Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Autonomía y política en la BUAP

La universidad es nuestra comunidad y quien hace política propone aquello del interés común

Guadalupe Grajales

Licenciada en Filosofía por la UAP con Maestría en Filosofía (UNAM) y Maestría en Ciencias del Lenguaje (UAP). Candidata a doctora en Filosofía (UNAM). Ha sido coordinadora del Colegio de Filosofía y el posgrado en Ciencias del Lenguaje (BUAP), donde se desempeña como docente. Es la primera mujer en asumir la Secretaría General de la BUAP.

Martes, Julio 27, 2021

“Hacer política es hacer historia” dijo el Lic. López Obrador recientemente. ¿Qué significa esta aseveración aplicada a nuestra universidad? Para empezar, que lo más absurdo es declarar formalmente que no se es político cuando se está buscando un puesto de poder, de dirección. Justamente la política trata de la constitución y ejercicio del poder y, como tal, es una actividad de lo más trascendente.

Más bien, cuando alguien dice “no soy político” lo que quiere decir, entre otras cosas, es que no es ladrón, que no es mentiroso, que no busca su propio beneficio, en fin, que no es un inmoral. Y no es casual que hoy se entienda así lo que es ser político porque desafortunadamente hay muchos ejemplos y muy recientes de que a eso se ha reducido el ser político. Y, efectivamente, hay una relación sustancial entre la actividad política y la conciencia moral de quien la realiza.

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La relación entre política y moral puede plantearse como una relación entre intereses y deberes. Esto es así porque a la pregunta de ¿debo hacer esto o no? Respondemos ofreciendo una razón derivada de principios morales, de reglas de conducta dictadas por convicciones a las que no renunciaríamos en ninguna circunstancia. Quizá una buena prueba de que alguien actúa por convicción moral es que la consecuencia de su acción puede afectarle negativamente y aún así se ve “impedido” a actuar en su beneficio.

En cambio, cuando se actúa por intereses, la justificación de la acción reside en las razones que se ofrecen y que apuntan a los beneficios esperados. Y aquí uno puede actuar en busca de un interés público o de uno privado. No hay nada reprobable en la búsqueda de beneficios privados; sin embargo, no son éstos los que debiera buscar el político. Quien hace política propone a la comunidad que pretende dirigir un conjunto de objetivos a alcanzar en beneficio de la propia comunidad. Esto es lo que llamamos ‘interés público’.

La universidad es nuestra comunidad. Y quien hace política “de la buena” propone a esa comunidad aquello que constituye el interés común, y las maneras de alcanzarlo. Y de lo que se trata cuando alguien pide el voto de su comunidad es de persuadirla de que no sólo son viables sus propuestas sino de que también éstas vienen de alguien a quien le reconoce varios atributos pero uno muy especialmente, su integridad moral.

Nadie vota por alguien en quien no confía, en quien no deposita sus esperanzas de mejorar la vida de la comunidad a la que pertenece. Por esta razón me parece que, efectivamente, hacer política es hacer historia, porque si elegimos a la persona correcta para dirigir a la comunidad universitaria, haremos historia, cambiaremos nuestra forma de vida universitaria para bien de todos y cada uno de los integrantes de nuestra comunidad.

Ustedes dirán y esto ¿qué tiene que ver con la autonomía? Todo. Sólo una comunidad de personas autónomas y libres, con la convicción de que la participación política es el camino para imprimir su sello en el rumbo de la universidad, puede preservar la autonomía de la propia institución.

¿No les parece a ustedes de la mayor importancia que todos los universitarios hagamos política?

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