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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El lenguaje cuenta

Usar el nombre de Plan General de Desarrollo de la Universidad es respetar la legislación

Guadalupe Grajales

Licenciada en Filosofía por la UAP con Maestría en Filosofía (UNAM) y Maestría en Ciencias del Lenguaje (UAP). Candidata a doctora en Filosofía (UNAM). Ha sido coordinadora del Colegio de Filosofía y el posgrado en Ciencias del Lenguaje (BUAP), donde se desempeña como docente. Es la primera mujer en asumir la Secretaría General de la BUAP.

Martes, Marzo 1, 2022

¿Qué debemos tener en cuenta para hacer el Plan General de Desarrollo de la Universidad? Así es como se le denomina en el artículo 62, fracción I del Estatuto Orgánico de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Supongo que a esto se refieren cuando hablan del PDI, Plan de Desarrollo Institucional.

¿El nombre importa? Claro que sí. ‘Nombrar’ es pegar una etiqueta a algo para poder decir algo, para referirte a ese algo, para describirlo, para criticarlo, para convencer a otros de sus bondades, en suma, para hablar de ese algo. Por esta razón hago mención del nombre correcto. Usar el nombre correcto es atender a la norma inscrita en la legislación universitaria y lo que quiero mostrar al usar el nombre correcto es mi respeto por la legislación.

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El lenguaje legislativo es prescriptivo, nos indica qué hacer y cómo hay que hacerlo, y lo que dice la legislación universitaria es el resultado de un acuerdo, de un consenso entre los universitarios que se dieron a sí mismos las reglas para desarrollar todas sus actividades. Por esto, cumplir con la legislación equivale a respetar a la comunidad universitaria.

¿Por qué es tan importante hablar sobre el Plan General de Desarrollo de la Universidad? Porque constituye una conceptualización de lo que es la educación superior pública, esto es, constituye la forma en la que pensamos acerca de lo que hacemos cuando educamos a nuestros estudiantes.

Olvídense del “buzón de sugerencias”. Si de veras queremos participar en la conformación de un plan de desarrollo, empecemos por hacer la tarea: describir lo que hacemos, opinar sobre lo que hacemos, discutir con otros lo que hacemos, planear lo que hacemos, corregir lo que hacemos. Esta tarea nos va a requerir del uso de un lenguaje específico, un lenguaje que será genuino si entendemos lo que estamos haciendo con él, y será espurio si sólo nos dedicamos a repetir como loros lo que podríamos llamar la “jerga oficial”: ‘aprendizaje por competencias’, ‘enseñanza transversal’, ‘pertinencia social’, ‘estímulos’, ‘productividad académica’, ‘evaluación por pares’, ‘facilitador’, etc.

Asómense a los programas elaborados desde el gobierno para poner en práctica las políticas públicas de educación superior y encontrarán que las prácticas desde los años noventa para acá siguen siendo las mismas. Como los sucesivos gobiernos no se iban a desgastar con la eliminación formal de la autonomía universitaria, decidieron crear una administración paralela a la propia de las universidades y surgieron las “bolsas etiquetadas”, los apoyos “por proyectos”, los “cuerpos académicos”, los “perfil PROMEP, PRODEP”, los “SNI”, el “PNPC” (Padrón Nacional de Posgrados de Calidad), las “certificaciones” traducidas en un sinnúmero de siglas que sólo los “iniciados” entienden, en suma, una serie de programas que moldearon nuestra forma de ver la educación superior pública y nuestro propio quehacer.

Sin embargo, aceptar esta “forma de ver el mundo”, nuestro mundo universitario, conllevó la aceptación tácita de la renuncia a la autonomía que teníamos para gobernarnos y organizarnos. Todo lo que habíamos logrado en el 68 se vino abajo porque la comunidad universitaria se atomizó. Los gobiernos cambiaron la estrategia y les resultó muy exitosa: en lugar de reprimirnos, nos ofrecieron zanahorias. Con cada “paleta de dulce” nos han privado de lo más importante: hacer libremente lo que sabemos hacer.

No es casual que nos “choque” llenar los formatos, los sentimos como una imposición porque las preguntas que respondemos encasillan nuestra actividad y sentimos que la cuantificación de nuestras acciones educativas no responde al trabajo que realizamos.

¡Rompamos el esquema!

Es obvio que el sistema imperante está naufragando porque hay un sinnúmero de problemas sin resolver: ni las universidades públicas están cumpliendo con su obligación de ofrecer la educación laica, gratuita y universal; ni los jóvenes están teniendo la igualdad de oportunidades para estudiar; ni los docentes tienen las condiciones de trabajo y de estudio requeridas para hacer de la enseñanza su actividad profesional; ni los administrativos encuentran en su trabajo las condiciones de superación y respeto.

¿No les parece a ustedes de la mayor importancia proponer una nueva forma de ver nuestro trabajo y a nosotros mismos para empezar a rescatar esa autonomía tan indispensable para empezar a vernos otra vez como seres humanos dignos y libres?

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