Como ciudadanos, nos movemos en un espacio social en constante interacción. Nuestro desplazamiento ocurre en un tiempo y espacio compartido, donde otros también transitan y nuestras acciones influyen en el flujo propio y ajeno.
La forma en que nos conducimos en el espacio público no es solo resultado de decisiones individuales, sino que constituye una construcción cultural que se transmite socialmente y que, por tanto, puede modificarse y adaptarse a nuevas necesidades y valores (Ronconi y Aldao, 2014).
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Este proceso de construcción cultural de la movilidad implica que nuestras conductas en la vía pública, tanto peatonales como vehiculares, están mediadas por tradiciones, normas sociales, y leyes que, en conjunto, conforman una cultura vial. La educación y las experiencias sociales contribuyen a consolidar o transformar estas conductas, permitiendo la posibilidad de mejorar la convivencia en los espacios públicos y reducir los riesgos de accidentes y conflictos (García y García, 2018).
Existe, además, la posibilidad de transformar nuestra conducta vial si como ciudadanos contamos con la voluntad y el compromiso de hacerlo. Es fundamental fortalecer actitudes responsables, desterrar prácticas peligrosas o irrespetuosas, y promover un comportamiento que priorice la seguridad y el respeto hacia los demás. La modificación de estas conductas requiere de un proceso de sensibilización, educación continua y la implementación de políticas públicas que incentiven comportamientos positivos (Rodríguez y Carnovale, 2014).
En este contexto, el Estado juega un papel crucial. Es responsable de diseñar y mantener un sistema de tránsito y circulación eficiente y seguro, garantizando condiciones mínimas de movilidad, ejerciendo control y sancionando las infracciones que vulneren la normativa vial. Sin embargo, además de esto, es imperativo que el Estado promueva e impulse una cultura vial a través del sistema educativo y campañas de concienciación, con el fin de transformar las actitudes y comportamientos desde edades tempranas y en todos los niveles educativos, promoviendo una mejor calidad de vida para todos los habitantes (Garay Santaló, Rodríguez y Carnovale, 2014).
En múltiples ocasiones he insistido en la importancia de que los tres niveles de gobierno actúen coordinadamente mediante la formulación de políticas públicas que fomenten cambios en la movilidad urbana. Estas políticas deben basarse en diagnósticos precisos y actualizados que permitan entender las condiciones actuales del sistema de transporte.
Un diagnóstico profundo y detallado, como un estudio integral de vialidad y transporte que incluye el estudio de origen y destino (O/D), es fundamental, especialmente en contextos donde la información disponible data de hace varias décadas
Por ejemplo, en el área metropolitana de Puebla, el último estudio de este tipo data de 1993-1994, hace más de treinta años. La actualización de estos datos es esencial para diseñar estrategias efectivas que mejoren la movilidad, reduzcan la congestión, disminuyan los accidentes y mitiguen los impactos ambientales.
A partir de estos estudios, se pueden generar acciones específicas, que incluyen la reestructuración del sistema de transporte público, la optimización de recursos, la creación y mejora de infraestructura vial, así como la gestión del entorno urbano. Todo ello contribuirá a reducir la incidencia de accidentes y la contaminación ambiental, promoviendo un entorno más seguro y saludable para la población (OECD, 2018).
Por otra parte, es fundamental incorporar en las instituciones educativas de todos los niveles programas de educación vial, que fomenten en las nuevas generaciones una cultura del respeto, la responsabilidad y el cumplimiento de las leyes de tránsito. La educación vial en las escuelas puede ser un pilar imprescindible para cambiar comportamientos desde la infancia, creando una cultura de movilidad segura y respetuosa hacia el otro, que perdure a lo largo de la vida (OMS, 2019).
Confío en que en algún momento podamos materializar este ideal: que la mayoría de las personas puedan desplazarse de manera segura, cómoda y digna, lo cual no solo mejorará la calidad de vida en Puebla, sino que también sentará las bases para una convivencia más armónica en nuestros espacios públicos.
Referencias
Garay Santaló, A., Rodríguez, M., & Carnovale, A. (2014). “Cultura vial y seguridad en el tránsito”. Revista de Estudios Urbanos y Medio Ambiente, 8(2), 45-60.
García, P., & García, R. (2018). “La construcción social de la movilidad: un análisis desde la cultura vial”. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, 16(2), 73-86.
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD). (2018). “Urban Mobility System Upgrade: How shared self-driving cars could change cities”. OECD Publishing.
Organización Mundial de la Salud (OMS). (2019). “Seguridad vial: un enfoque global”. OMS.
Rodríguez, M., & Carnovale, A. (2014). La cultura vial: un elemento clave en la seguridad del tránsito. “Revista de Seguridad Vial”, 10(3), 12-25.
Ronconi, P., & Aldao, J. (2014). La construcción cultural de la movilidad urbana. “Revista de Estudios Sociales”, 48, 112-125.
Los invito a ver los videos de 30 segundos para conocer las señales, las leyes y reglamentos de tránsito (municipal, estatal y federal) con base en un proyecto de Educación Vial propuesto por quien esto escribe e impulsado por el Dr. Román Sánchez Zamora, académico del ICGDE de la BUAP, con su personaje Rommyn Ciudadano. Los encontrarán en estas direcciones:
https://youtube.com/playlist?list=PLx4rAyJ6jwp-xwOBe7NUwB2SL9SfCf0gi
https://youtube.com/playlist?list=PLx4rAyJ6jwp-SKW-DVP5V7hgdzkcLYqx1