Recuerdo la sonrisa satírica del profesor que me cuestionó por primera vez, sonrisa a calca en el psicólogo, amigo, pareja y en todos aquellos que alguna vez preguntaron: “¿Dónde te ves en uno, cinco y diez años?”. Sonrisa que reconoce la dificultad de la pregunta y lo irrelevante de la respuesta. Podemos contestar de la forma que sea, apuntando lo más alto o lo más bajo, pero la verdad siempre cae por su propio peso: el futuro es incierto. Lo tenemos tan claro que preferimos no pensarlo o pensarlo lleno de fantasías y fantasmas para que su incumplimiento nos parezca lógico y no nos lastime.
La realidad es que los humanos somos malísimos prediciendo el futuro, no tenemos la capacidad de imaginarlo porque queremos usar la experiencia, es decir, el pasado, como referencia. Esto es válido para predecir un fenómeno. He percibido que cuando llueve hay más tráfico, está lloviendo probablemente haya más tráfico. Pero nuestra experiencia en el tiempo no funciona así, no puedo saber cómo seré o dónde estaré cuando tenga 30 años basándome en mis previos 25 años de vida. Son tantos los cambios, tantas las variables, que es imposible predecir un instante en el tiempo. Imaginar lo desconocido por definición, es imposible, y el futuro, hasta cierto punto, siempre lo es.
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No sorprende entonces, que cuando nos hablan de la crisis ambiental, de que, de seguir así, en 2050 la humanidad enfrentará los más grandes sufrimientos e inimaginables desastres, no podamos ni siquiera comprender. “Profe, si no tengo idea de cómo me veo en cinco, ¿cómo espera que piense algo a casi 29 años?”. Argumento válido, completamente válido. Sería estúpido creer que todos, colectivamente, lograremos visualizar ese futuro no tan lejano, pero, a fin de cuentas, lejano y también incierto. El problema no es la falta de esa capacidad de abstracción, sino el esperar tenerla.
Y así, aparecen los activistas diciendo que, si no reducimos nuestras emisiones, en diez años el Polo Norte tendrá un deshielo que inundará Venecia. Además de la distancia en el tiempo, la distancia en el espacio vuelve este escenario algo inimaginable para el ciudadano promedio. Lo mismo con el discurso político: “en dos sexenios seremos Venezuela”. ¿De qué carajos hablan?, “¿Diez, doce años?, igual y ya me morí para ese entonces”. Válido, completamente válido. El problema ya no es tanto la ignorancia, sino esperar algo de ella.
Es ahí donde hemos fallado, no en las predicciones sino en comunicarlas. ¿Por qué tantos creen en las llamas del infierno y pocos en las llamas de los bosques?, ¿Por qué tantos creen en el castigo tras la muerte, pero no en la consecuencia de sus actos dentro de veinte años?, ¿Por qué tantos creen en ángeles y personas invisibles, pero no en moléculas que son visibles?
¿Seremos estúpidos? Sí, en parte, pero no, no del todo. La causa es mucho más compleja y parte de ella recae en el discurso. Una diferencia fundamental del discurso religioso, y con esto, su éxito, del discurso científico es que el primero te invita a creer y el segundo te invita a cuestionar. En uno delegas, las instrucciones son claras: crees en esto, cumples con esto y listo, ya la hiciste. En el otro las instrucciones son aparentemente confusas, hay que argumentar y más que creer hay que dudar, pensar.
Paréntesis: me estoy basando en el catecismo barato, la auténtica teología es infinitamente más compleja, profunda y apasionante. Personalmente considero un problema la falta de teólogos serios y que en su lugar tengamos padrecillos dogmáticos.
Dudar, ¿a quién le gusta eso? Creer sí, es muy bonito creer, pero cuestionarse es un fastidio, a casi nadie le gusta, muchos lo detestan. Tan es así, que vemos esta creciente moda de consejos “no te cuestiones tanto”, “sólo vive el presente”, o, una de mis frases favoritas por ser la que más detesto: “todo pasa por algo”. Mátenme. Sí, todo pasa por algo, causa y efecto, principio de razón suficiente, pero no porque haya un plan divino, una fuerza mágica que hace justicia, ni nada de eso. Ojalá no fuéramos responsables de nuestras acciones, qué lindo sería. En fin, junto con estos tiernos consejos, han aparecido corrientes orientales occidentalizadas como el mindfulness, junto con sus fieles que han decidido creer en este budismo sin Buda para llenar el vacío que les quedó tras haber abandonado el catolicismo bajo el argumento de que la iglesia es mala.
En pocas palabras, el ser humano está sesgado a creer. Prefiere creer en el horóscopo o en el diablo, antes que cuestionar sus acciones y el futuro que se avecina a causa de ellas. Nadie quiere renunciar a sus placeres porque esto significa dar razón de ello. Esto es lo que no hemos querido aceptar, no hemos sabido dar a entender que estamos destruyendo el planeta, porque entender requiere pensar y la gente no quiere pensar, la gente, ese hombre-masa, quiere creer y quiere “vivir el presente”. No se puede ir contracorriente, pero sí encauzarla. Seamos pragmáticos, en vez de esperar que todos separen la basura en sus hogares, construir un centro de separación suficientemente capaz; en vez de querer convencer a todos de que usen menos energía, generar energía limpia; en vez de esperar que no contaminen los ríos, hacer un sistema de drenaje y tratamiento de aguas decente…
Si puedes mirar, ve. Si puedes ver, repara. No se trata de convencer al prójimo, hecho imposible, sino de exigirle a nuestros gobiernos y empresas, que tomen medidas sustanciales para reparar el daño ambiental y social que su abuso y nuestra ignorancia han causado. Tenemos que cambiar el discurso y actuar, ya es muy tarde para hacer entrar en razón uno a uno, hay que forzar el cambio.
Twitter: @fgabrielgt