Hace unos días, nuestra presidenta anunció la inversión de 6 mil millones de pesos para la construcción de la supercomputadora de mayor capacidad de procesamiento de Latinoamérica.
Aunque su construcción probablemente necesitará de corporaciones de Estados Unidos para infraestructura, por ejemplo, procesadores gráficos de Nvidia y servidores de Oracle, la supercomputadora ciertamente reducirá la dependencia mexicana de otras corporaciones gringas como Microsoft, Amazon Web Services y Google, en el desarrollo, control y uso de datos y otras tecnologías. Esto, desde la perspectiva de la soberanía tecnológica debe celebrarse.
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Si bien desde los años sesenta se ha señalado puntualmente que la sumisión tecnológica de Latinoamérica ante el Norte (entiéndase principalmente Estados Unidos y Europa) es una de las principales causas de la pobreza generalizada en la región, poco se ha discutido y menos trabajado para una liberación en este sentido. Nuestros países, en cambio, se han inclinado por ver en la venta de petróleo, metales, litio y algunos cultivos comerciales el camino hacia la riqueza y el mítico “desarrollo”.
En la denominada Teoría de la Dependencia (1960-1970), intelectuales latinoamericanos describieron cómo nuestros países han sido históricamente condenados a exportar materias primas e importar productos acabados. Digo condenados porque tanto élites de nuestros países como ciertas potencias extranjeras se han encargado activamente de mantener esta condición.
Véanse como ejemplo las intervenciones inglesas y estadounidenses, de la mano de ciertas minorías locales, en países donde la balanza comercial no les ha favorecido, desde la guerra contra el Paraguay (1860s), hasta el consenso de Washington y los ajustes estructurales en pro de la privatización y el libre comercio (1980-1990).
Esta condición de dependencia se ha ido adaptando a la conveniencia de los beneficiarios. En la medida en que nuevas tecnologías han sido desarrolladas, las viejas se delegan en varios países con mano de obra barata, procurando que haya suficiente competencia para que el bajo precio mantenga el status quo. Si antes vendían telas caras, ahora las compran baratas mientras venden chips y medicinas.
Esta lógica explica parte del miedo que el Norte le tiene a China. El gigante asiático, contra sus expectativas y deseos, ha sido capaz de girar el tablero y ganarse su independencia tecnológica mientras vuelve dependiente al resto. Véase cómo Estados Unidos, gran defensor del libre comercio, restringe todo comercio de autos eléctricos y tecnologías de energías renovables procedentes de China por ser superiores a las suyas en todos los aspectos.
Además de perpetuar la pobreza, la dependencia tecnológica constituye otra opresión más sutil, relacionada y quizá de mayor relevancia. Constituye una imposición ideológico-cultural. Esta imposición hay que desenmascararla, y para ello hay que partir de que la tecnología no es una mera herramienta, sino el producto y reproducción de una forma específica de pensar y relacionarse con el mundo. Es decir, una tecnología conlleva el contexto, propósito, valores e ideales de quien la ha creado y, a su vez, los reproduce.
Tómese el ejemplo de Instagram. Esta tecnología digital fue creada partiendo de la idea occidental de que la sociedad es la suma de individuos, siendo el individuo la unidad básica de una sociedad. Esto nos puede parecer correcto y obvio, a fin de cuentas, mucho hemos sido educados bajo dicha premisa. Sin embargo, hay territorios tanto en México como en todo el mundo, donde la comunidad es la unidad básica de la sociedad y el individuo no se entiende, no existe, fuera de un marco más amplio: la comunidad.
En otras palabras, Instagram, como otras redes sociales y tecnologías, no es sólo una herramienta, neutra, libre de prejuicios ideológicos, sino que es producto de esa ideología. Y lo que es más alarmante es que no sólo es producto estéril, sino que reproduce su ideología. Si las personas de estos territorios comunitarios utilizaran Instagram sin reserva alguna, este, por su diseño, les empujaría a pensarse como individuos sin más. No es sorpresa que hoy, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, haya una epidemia mundial de soledad; nos ha y nos hemos individualizado.
La tecnología nos moldea tanto cuanto con ella moldeamos el mundo y nuestras relaciones en él. Un río para alguien con un bote, es un medio de transporte, para alguien con un molino, una fuente de energía. Quien tiene un martillo sólo ve clavos. La tecnología es un intermedio entre nosotros y nuestro entorno, le da forma a nuestras relaciones y con ellas a nosotros mismos. Piénsese en aplicaciones de mapas y nuestro desconocimiento de la ciudad o en relojes inteligentes y nuestra obsesión por cuantificar pasos y actividad fisiológica. Cualquier tecnología por más inocente o conveniente que parezca, ha ido moldeando nuestra forma de vivir. La pregunta no es si esto es malo o bueno, sino si ha sido de forma consciente o no.
En Latinoamérica, el martillo se nos ha dado de fuera y los clavos así aparecieron. Llevamos importando tecnología desde nuestra independencia y, con ella, sus prejuicios e ideas, sus formas de vivir. En otras palabras, nunca hemos sido realmente independientes, no del todo, y en el camino nos hemos ido agringando/occidentalizando sin ser verdaderamente gringos u occidentales ni mucho menos estar en su contexto.
¿Qué significa entonces la supercomputadora que anunció nuestra presidenta? Tomando lo anterior en cuenta, resalto dos cosas. Primero, el reconocimiento acertado por parte del gobierno actual de que no contar con ciertas tecnologías propias es un atentado contra la soberanía del país. Esto hay que celebrarlo.
Segundo, que dentro de la lógica y los motivos de ese reconocimiento acertado, se encuentran ocultos los mismos ideales y prejuicios gringos/occidentales que se nos han impuesto a través de la importación de tecnologías ajenas y los mitos del progreso y del desarrollo que les han acompañado.
Esto se refleja de forma un poco absurda en el hecho de que la supercomputadora se presente con el nombre de Coatlicue, deidad nahua de la fertilidad. Es decir, para sus desarrolladores y el gobierno, una máquina que consume cantidades estúpidas de materiales, energía y agua con el propósito de representar el mundo en forma de datos numéricos para, entre otros, encontrar más petróleo que quemar y continuar la destrucción ambiental es, en sus ideales, equiparable a una diosa y la reproducción de la vida. Esto hay que cuestionarlo.
A modo de conclusión, quiero repetir que la tecnología nunca es neutral y que, si buscamos soberanía nacional, así como autonomía personal-común, debemos tomar conciencia de los valores e ideologías detrás de las tecnologías que utilizamos. No basta tomar la tecnología del vecino bajo nuestro control, sino hay que desarrollar tecnologías en y para nuestro contexto, imprimiéndoles nuestros valores e ideales. Diversificar la tecnología y ser consciente de ella.