Jueves, 21 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Merardo

La oferta de trabajo del mensaje que recibió en su celular habría cambiado su vida

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Domingo, Enero 18, 2026

Un mensaje en el celular fue suficiente para Merardo reafirmara su decisión de abandonar la preparatoria. A decir de él, las clases no solo eran confusas, sino que también había mucho ausentismo del profesorado y las becas por estudiar ya no llegaban. La oferta de trabajo del mensaje había sido más que oportuna.

Le pidieron presentarse en la terminal camionera del pueblo. Llegó a la hora pactada y confirmó en el tablero que no había ninguna corrida en los minutos cercanos a ese horario, pero no le dio importancia, lo habían citado y eso era todo. Pasados unos diez minutos, un hombre vestido con botas vaqueras y tejana negra se acercó a la entrada de la terminal, llamó su atención con un silbido y le hizo una seña para que lo siguiera.

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Merardo se levantó de un salto, tomó su maleta y alcanzó al tipo de la tejana negra hasta una camioneta pick up gris doble cabina estacionada afuera de la terminal. Se presentó y al querer hacer plática con su anfitrión, solo recibió como respuesta: “No hables”. En el camino, que se prolongó por más de dos horas, el muchacho iba pensando en la nota que había dejado a sus padres:

“Papacitos, recibí una oferta de trabajo en San Luis, en cuanto pueda les escribiré y mandaré dinero, estaré bien, díganle a mi abue que no se preocupe”.

Esa carta prometida nunca llegó, ya que no supieron de él hasta ocho meses después en que regresó como otra persona.

La camioneta llegó a una casa de campo donde no había animales y se veía que la tierra no había sido trabajada en mucho tiempo. En lugar de recibir una bienvenida, fue tratado con rudeza y la capacitación consistía en un adiestramiento para lo que había sigo enrolado, uso de armas, además de desempeñar labores de limpieza y mandados. La comida no era buena ni mala, la manera en que la proporcionaban era el tema, como si estuviera en un penal o algo parecido. Cualquier cosa que se le pidiera era con gritos y palabras altisonantes, no se podía platicar con la gente que entraba y salía del lugar. El constante maltrato le borró la sonrisa de la cara.

Un día llegó a ese lugar un hombre ya maduro quien de inmediato se fue a reportar al hombre de la tejana negra el resultado de su encomienda. Merardo estaba barriendo el exterior del cuartucho donde había entrado el recién llegado y solo alcanzó a escuchar: “Muy bien esta es la parte que les toca, repártela como siempre y descansa, pronto te encargaremos otro trabajo”.

El hombre salió del lugar y le pidió a Merardo que le ayudara a bajar unas cosas que traía en el vehículo en el que había llegado. “Guachillo, bájate la comida y la bebida, juntas leña y prende una fogata, hoy tenemos fiesta”.

Merardo obedeció y al estar listo el fuego, el hombre acomodó un comal sobre unas piedras que dispuso alrededor de la fogata y comenzó a asar carne y chorizos, luego de haber cocinado bastante, le pidió al muchacho que calentara tortillas y a la voz de “vénganse a rancho”, de todos lados llegaron otros hombres que Merardo no había visto antes, mismos que le demandaban las memelas con avidez. Luego de un rato el proveedor de la comida le dijo: “Ya come tú, guachillo” y se quitó la gorra que traía puesta dejando a la vista un corte de pelo tipo militar.

Al día siguiente el tipo de la tejana negra estaba platicando con el hombre llegado el día anterior y diciendo: “Pasas a los ranchos que están más allá del Tejamanil y San Pancho, les avisas para qué estamos, ya que nunca los habíamos visitado, llévate al muchacho, ya sabe tirar, pero no ha salido nunca”.

Y así lo hizo, le pidió a Merardo que se llevara chamarra y gorra, lo subió a la cabina de la camioneta con él y a otros tres hombres con armas largas. Esta vez el hombre sí le hizo plática al muchacho:

-¿Cómo te llamas, guachillo?
-Merardo, señor.
-No me digas señor, me llamo Salomé, pero todos me dicen sargento, porque fui sargento y no me tengas miedo, porque en este trabajo, los miedosos se mueren, jajaja. 

Luego de un tramo en carretera pavimentada, entraron a un camino de terracería por el cual pasaron por dos poblados chicos ante la mirada recelosa de los habitantes que cambió a sorpresa cuando la camioneta entró a una brecha casi intransitable. Luego de un rato de saltos por los baches y las piedras, llegaron a un caserío aparentemente deshabitado, pues no se escuchaban los típicos ladridos de los perros guardianes.

