Con otra Cuaresma llegando a su fin, busco en mi memoria y pienso en lo que ha cambiado. Recuerdo la veda de carne los viernes, días de ayuno y sin falta pasar por ceniza al inicio de estos rituales. “Polvo eres y en polvo te convertirás”.
La Cuaresma era un momento extraño y misterioso, un tiempo que implicaba sacrificio, seguir prácticas que, tanto en la niñez como en la adultez, no requerían explicación de causa, aunque la tenían de efecto: estar en paz y responsabilidad con nuestra vida.
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Este año en particular y peculiarmente, la Cuaresma y el Ramadán, el mes de ayuno, oración y reflexión del Islam, coincidieron en su inicio y gran parte de su duración. Las dos grandes religiones monoteístas, la cristiana y el islam, alineadas, unidas por un tiempo de abstinencia y contemplación.
En principio esto sería algo hermoso. Imaginemos un mes en el que más de 4 mil millones de personas reflexionan y ayunan, absteniéndose de vicios, carne y pleito. Un mes en que la mitad del mundo se recoge y medita sobre sus errores y el sufrimiento cercano y lejano a ellos. Un mes en que estos miles de millones crean momentos con los suyos para romper el ayuno o hacer oración juntos. ¿Cuánta paz no habría si todos aquellos que dicen cristianos y musulmanes siguieran sus propios rituales?
Sin embargo, esto no puede estar más lejos de la realidad. Si bien los musulmanes siguen practicando el Ramadán en mucho mayor fervor y cantidad que los cristianos la Cuaresma, a donde volteemos lo que menos vemos es abstinencia o reflexión. En su lugar, vemos una guerra iniciada por los intereses de unos pocos a costa de la vida de millones de inocentes.
Vemos, como los según cristianos estadounidenses matan a 180 niñas soltando dos misiles en una escuela primaria que su sagrada e inteligentísima tecnología les dijo era un cuartel militar y nadie se dignó a verificar. Vemos, cómo esos mismos cristianos sofocan al pueblo cubano con un brutal embargo energético-económico sin más motivo que sus bolsillos y miedo a fantasmas comunistas.
Vemos, sobre todo, cómo los intereses económicos de supuestos devotos, desde Buenos Aires hasta Jerusalén, se sobreponen a cualquier sentido de humanidad o caridad que sus religiones claman.
Me parece interesante pensar en el papel de la religión, o la falta de ella, en todo esto. Hace veinte años, recuerdo escuchar de conocidos y parientes haciendo ayuno, ya sea de alimento, bebida o algún otro producto, como la televisión, por ejemplo. Recuerdo yo, en la medida de mis años, hacer o querer hacer algún tipo de ayuno también, me parecía algo interesante, admirable, que daba sentido de pertenencia y fuerza.
Sin embargo, ahora parece que nadie tiene tiempo para eso, el tiempo va muy rápido y detenerse requiere demasiado esfuerzo, parece imposible. El ayuno, el recogimiento, la reflexión, no son algo eficiente ni productivo para el mercado y habrá quien diga que tampoco sano. Así, poco a poco, nadie o casi nadie a mi alrededor celebra la Cuaresma, aunque la mayoría se sigan identificando como cristianos.
No intento generalizar la secularización de los míos proyectándola en el mundo, sino al revés. Reconociendo que yo y los míos vivimos en el mundo, me pregunto qué tanto los modos de vida definidos por tecnologías, mercados, urbanización, digitalización y demás, nos han ido acelerando, arrebatándonos el tiempo y a la vez secularizándonos. Al mismo tiempo, me pregunto qué tanto nuestra pérdida de espiritualidad, perpetúa o lubrica la maquinal expansión de consumo y muerte en la que vivimos, que nos tiene más cansados, estresados, solos, y, sobre todo, sin sentido.
Debo aclarar que no estoy advocando por un regreso a la dogmática de un cristianismo institucional. De nada sirve que vayamos a misa todos los domingos y nos arrepintamos de nuestros pecados si, a la salida y el resto de la semana, ignoramos al pobre pidiendo ayuda. Lo que menos necesitamos es gente persignada desentendida de su entorno. No, no necesitamos más mochos, ni mucho menos una iglesia tipo católica, despolitizada y cobarde que pide paz sin condenar al asesino por su nombre, por ejemplo, al genocida Estado de Israel y todos sus jefes de gobierno.
No soy religioso en ese sentido, no pienso que la Iglesia católica o cualquier otra institución religiosa sea necesaria, pero sí que necesitamos retomar alguna forma de espiritualidad. Sentir y actuar con cierto temor a Dios, no a un viejo barbón que todo lo ve, sino en temor de que la realidad en su totalidad, con su clima, su multitud y complejidad, nos supera. Reconocer que polvo somos y polvo seremos sin nunca haber merecido nada. Aceptar que ni la ciencia ni la tecnología ni los mercados nos van a sacar de este apuro, sino las formas en que nos relacionamos con nuestro entorno. Nuestro compromiso y cuidado para con los otros, nuestra lentitud y escucha.
Esto tampoco es un llamado a un tipo mindfulness yogui-corporativo de cuidarse a uno mismo solito y exhalar el estrés mientras mi trabajo me sigue explotando y mi vecina sufriendo.
Llevar una vida espiritual, a mi parecer, es entonces algo tanto personal como interpersonal-ambiental, es cuidar de mi entorno y sus múltiples formas de vida, humanas y no-humanas, sin tomar nada por dado. Es indignarse y responsabilizarse; indignarse ante los más de 130 mil desaparecidos en el país y la explotación del agua y recursos naturales, responsabilizándose boicoteando el mundial para que el Estado no se lave las manos de esta violencia ante la audiencia internacional.
Indignarse ante la guerra en Irán y el genocidio en Gaza, y responsabilizarse por lo menos evitando consumir productos de Israel y Estados Unidos. Llevar una vida espiritual es entonces reconocer que todo está conectado, no tanto por vibraciones o misteriosas energías, sino por cosas muy materiales con las que interactuamos todos los días. Desde el aire que respiramos hasta nuestro teléfono con componentes y el trabajo/vidas del Congo, Chile, Indonesia, China y más.
Retomar una vida espiritual sería entonces ayunar constantemente de todo lo que no necesitamos, tomarnos el tiempo, ir más despacio y escuchar atentos lo que nos rodea y aflige. Es tomar los problemas en la pequeñez de nuestras manos reconociendo con cierto temor que la realidad nos sobrepasa, renunciado a todo exceso o acumulación.
Una vida espiritual es siempre políticamente comprometida con el Otro y nuestro entorno, forjando vínculos y dándole sentido a nuestros días. Si necesitamos una religión formal para guiarnos en esto, que así sea, o bien, cada quien a su forma, pero esta vida nunca será ni individual ni desentendida, sino siempre compartida, o bien, en comunión.