Sería en el barrio de Xanenetla que las autoridades civiles y eclesiásticas decidieron construir un cementerio para poder enterrar a los pacientes que habían fallecido dentro del Hospital de San Pedro en la última década del siglo XVIII.
Fue el 6 de mayo de 1791 cuando se realizó la bendición del panteón y la consagración de la capilla por el canónigo y Dr. Andrés Xavier de Uriarte, que trabajaba como comisario del Hospital de San Pedro (Stefanón López, 2020, pág. 6).
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A la inauguración del Camposanto se extendió una invitación general al público angelopolitano y para endulzar la ida se ofrecieron “cuarenta días de indulgencia a todas las personas que asistieran a dicha solemnidad con espíritu de verdaderos fieles” (Puebla, 1791, pág. 1).
El Obispo de Puebla, Don Salvador de Biempica y Sotomayor (1790-1802) mandó publicar un decreto el 12 de mayo de ese año aclarando que
Los cadáveres que en adelante hubiera en dicho hospital, de cualquier clase, condición [social], sexo y edad sean conducidos a sepultarse en el nuevo santo cementerio construido para este fin en el territorio de Xanenetla, extramuros y a la parte nordeste de esta ciudad (Puebla, 1791, pág. 1).
Hay varias preguntas que podemos plantear a partir de la última exposición, pero, ¿dónde se enterraba a los muertos antes de que existiera este cementerio?
En el caso específico del Hospital de San Pedro sabemos que se enterraban en el patio central, y también, al parecer, se llegaban a enterrar entre los muros del recinto (Puebla, 1791, pág. 1).
El resto de los poblanos tenían otras opciones. El investigador Miguel Ángel Cuenya narra que a nuestros ancestros les gustaba enterrar a sus deudos “en los atrios de las iglesias, en los templos parroquiales o en algunas iglesias de las parroquias” (Cuenya Mateos, 2012, pág. 21).
Esta costumbre se tomó de la “Ley de las Siete Partidas” de Alfonso X que afirmaba que los entierros en Iglesia eran preferibles a otros porque
Los cristianos están más cerca de Dios que otras religiones, los cadáveres en las iglesias recuerdan a los deudos que deben rezar por sus difuntos, los enterrados en Iglesias reciben el apoyo de los santos que se veneran en esas iglesias y finalmente las almas de los difuntos escapaban de los demonios que se encontraban fuera del templo (Voekel, 2002, pág. 17).
Pamela Voekl escribe sobre los entierros antes de 1787:
Los pisos de las iglesias y de las capillas de la Nueva España eran un mapa de la complicada relación social entre castas y clases sociales, ya que la colocación de los restos humanos reiteraba los honores mundanos y las distinciones temporales. Además de los privilegios familiares, cada grupo étnico y ocupacional en la sociedad colonial tenía sus prerrogativas económicas, obligaciones ante el fisco y hasta derechos particulares dentro de las cortes, y estas identidades judiciales tenían su cabida dentro del espacio de entierro de las Iglesias. [Un ejemplo de las prerrogativas lo vemos con el] clero y su estatus corporativo, que demostraba su importancia en la sociedad al enterrarse debajo del altar, cerca de la eucaristía, un privilegio legalmente negado a los laicos (Voekel, 2002, pág. 5).
Carlos III y sus ministros decidieron finalizar los entierros dentro de las Iglesias en 1787 a partir de la publicación de una Real Disposición que especificaba que los muertos serían sepultados en panteones, alejados del centro de la ciudad (Cuenya Mateos, 2012, pág. 25).
El decreto del Obispo Biempica ratifica la ordenanza real, al afirmar que el panteón de Xanenetla se construía obedeciendo a las “repetidamente encargadas determinaciones de nuestro augusto soberano” (Puebla, 1791, pág. 322).
Este cambio fue parte de un programa legislativo español que buscaba incrementar el poder del Estado a costa de una Iglesia Católica, que en aquel momento también estaba transformándose, influida por el jansenismo francés.
El cambio ideológico que experimentaba la Iglesia Católica se deja traslucir en el decreto del Obispo poblano que afirmó que esta reforma era positiva, ya que se restauraba “la antigua, sólida y pura disciplina de la Iglesia Católica… [Y que se hacía] imita[n]do el ejemplo de los Obispos más sabios y de las ciudades más cultas y religiosas de Europa” (Puebla, 1791, pág. 322).
La Iglesia Católica del siglo XVIII influida por la Ilustración, buscaba alejarse de la ideología del Barroco exuberante del siglo XVII y de acuerdo a ello, se deseaba restaurar la Iglesia a su “estado primitivo” de sencillez.
Podemos asumir que la reforma no fue bien vista ya que el decreto final del Obispo afirma que
Hemos resuelto expedir este nuestro decreto, por el cual mandamos al rector a los capellanes, sacristán y cualquier otra persona de las que tengan intervención en dicho nuestro hospital, pena de santa obediencia, de suspensión de órdenes, de privación de empleo y otras de que juzguemos acreedores, que no consientan, permitan, ni mucho menos manden o aconsejen que cadáver alguno de los que falleciesen en dicha casa… se entierre en la Iglesia, capillas, claustros ni patios del referido hospital… asimismo prohibimos que entreguen o permitan sacar cadáver alguno para ser enterrado en otra Iglesia (Puebla, 1791, pág. 322).
Trabajos citados
Cuenya Mateos, M. Á. (2012). Del panteón al cementerio: Un largo camino hacia la secularización de los entierros en una ciudad decimonónica. El caso de la ciudad de Puebla. Cuadernos de Trabajo Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales, https://www.uv.mx/iihs/files/2012/11/Cuaderno42.pdf.
Dartmouth. (2021). Pamela Voekel. Recuperado el 16 de Mayo de 2021, de https://history.dartmouth.edu/people/pamela-voekel
Puebla. (24 de Mayo de 1791). Gazeta de México, pág. 1.
Stefanón López, M. E. (2020). Los cementerios de la Ciudad de Puebla en el siglo XIX. Cuetlaxcoapan, 6-11.
Voekel, P. (2002). Alone Before God: The Religious Origins of Modernity in Mexico. Durham y Londres: Duke University Press.