Se bajaron del vehículo y el sargento instruyó al muchacho: “No te separes de mí, ponte un paso y fíjate en lo que hago”. Avanzaron los cinco a la primera casa y fue hasta entonces vieron un pequeño grupo de gente, modestamente vestida, de piel curtida por el sol y concentrados en sus labores cotidianas.

A Merardo le era familiar el ambiente rústico y el trabajo manual de la gente. Hombres partiendo leña, mujeres desgranando maíz o moliendo en el metate y niños acarreando agua en ollas. Le resultaba parecido al lugar de donde provenía, pero los utensilios lucían arcaicos, no había nada de plástico o metal, todo era piedra, barro y madera.

El caserío no estaba tan retirado como para no tener contacto con el resto de las poblaciones, solo parecía aislado. No dio más importancia, pero sí llamó su atención la indiferencia de la gente, nadie desatendía su labor ni volteaba a ver a los recién llegados. El sargento, con el arma larga en las manos, le habló a un hombre que cargaba un ayate con guayabas: “Eh, tú, dime con quién me debo entender en este pueblo”. El hombre volteó a verlo con seriedad y le señaló hacia una choza que estaba frente de ellos.

El sargento se encaminó hacia el lugar indicado haciendo señas con la mano para que el resto del grupo lo siguiera. Entraron a un cuarto con piso de tierra donde un anciano confeccionaba un petate con plantas de tule y una piedra. Hábilmente entretejía los tallos de las plantas y golpeaba suavemente con la piedra luego de doblarlas. Al percatarse de la presencia de las visitas, el anciano levantó la cabeza sin decir nada.

“Mira viejito, esto es fácil, en estos rumbos nosotros nos encargamos de darles protección, pero a cambio de una parte de lo que vendan, ya veremos qué es lo que siembran y tantearemos lo que corresponde, ¿estamos?”. El anciano se puso de pie lentamente y dejando la estera que estaba confeccionando salió del cuarto ignorando lo que le habían dicho.

El sargento abrió los ojos como si se le salieran de la indignación, siguió al viejo y le gritó: “¿No oíste lo que te dije?” Fue entonces cuando por fin se le escuchó hablar. “Llamen a Gaspar”. La gente que se encontraba ahí corrió a sus chozas y enseguida apareció otro hombre más joven. “Gaspar, ya llegaron los que estábamos esperando” y señaló hacia el sargento y sus acompañantes.

Merardo sintió que un miedo helado le recorría el cuerpo. El anciano ordenó: “Todos, menos el escuincle, necesitamos que lleve recado de vuelta”. El sargento, esperando que hubiera algún tipo de resistencia volteó hacia sus hombres: “Corten cartucho”. Para el muchacho una cosa era derribar botellas y otra cosa era tirarle a una persona.

El sargento al darse cuenta de su nerviosismo le ordenó que se fuera a la camioneta y apenas estaba subiéndose cuando escuchó disparos y gritos. Merardo se agachó y luego de unos momentos sus ojos fueron testigos con horror de un hecho que nunca pudo haber imaginado. Súbitamente la noche se vino encima, en medio de la oscuridad sintió que la camioneta se movía y mecánicamente arrancó el vehículo y manejó sin parar, pese a lo accidentado del camino, llegó a los otros poblados, tomó carretera y volvió al campamento.

Al amanecer Merardo seguía al volante sin decir nada por más que le gritaban preguntando lo ocurrido. Uno de los que habían bajado los cuerpos reportó: “No traen heridas de bala o cuchillo, ni golpes, pero están bien fríos”. Los cadáveres mostraban una rigidez tétrica, con los brazos hacia el frente, como defendiéndose de algo y una macabra expresión de terror en el rostro. “¿Qué hacemos?”, preguntaron los del campamento y el hombre de la tejana negra les contestó: “Entiérrenlos y manden al chamaco a su casa, así como está no nos sirve”.

Merardo nunca se recuperó. Pasaba los días con la mirada perdida, no hablaba y apenas comía; el médico no pudo hacer nada por él y su abuela, quien lo cuidaba a diario como a un niño chiquito, dijo a la familia:  “Por más que lo he estado curando de espanto, apenas si responde, quién sabe por lo que habrá pasado, yo solo sé que así quedan los que han visto a los difuntos fuera de sus tumbas”.

 

 

 

 

 

 

 

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