Logo e-consulta

Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Dulce creación

Me quedé maravillada por la habilidad y entrega de ese hombre, el maestro del alfeñique

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Lunes, Octubre 24, 2022

Una mañana de octubre el maestro hizo una pasta blanca de la cual tomaba pedazos e iba colocando con delicadeza y precisión cada parte de mí. Daba forma, acomodaba, agregaba algún trozo o retiraba pequeños residuos. Cuando decidió que había terminado, me llevó a una repisa lejos del lugar de trabajo, donde me sentía flácida y frágil.

Ahí me dejó y él regresó a su mesa para tomar una porción de esa pasta blanca y agregó algo que al volver a amasar le dio un tono amarillo uniforme, luego hizo lo mismo con resultados en colores rojo, anaranjado, verde claro, verde oscuro y café. Con cada porción de masa coloreada formó pequeñas bolas de tamaño uniforme. ¿Para qué sería todo eso, me pregunté? Por un momento pensé que sería para mí, pero me di cuenta que con cada bolita hacía algo distinto, unas las achataba o las alargaba, a otras más le daba una forma ovalada o aplanaba totalmente la masa. Iba reservando cada cosa que hacía con las porciones de masa pintada y a cada minuto que pasaba yo me intrigaba más.

Más artículos del autor

El maestro dedicó mucho tiempo a la masa con color, toda su atención estaba en cada cosa que iba haciendo. Conmigo no había hecho eso, terminó y se puede decir que me olvidó, pero mi curiosidad era más grande que mi resentimiento, así que seguí observando lo que hacía y mi paciencia tuvo su premio.

Tomaba cada pieza y les fue haciendo minuciosos detalles con un palillo de madera. Empujaba, cortaba, hacia muescas, agujeros, combinaba pastas de distintos colores, a veces humedecía un poco alguna pieza para unirla con otra de color distinto, en fin, un trabajo que le llevó todo el día. En varios cajones de cartón, el maestro iba colocando las cosas que iba terminando de acuerdo a tipo, color y tamaño hasta que terminó.

Se detuvo ya muy tarde para tomar alimentos de una canasta que le habían llevado y cuando terminó de comer me llevé una gran sorpresa, pues me tomó con delicadeza y me puso sobre una mesa aparte donde había un par de cajitas de las cuales sacó pedazos de papel brillante de colores que me fue colocando en varios lugares. Me estaba transformando para lucir hermosa, pero no había terminado aún. Tomó algo de pasta de colores con la que hizo delgadas tiras y me siguió decorando con ellas. Me sentí halagada y consentida por haberme maquillado y enjoyado, pero cuando hizo lo mismo con otras igual a mí que yo no había visto por mi egoísta pesadumbre, caí en cuenta de lo que pasaba.

Las hábiles manos del maestro habían creado diminutas formas de naranjas, plátanos, guayabas y tejocotes de la pasta amarilla, calabazas, zanahorias y mandarinas de la pasta naranja, fresas, manzanas, corazones de sandía con la pasta roja, cañas, hojas, peras y limones con la pasta verde y con la combinación de ellas hizo frutas rebanadas, piezas de pan y hasta comida preparada.

Me quedé maravillada por la habilidad y entrega de ese hombre, el maestro del alfeñique que puso corazón y alma en sus creaciones frutales y gastronómicas, pero, sobre todo, en nosotras, aquellas que supuestamente habían sido olvidadas en un rincón y hechas de simple pasta sin color, pero al final fuimos las privilegiadas protagonistas de la temporada, sí, nosotras las calaveritas de dulce.

Vistas: 1025
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs