“¡Ayuda! ¡Ayuda!”, gritó el soldado tan pronto había recuperado el conocimiento luego de haber estado cerca del impacto de una bala de cañón “¡Ayuda! ¡Me he quedado ciego, por favor alguien que me ayude!”. Apenas si podía ver una oscura bruma y a lo lejos el atenuado resplandor del cielo antes del ocaso.
“¡Ayuda, por piedad!”, “Cálmese amigo”, “¿Quién anda ahí?”, “No se preocupe, también estoy esperando si alguien viene”.
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Recuperando parcialmente la calma, el soldado preguntó: “¿Villista o del general Obregón?”, “No tengo bando, así que no tiene porqué temer, ya le digo, solo estoy esperando por si alguien viene”. “Mi nombre es Vitoriano, vine a ver si mi hermano Adrián estaba vivo y me agarró la leva, me pusieron uniforme y me dieron un fusil que apenas si puedo manejar, esta era mi primera batalla y sin soltar un solo tiro, me hirieron.
“Ah caray, bueno así a veces pasa, pues a los más nuevos los mandan hasta adelante, pero dígame ¿De dónde es usté?” “Nosotros somos de una ranchería junto a la laguna de Yuriria entre Valle Santiago y Moroleón, un día llegaron los carrancistas y se llevaron a cuanto muchacho encontraron, algunos se pudieron esconder en las zacateras, como esconden las mamás a las muchachas. ¿Como las calabazas?"
“Ja ja ja, sí, pero mi hermano regresaba de la cosecha de camote y lo vieron; a mí no me llevaron porque dijeron que estaba muy escuincle, pero ahora que supimos que la bola andaba por el rumbo, caminé dos días para llegar hasta Salamanca y de ahí me vine pa’ acá, para buscarlo, cuando terminan los fregadazos es fácil desertarse”.
El soldado se tocaba la frente. “Cómo me duelen los ojos, bueno, ya cayó la noche y por cierto, ya se llevaron a algunos heridos y están apilando los muertos, pero falta mucho para que lleguen. Qué bueno que ya están aquí, pero me han dicho que si no eres de ellos, te matan, aunque tus heridas no sean graves. No, no lo creo, porque a la leva le sirven todos, si son jóvenes y solo están heridos, los dejarán vivir y se los llevarán no importando cuál sea su bando.
“Es bueno oír eso y a propósito ¿Cómo se llama usted y a qué se dedica? Bueno, a mí me conocen como El Negro y siempre llego al terminar las batallas, ayudo, no más ayudo, viendo a los heridos y encargándome de los muertos. La verdá que es una acción muy piadosa la que usté hace; quién lo dijera en estos tiempos en los que uno se pelea y mata sin saber por qué, también se roba, se maltrata y se abusa, pero hay almas caritativas que ayudan. Pues siempre en estos casos hay quienes sobreviven sin tener nececidá de tomar una carabina, eso sí, lo mismo le sirven a unos que a otros, pero ese no es mi problema, yo no los mando a matarse.
“Da gusto saber que usté se ocupa de esto”. “Pos qué le dijo, me da para comer y a propósito, me tengo que apurar, ya casi llegan los que revisan quién vive y quién no, ahí nos vemos Vitoriano, cuídese mucho y le dijo que no está muy herido, va a vivir, tal vez no quede ciego, un gusto conocerlo y espero que encuentre a su hermano, adiós”. Adiós, mi buen amigo El Negro”.
Muy a tiempo se fue volando con sus compañeros que esperaban turno, ya que los soldados ahuyentaron a la parvada de zopilotes que merodeaban el campo.