“¿Para qué sirve el gobierno?” En los últimos días, mejor dicho, meses, esta pregunta me ha venido atormentando. No porque haya olvidado mis clases de civismo o los incontables lunes saludando a la bandera, sino por el deprimente hábito de leer las noticias cada mañana.
Leo cómo el gobierno de Israel destruye toda forma y posibilidad de vida en Palestina; cómo el gobierno de Estados Unidos asesina a sus ciudadanos y amenaza con invadir a los ajenos, cómo el gobierno de India atormenta familias por su religión, cómo el gobierno de México ignora poblaciones envenenadas por la contaminación de las empresas.
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Un día tras otro continúo leyendo y parece que no hay lugar en el mundo donde se pueda agradecer la existencia del gobierno, entonces me pregunto, ¿para qué sirve el gobierno?
De acuerdo con el tierno Axolotl con chaleco, lápiz y cuaderno del portal del INEGI el gobierno se encarga, dentro de otras cosas, de ‘crear reglas para que tengamos seguridad’. Más de 132,000 personas están oficialmente desaparecidas… Se encarga, nos dice, de las ‘normas para proteger el medio ambiente’. México tiene sesenta Regiones de Emergencia Sanitaria y Ambiental (RESA), regiones tan grandes como la Cuenca del Alto Atoyac, es decir, todo Tlaxcala y parte de Puebla, donde los niveles de contaminación del aire, suelo y agua están matando prematuramente a la población… El gobierno -continúa-, ‘provee servicios públicos básicos como agua potable’. Alrededor del 70 por ciento de la población depende de agua potable embotellada a sobreprecio para su consumo…
Las notas del tierno Axolotl me dejan en mayor duda: si el gobierno claramente no está cumpliendo sus responsabilidades autoimpuestas, ¿para qué sirve?, ¿cuál es su propósito?
Busco respuesta en supuestos intelectuales clásicos. Rousseau nos dice que el gobierno funge como intermediario entre la voluntad colectiva y la voluntad individual a través de un contrato social donde los individuos renuncian a su libertad ilimitada a cambio de seguridad y bienestar común. ¡Órales!, ajá, si bien reconozco mi libertad está limitada, yo no recuerdo haber hecho ningún contrato ni veo bienestar común, seguridad o que la voluntad colectiva sea intermediada.
Al contrario, señor ginebrino con peluca, la voluntad de unos pocos, la de los adinerados y poderosos, se impone con el gobierno como intermediario para abusar de nuestros recursos comunes, como el agua, destruyendo nuestra voluntad colectiva de vivir en paz…
Sigo leyendo otros hombres blancos civilizados, Hobbes, Locke, Weber, pero no encuentro respuesta a mi pregunta, o más bien, sus respuestas no concuerdan con la realidad que vivo. Ideas como “soberanía”, “derecho internacional”, “derechos humanos”, “democracia”, “libertad”, se vuelven palabras vacías al voltear al genocida Israel y la complicidad de Estados Unidos, Europa y más. Escuchar estas palabras en discursos políticos me da náuseas, como si sintiera un arrepentimiento profundo por la estupidez de alguna vez haberlas creído.
Sigo leyendo. El primer ministro de Canadá en Davos reconoce que el mundo a base de reglas ha sido siempre una farsa, le aplaudo, le agradezco la honestidad. Pero luego, cuando promueve Canadá como un socio confiable y ético para el nuevo orden mundial, me vienen a la mente imágenes de minas a cielo abierto devorándolo todo, escucho el testimonio de compas en la Sierra Norte de Puebla sobre las amenazas y el terror que vivieron por luchar contra la destrucción de su territorio. Sí, que haya un cambio de orden mundial, estoy de acuerdo, Mr. Carney, pero, si en ese nuevo orden Canadá y sus mineras son referencia ética, no sé si reír o llorar.
Más noticias. La temperatura promedio continúa en aumento, el dinero público se destina a armas en vez de hospitales y escuelas, los ricos son cada vez más ricos mientras los pobres más pobres... ¿para qué sirve el gobierno?
Como paréntesis, debo dejar claro que mi cuestionamiento no es una invitación con motosierra tipo Milei suponiendo que el libre mercado y el capitalismo salvaje hará al mundo mejor, no, nada de eso ¡todo lo contrario! Creo que es justamente el exceso de capitalismo y la procuración del libre mercado lo que hace que el gobierno sea inútil.
Es el dogma casi religioso por el crecimiento económico lo que ha engendrado un gobierno ciego, sordo y manco ante las necesidades de la mayoría y lo ha hecho sirviente de una minoría. Un gobierno que cree que aumentar el PIB es bienestar, como si contar a Carlos Slim entre una comunidad marginada y sacar la riqueza promedio represente una mejora general. Hace ya años Angela Merkel declaraba que la democracia debe ser de acuerdo al mercado y no al revés. No, gracias Milei, tengo claro que el capital ya está demasiado descontrolado y tu opción sólo es peor.
Continúo mi búsqueda. Volteo la mirada a los movimientos de liberación, los zapatistas, la Tosepan, los negros anarquistas en Estados Unidos, los movimientos feministas en Latinoamérica. Algo empieza a verse más claro, no es el gobierno el problema, no es el operador de la máquina, sino la máquina en sí, el Estado.
¿Para qué sirve el gobierno sino para perpetuar el Estado? Y, ¿qué es el Estado? La estructura impuesta a través de instituciones y leyes que regulan nuestras relaciones sociales, políticas y materiales. ¿Cuál es esa estructura? La que vivimos: ríos muertos, desigualdad social, niños en situación de calle, violencia generalizada, … acumulación por despojo. ¿Nos gusta esta estructura? ¿Nos da esperanza, nos invita a pensar que el futuro será mejor, que nuestras hijas y nietas vivirán un mundo más sustentable, seguro, equitativo, y demás? ¿No? Entonces ¿qué esperamos?
AMLO alguna vez dijo: “¡Al diablo con sus instituciones!” Sí Andrés Manuel, ¡exacto! ¡al diablo! Pero también con las tuyas y las de los tuyos, que a fin de cuentas son las mismas. Porque aunque se digan anti neoliberales, si se siguen midiendo con la misma vara del neoliberalismo terminan hechos a la medida. Por más bien intencionados sean los operadores de la máquina, una máquina de muerte termina matando.
Entonces, ¿para qué sirve el gobierno? Sigo sin saberlo, pero no está de más preguntarlo, hoy más que nunca, y mañana, también.