Alán tocó el timbre con la mano derecha mientras que con la izquierda dobló un documento involuntariamente, su nerviosismo recurrente siempre le hacía pasar esas malas jugadas. Al percatarse se recriminó: “Ya tienes que dominarte o nunca vas a hacer nada por ti mismo, como dice tu padre”.
Luego de un par de minutos vio llegar a un hombre enjuto, ya entrado en años y le abrió la puerta. De manera mecánica, Alán se presentó como estudiante de la escuela agropecuaria y dijo de forma atropellada que tenía encargado ir a ver el proceso de producción de peces. Le extendió el documento, notablemente maltratado, de la escuela en el que se solicitaba el apoyo.
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El hombre lo recibió, notando su nerviosismo, le sonrió y lo hizo pasar. Recorrieron un camino desde el cual se podían apreciar las distintas piscinas y una breve explicación comenzó. “Aquí vamos poniendo los peces en sus distintas etapas”, comenzó el hombre, “Esas de ahí son para inseminación, la siguiente es de alevines, luego la de juveniles y esas dos se usan para separar los destinados para la recolección de los peces adultos”.
Con la charla avanzando, Alán se sintió un poco más relajado, tomando nota de lo que le decían en una fluida entrevista hasta que llegaron a un punto que estaba cercado, pero podían verse más piscinas. “¿Qué tienen ahí?”. Al escuchar la pregunta, el semblante del hombre cambió y respondió en tono adusto: “Es una especie que estamos ensayando, nadie pasa para allá”. Dieron media vuelta y se acercaron a un lugar que conducía el agua de las piscinas al río, lo que calificó de normal, pero vio que también se bombeaba agua desde el mar. Su conclusión es que el agua salada también se vertía al río.
Nuevamente el nerviosismo se apoderó de él, no sabía si debía preguntar dada la reacción del cuidador cuando preguntó sobre el área restringida. “Vamos idiota, no tengas miedo, si se enoja, pues ya ni modo”, se reprendía así mismo con las mismas palabras que alguien le había dicho en el pasado.
En ese momento una luz de decisión le iluminó la oscuridad de la duda. “Disculpe, veo que bombean agua desde la playa, eso significa que producen especies de agua dulce y salada”. “Es correcto”, respondió el hombre con cierta indiferencia”, con lo que el muchacho preguntó: “Y el agua de mar, ¿no afecta la fauna del río?”.
El anfitrión volteó a verlo: “Ya se hace tarde, en la casa principal hay qué comer y dónde pasar la noche, no puedes regresar al pueblo a estas horas, mañana temprano terminaremos el recorrido y te podrás ir antes del mediodía”. Alán esperaba esta evasiva, sabía que no era muy adecuada la mezcla de aguas que estaban haciendo, pero ya no quiso insistir, el hombre de la granja mencionó: “Espero te gusten los langostinos con arroz”. Hizo una pausa y luego agregó sin voltear a verlo: “La cantidad de agua salada que se vierte en el río es mínima y hasta se revuelve con el agua del mar que entra por la bocana a la laguna, así que no hay problema”.
El resto de la tarde ya no hubo más preguntas sobre los métodos de producción, si acaso un poco sobre las variedades de peces y mariscos cultivados, así como su comercialización, empero, Alán notó algo muy extraño, no había más trabajadores en el lugar, a pesar de que el comedor era grande y contaba con varias barracas para que la gente pasara la noche. Ya no quiso preguntar más por el temor de volver a casuar incomodidad en su anfitrión, con una vez en el día de haber superado su timidez, era suficiente.
A las nueve en punto se apagaron las luces y cada uno entró en su habitación para dormir. Conciliar el sueño fue difícil por el calor y los molestos mosquitos, aunque ambos inconvenientes se paliaban si mecía la hamaca donde estaba acostado, así que, luego de una hora cayó en un sueño profundo durante el cual visualizaba sus inseguridades que tantos problemas le habían traído en su vida provocándole una inquietante pesadilla que lo despertó ya avanzada la noche.
Se dio cuenta que una gran luna llena iluminaba la granja y el rompimiento de las olas se escuchaba en la lejanía. Bajó un pie para poder mecerse y cuando volvió a cerrar los ojos escuchó un rumor adicional a los sonidos habituales de la noche. Se levantó y se asomó por la ventana para saber si podía determinar el origen de ese extraño ruido.
Al tener la cabeza afuera, se pudo dar cuenta que el sonido provenía de la zona restringida. Era un murmullo agudo y dulce. Sintió deseos de saber qué era, así que se calzó y salió de la barraca para investigar. Luego de pasar con dificultad una cerca de alambre con púas, se acercó a las piscinas y recontó lo aprendido: “Inseminación, alevines, juveniles y adultos”.
De esta última piscina provenían los sonidos. La luz lunar iluminaba bien toda la zona así que no tuvo problemas en llegar y al asomarse vio que el agua de la piscina perdía profundidad gradualmente hasta terminar en una especie de playa donde había varios ejemplares de un poco más de un metro que salían arrastrándose del agua y se posaban en el piso como para tomar un baño de luna.
