En las últimas semanas la sociedad poblana se ha enfrentado a uno de los temas más controvertidos de esta década: el aborto.
La toma del Congreso local por lo que la prensa ha descrito como “el grupo de las feministas” o “el movimiento feminista” ha obligado a plantear un tema que muchos consideran espinoso.
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Lo que nos interesa en esta columna es analizar algunos de los móviles filosóficos que animan a las mujeres que ocupan el Congreso del estado.
Leer la prensa local nos indicaría que el movimiento genera sobre todo expresiones de indignación e incluso rechazo, porque en el imaginario popular se han convertido en sinónimo de intolerancia o de vandalismo.
Le planteo lector que esta percepción generada en ciertos medios, las reduce a ellas y a su lucha a una caricatura irreal: lo que desean conseguir es un mundo en el que las mujeres sean más libres. Plantean desde su trinchera una pregunta ¿cómo podemos hacer una sociedad más justa? La respuesta que ellas esbozan es que a partir del aborto, se puede ayudar a la mujer a vivir en una sociedad que sea más equitativa para todos. Obviamente esta respuesta indigna a varios grupos de la sociedad.
Le propongo, querido lector, que analicemos algunos de los hilos que animan a las mujeres que ocupan el congreso estatal desde una perspectiva diferente: examinemos la lucha de este colectivo de mujeres como parte de una guerra ideológica que trasciende los límites de nuestra ciudad.
Analicémoslo como una situación producida por las guerras de cultura que se han vuelto cuño corriente en la cultura Occidental.
Sin duda uno de los hechos más relevantes del siglo XX fue la caída del Muro de Berlín en 1989: la creencia generalizada en ese momento era que oficialmente las teorías de Marx y Engels habían quedado en el bote de la basura de la historia.
Había ganado el capitalismo, y ese, ere el fin de la historia.
Treinta años después, entendemos que las ideas de izquierda tuvieron un respiro temporal, y que la filosofía de Marx y Engels es tan relevante hoy para la ideología feminista, la comunidad LGBTQ+, grupos étnicos oprimidos, y otros que son excluidos por la sociedad.
La lucha de izquierda continúa exigiendo una distribución equitativa del capital pero con una diferencia: la lucha por la justicia se detona en el ámbito cultural.
Parte de la ideología que anima a las mujeres que tomaron el Congreso del Estado surge de la lectura y el análisis de Antonio Gramsci y Donna Haraway.
Permita que me explique.
Antonio Gramsci es el autor que a juicio de muchos, explica mejor porque los grupos oprimidos buscan un cambio de paradigma desde la cultura.
Gramsci fue un marxista italiano, fundador del partido comunista de aquel país, que fue capturado por Benito Mussolini, por ser visto como un enemigo político del Reino de Italia.
Desde la cárcel, escribió Apuntes de prisión en la que se cuestionó ¿por qué no había ocurrido aún la revolución del proletariado que había profetizado Marx?
La conclusión a la que llegó es que no había sucedido aún, porque el proletariado estaba controlado desde la cultura. En otras palabras los obreros no velaba por sus intereses propios, sino que se identificaba con la ideología de su opresor, lo que los hacía políticamente conservadores.
A la teoría de Gramsci se le conoce como “Hegemonía cultural:” Instituciones como la escuela, la Iglesia, los periódicos, el gobierno, ejercen un control ideológico sobre las masas, que hace que no velen por sus intereses comunes, sino que se identifican con las reglas que el opresor les había impuesto, aun cuando estos van en contra de sus mismos intereses.
Gramsci propuso que la ideología y la cultura eran los vehículos a partir de los que se tenía que combatir a la ideología burguesa por el alma del proletariado y si en realidad se quiere efectuar un cambio, este debe comenzar modificando la cultura popular.
En este contexto, Donna Haraway explica que mucho de lo que se ha entendido como algo de valor en la cultura Occidental, debe ser cuestionado y hasta, eliminado cuando concierne a la mujer.
En la historia de la cultura Occidental la mujer ha tenido un rol de subordinación y opresión que debe ser cuestionado y modificado para que por fin exista justicia en la sociedad.
Donna Haraway en su artículo “El Manifiesto Ciborg” expone que la cultura Occidental ha sido dañino para la mujer, particularmente a partir del estudio de la historia, que es una herramienta que se ha empleado para oprimir a la mujer y propone se elimine su estudio.
¿Por qué debemos descartar la historia?
Porque para Haraway no es un conocimiento neutral: es una rama de la enseñanza que, aunque en teoría busca la objetividad, refuerza un discurso hegemónico de los hombres, fortifica la moral burguesa y hace que estemos cómodos dentro de los paradigmas culturales en lo que habitamos.
Donna Haraway entiende que esto es problemático: en la historia, la mujer ha sido entendida como la mala del cuento: desde Génesis hasta la Conquista de México la mujer ha sido caracterizada como una especie de villana seductora que tiene la facultad de hacer caer no sólo a los hombres sino a civilizaciones completas. Retomando a Gramsci podemos argüir que este uso de la historia es una ideología que ha prolongado la opresión social de la mujer.
Mientras que los grupos conservadores están luchando por salvaguardar lo que consideran el status quo, los movimientos feministas arguyen que los conservadores sólo están repitiendo los argumentos de una elite que no los representa y que el uso de la historia para combatir el aborto, sólo es un discurso más de opresión a la mujer.
Lo que el movimiento feminista está exigiendo al Congreso estatal no sólo es que se apruebe el aborto, sino que se cree una libertad ideológica que deje atrás un discurso histórico y que se creen nuevas situaciones de libertad para la mujer.
Twitter: @Fofi5