Escuché con atención las palabras de la doctora Cedillo en su segunda toma de posesión del cargo de la rectoría al frente de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y la impresión que me dejó su discurso es que continuará por los mismos caminos que desembocaron en el rechazo de una enorme mayoría estudiantil.
Para empezar señaló que no se reprimirán las manifestaciones que se lleven a cabo de manera “pacífica y respetuosa”. ¿Cuál es esta manera? Tal parece que no se ha tomado nota del acuerdo del Consejo Universitario de la UNAM que eliminó el castigo al “vandalismo” estudiantil, pues los límites borrosos entre vandalismo y protesta permitían un uso abusivo de esta norma por parte de las autoridades.
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Tomó como eje de su alocución dirigida al estudiantado el caso del alumno de la Facultad de Ciencias de la Computación para atribuir a las redes sociales el “engaño” del cual son objeto los jóvenes que no “saben” analizar críticamente esos mensajes. Estas premisas llevaron a la conclusión de que es necesario atender la salud emocional de los jóvenes y la necesidad de que las familias cumplan con su tarea educativa.
En pocas palabras, de las supuestas ingenuidad e incapacidad del estudiante pasó a considerarlo un candidato a la terapia.
No dudamos de que existan estos casos individuales que requieren este tipo de atención, el problema es querer explicar el cúmulo de problemas planteados por el estudiantado como resultado de desajustes emocionales. Las carencias y necesidades señaladas en su movimiento constituyen los fracasos del modelo educativo impuesto en la universidad y de las formas de conducción de la misma.
No hay forma de que una terapia colectiva corrija la percepción de quienes sufren los graves efectos de una educación falta de calidad y de una forma de gobierno vertical y antidemocrática. El mensaje del resultado de las recientes elecciones es muy claro: el estudiantado repudia el control.
Por otra parte, ofrecer la realización de foros, encuentros y consultas amplias para reformar la normatividad universitaria no es garantía de nada, cuando en el pasado se “aprobaron” modificaciones a la Ley y al Estatuto Orgánico que redujeron las atribuciones de los organismos colegiados de gobierno y ampliaron las de la oficina del abogado general de la universidad: una judicialización de las relaciones entre universitarios.
Simplemente en una comunidad que se desarrolla armoniosamente el recurso a la denuncia y al castigo es esporádico y no la norma.
En cuanto a las y los docentes los llamó “el pilar de la universidad” y con toda razón. Además reconoció, creo que por primera vez, que son los profesores(as) hora clase quienes soportan el peso de la enseñanza universitaria y les ofreció la definitividad a partir de tres años de trabajo y no de cinco como ha sido hasta ahora. El problema es que la definitividad debería ser automática dado que la continuidad de la recontratación es una prueba del buen desempeño docente.
Además la definitividad no resuelve el que estos(as) maestros(as) reciban un salario irrisorio de cien pesos la hora, así como tampoco lo hace el bono que reciben quienes lo solicitan porque no es un aumento al salario y porque no es un bono generalizado, y está sujeto a una evaluación por parte de los respectivos alumnos.
Ahora resulta que los(as) docentes son clientes de los(as) alumnos(as), lo cual no sólo mercantiliza la relación entre ellos, sino que desvirtúa el papel que desempeña el(la) maestro(a) gracias a su autoridad académica y moral como guía del estudiante en su formación profesional y humana.
Claramente este tipo de dependencia y sujeción entre quienes debieran gozar de autonomía y autodeterminación no hace sino pervertir una relación de respeto y de reconocimiento mutuos entre docente y estudiante.
Esto es así porque el(la) maestro(a) no sólo tiene que pedir que lo(a) evalúen, sino que lo(a) evalúen bien o muy bien para acceder a un bono raquítico.
No me quiero ni imaginar la cantidad de consecuencias indeseables de esta relación docente/estudiante impuesta de manera perversa. Sobre todo cuando sabemos que la proporción de profesores(as) hora clase es superior al 60 por ciento, y sigue en aumento.
Lo más dramático de buscar “parches” a la creciente desprofesionalización del magisterio universitario es no advertir que nunca se alcanzará la mejora de la calidad educativa mientras al docente se le siga pagando exclusivamente su hora frente a grupo, mientras las academias estén conformadas por docentes que participan por un sentido del deber ser que choca irremediablemente con una realidad que el propio docente no puede modificar.
Esta desprofesionalización es la causa primordial de que las tareas propias de las academias ahora estén en manos de instancias burocráticas que se creen capacitadas para usurpar las funciones de discusión, deliberación y establecimiento de los contenidos programáticos, de los planes de estudio, de las formas de evaluación, de las medidas pedagógicas y de todo aquello que tiene que ver con la formación profesional y humana de las y los estudiantes.
El nivel de deserción o abandono escolar no es algo que se pueda remediar con tutorías o mentorías, no es un asunto de atención personal exclusivamente. Porque además ¿quién va a dar esta atención personalizada si la gran mayoría son profesores hora clase?
Al igual que en el caso de los(as) estudiantes, creen que los problemas se resolverán atendiendo la salud emocional de las y los docentes, pero obviamente no hay terapia que resuelva la inestabilidad laboral ni el ínfimo pago percibido por los profesores(as) hora clase y el magisterio en general.
Al final de su discurso la doctora Cedillo llamó a construir “un nuevo camino”, el problema es que el camino no será distinto mientras el final siga siendo el mismo: mantener un sistema político y un modelo académico que no han garantizado el derecho a una buena educación pública.