”, también pueden ser la violencia, la pobreza infantil o los baches que no paran de atormentar la entidad.
Esta certeza la encontramos no sólo entre humanos sino también en los productos desarrollados por humanos. Quizá el ejemplo más claro es ChatGPT, herramienta que, incluso citando desinformación o fuentes inexistentes, siempre arroja una respuesta convincente, llena de certeza. Respuesta que cuando cuestionas o señalas de errónea, su algoritmo te arroja otra serie de malabares, fuentes falsas y pseudocorrecciones con incluso más certeza. No niego que ChatGPT es una herramienta valiosísima, pero, al igual que a nuestros gobernantes, debemos cuestionar.
Estos distintos ejemplos de certezas conllevan diferentes escalas y consecuencias, pero su lógica es la misma: no hay cuestionamiento ni interrupción alguna a su entrega. Al cliente lo que pida. Si estamos rodeados, influenciados y gobernados por personas y tecnologías llenas de certeza que dan soluciones populares, superficiales y aparentes mientras ignoran y oprimen lo marginal y complejo, no es sólo culpa de ellos sino también nuestra, consumidores que demandan certeza para reproducirla por voz, voto o clic.
Si bien la oferta tampoco ayuda, creo que deberíamos demandar menos certeza. Buscar candidatos que reconozcan que no saben, pero que están dispuestos a preguntar; consumir contenido digital que cuestione más de lo que responde; y en general, reconocer que no hay solución fácil a problemas complejos.
Sea el narcotráfico internacional o la deforestación, la respuesta no estará en una persona, máquina o acción, sino en el conjunto y la colaboración, en el escuchar y en cómo dicen los zapatistas “caminar preguntando”. Avanzar con cautela contra la certeza tanto propia como ajena.