Alán recorrió toda la piscina para ver de cerca esas especies que el cuidador de la granja había catalogado como experimentales. Llegó al borde de la piscina y veía unos ejemplares pisciformes recostadas en su vientre. Al abundar en su observación, le pareció ver que esos seres tenían patas delanteras largas, pues cuando llegaban a moverse hacía uso de esas extremidades, lo cual le hizo pensar que eran una suerte de mezcla de pez y lagarto, aunque no parecían tener un hocico prominente.
Se acercó más para ver mejor y las criaturas dejaron de emitir el sonido que venían haciendo, lo que provocó que Alán se asomara más sobre el estanque y de súbito, los ejemplares se plantaron sobre sus extremidades delanteras dejando ver que se trataban de brazos, sus caras eran casi humanas con dientes afilados, sus torsos con proporciones definidas y una melena en la cabeza compuesta por algo parecido a algas.
Al percatarse de la presencia del muchacho, comenzaron a gritar amenazantes con la mirada fija en él. Se desplazaban con movimientos rápidos para alcanzar la pared de la piscina y con sus manos tocaron la orilla. Alán se asustó, pero no pudo correr, su inesperado descubrimiento lo tenía paralizado y pensó con horror que sería atacado.
En ese momento llegó el cuidador y con ayuda de un bastón golpeteó suavemente sobre la orilla del estanque, las criaturas regresaron al agua avanzando con sus brazos e impulsándose con sus colas. Alán estaba al borde del colapso sentado en sus tobillos, conteniendo lágrimas de tensión y tratando de asimilar lo que estaba pasando. El hombre se acercó a él y en cuclillas le puso una mano en la espalda. “Calma chico, no pasa nada”.
“¿Qué es eso?”, fue la pregunta obligada. “Son unos seres que viven en este planeta mucho tiempo antes que nosotros y dominaban las aguas y parcialmente la tierra, el mundo las conoce como sirenas, amigo, y nosotros nos encargamos de ayudarles a no desaparecer, dado que otros se encargaron de casi extinguirlas”. “¿Para qué?”, dijo Alan de forma automática por el miedo, más que para satisfacer una genuina curiosidad.
Sentándose en la hierba, el hombre le dijo: “Son necesarias para muchas cosas, la principal es para no perder la armonía en los habitantes del mar”; se acomodó mejor y continuó: “Los cantos de las sirenas tienen la capacidad de hacer un cierto efecto sobre aquel que lo escucha, coadyuvando a reparar las emociones o inquietudes”. “Pero ¿No es cierto que provocaban que los marineros caían en sus encantos y los conducían a la muerte?”, preguntó el muchacho,
“Bueno, ese canto provoca un placer hipnotizante en los hombres, lo mismo que una droga y las drogas llegan a causar adicción enfermiza provocando que muchos lleguen a cometer atrocidades culpando a las sirenas, por ello se les injurió, persiguió y lastimó hasta casi extinguirlas”.
Alán, más tranquilo, trataba de asimilar lo que el hombre le estaba diciendo y preguntó: “¿Me va a pasar a mí eso que dice del efecto de droga?”, “Me temo que no”, “¿Por qué”, preguntó Alán con angustia y mirando hacía el estanque, a lo que el hombre respondió: “Porque me he dado cuenta de que tú, al igual que yo, tienes el don de Ulises, o sea eres inmune al efecto negativo de su canto y ¿sabes? Creo que deberías aprovecharlo a tu favor, ven, anda conmigo.
El hombre se levantó, ayudó a Alan a incorporarse y lo condujo a la orilla de la piscina. “¡No quiero!”, el hombre insistió: “Calma, no pasa nada, te conviene hacerlo”. Alán dio un paso atrás y el hombre esperó a que se decidiera: “¡Vamos, inténtalo! Se dijo así mismo y saltó.
Las sirenas emergieron del agua, con la mirada puesta en Alán, reptando con sigilo lo rodearon y al detenerse comenzaron su canto. Al cabo de unos momentos, el estudiante olvidó por completo el terror que le invadía y con la confianza adquirida, cerró los ojos sintiendo que una gran serenidad lo invadía, los músculos faciales, del cuello y los hombros se relajaron y finalmente se abandonó a una laxitud generalizada.
Cuando regresó a la realidad se dio cuenta que estaba sentado siendo capaz de escuchar el rompimiento de las tranquilas olas matutinas y hasta el minúsculo ruido de la absorción de la espuma en la arena. Abrió los ojos y vio en el horizonte los primeros rayos del sol. Una sensación de plenitud y paz le puso una sonrisa en la cara.
Luego de esa experiencia, Alán era otra persona, durante muchos años no necesitó de regresar a la granja piscícola a renovar su autodominio, cada vez que se sentía abrumado, solía recordar el agudo canto que lo volvía a sumergir en ese sosiego mágico y la calma lo hacía ver mejor las situaciones de urgencia o conflicto. Muchas ocasiones su actitud mediadora durante desacuerdos transmitía la pausa necesaria y las ideas adecuadas para que las partes reflexionaran.
Al iniciar su vida profesional, se inclinó por emprender una granja piscícola con la que surtía tiendas y restaurantes, al principio de forma discreta, pero en pocos años se hicieron proveedores importantes. Una vez consolidado, comenzó una expansión adquiriendo más terreno y construyendo más piscinas.
En un momento dado, sin comentar sus razones, comenzó a bombear agua de mar hacia una zona restringida de la granja donde sólo entraba él y mandaba a casa a sus trabajadores en las noches de luna llena.