Mariana llegó a su departamento fatigada, pero contenta por dar inicio a sus vacaciones. Sacó las llaves para abrir la puerta y prendió la luz. Entró y se dejó caer en el sillón de la estancia donde se quitó los zapatos y recargó la cabeza para descansar mientras pensaba.
Consideró un viaje a la playa para relajarse o tal vez a visitar a su familia en Guadalajara ya que se aproximaba el día de muertos y era una tradición estar juntos. En eso el teléfono sonó en la mesita de al lado.
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─¿Bueno?
─¿Mariana? Hola soy Tania, tu prima
─Justo pensaba ir a visitarlos
─Pues te ahorramos el viaje, andamos por acá, en casa de la tía Ana y estamos organizando una fiesta para el sábado primero a las seis.
─¡Excelente! Cuenten conmigo.
─Bien, prima, por cierto, hay que venir disfrazada de Catrina, vamos a hacer un concurso
─Sí claro, eh… ─Buscó en su mente las palabras adecuadas para una pregunta delicada ─¿Y cómo has seguido?
─Mejor, gracias, ya terminé las quimios y me siento bien, te veo el sábado prima.
─Sí Tania, adiós.
Colgó el teléfono pensando cómo caracterizarse, no había muchas opciones, pero le vino a la mente la idea de la catrina pintada en el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, sólo era conseguir el traje y un buen maquillista.
Hizo unas llamadas y le recomendaron ir al mercado de Sonora, ahí conseguiría el traje, pero ¿En dónde maquillarse? Buscó en internet y cada que contactaba a algún artista, la agenda estaba saturada. Era la época de más demanda.
El viernes fue al mercado de Sonora donde, por supuesto, había variedad de vestidos, pero en un local le pareció ver uno que era el que más se acercaba al atuendo del mural, largo, blanco con la estola y el sombrero típico con plumas. Pidió probárselo y los ajustes, aunque mínimos, tendrían que hacerse. La vendedora le dijo que se los terminaría al día siguiente después del mediodía.
─Todavía tengo que ver dónde y con quién maquillarme ─dijo Mariana.
─¡Ah! Eso no es problema señorita, yo la llevo con la comadre, es experta y no cobra mucho.
─Pero ¿Podrá atenderme? Si es así, podría salir de aquí con el traje puesto y ya maquillada, mi compromiso es a las seis.
─Si quiere vamos a verla ahora mismo y si no tiene apartada la tarde, entonces ya se podrá ir de aquí bien disfrazada.
Ambas mujeres caminaron entre el mercado hasta llegar a un pasillo poco transitado. No había focos por lo que la iluminación era proporcionada por veladoras. Llegaron a un puesto que no tenía facha de ser un salón de belleza, sino una tienda de artículos esotéricos. Hierbas secas, cajas con velas y jabones, frascos y un sinnúmero de artículos en estantes, costales y hasta en el piso. El lugar le causó cierto temor a Mariana, que llegó a la repulsión cuando vio carne seca de serpiente colgando de un mecate.
─¿Aquí atiende su comadre?
─No es mi comadre, es la comadre y sí, este es su changarro.
Una figura humana inmóvil al fondo del local se movió hasta que la luz le pudo iluminar. Era una anciana enjuta con cabello blanco y trenzado que vestía blusa y falda blancas sin estampados. Sus ojos eran saltones y semicerrados y una lóbrega sonrisa completaba tal siniestro aspecto que sobresaltó a Mariana al verla. Tanto la anciana como la vendedora no repararon en ello y se saludaron amistosamente.
─Mira, esta señorita anda buscando quien la maquille de Catrina para mañana.
Los ojos de la anciana se abrieron un poco.
─¡Ah, víspera de muertos!
─S,sí ─dijo Mariana con duda y continuó ─Tengo una reunión familiar ¿usted me puede ayudar?
─Seguro señorita ─contestó la anciana y agregó ─¿A qué hora la espero?.
─A las cuatro ─intervino la vendedora ─cuando la comadre termine, pasa conmigo y le entrego su vestido, ahí mismo tengo dónde se cambie y así se podrá ir a su fiesta.
Mariana sintió un repentino escalofrío y salió de ahí más por temor que por prisa. Se despidió de la anciana y camino a la salida también lo hizo de la vendedora.
Por la noche Mariana se sentía nerviosa, los objetos del local de la anciana le habían impactado y dudaba en presentarse al día siguiente, pero ella misma se dijo “Eres una niña tonta y asustadiza, mañana irás ahí y luego a la fiesta, te divertirás mucho y el domingo todo esto se te habrá olvidado”. Convencida concilió el sueño, aunque inconscientemente dejó la luz encendida.
Se presentó puntual a las cuatro en el local de la vendedora quien le pidió una última prueba para ver que todo estuviera bien. Al no haber nada más que ajustar, la vendedora condujo a Mariana al local de la anciana quien las esperaba sentada soplando un pequeño incensario de barro. El humo apareció de pronto aromatizando el ambiente.
─Pasa, no tardaremos mucho.
Todavía con dudas, Mariana tomó el lugar de la anciana en la silla y recibió un pedazo de tela para cubrir su blusa. La anciana le recogió el pelo y le pidió cerrar los ojos argumentando que la pintura se le podría meter. El olor a incienso le asfixiaba un poco, pero resistió y logró relajarse recargando la cabeza en el borde del respaldo, sintió un fuerte sopor al que reusaba abandonarse, pero finalmente le sedujo. Sintió que estaba en un interminable pozo oscuro donde flotaba y le parecía escuchar la voz de la anciana a lo lejos decir algo como “Camai, camai shin ti”.
De pronto sintió que iba en caída libre y trataba de asirse a lo que fuera sin lograrlo. La confusión la llevó una ansiedad envolvente. De súbito sintió un fuerte golpe contra algo que detuvo la caída y le hizo abrir los ojos.
─Ya está lista, señorita, fue rápido porque se quedó dormida y me dejó trabajar ¿Anoche no descansó? ─preguntó la anciana mientras le pasaba un espejo.
Desorientada y confundida se incorporó, sus pensamientos se asentaron y pudo recordar en dónde estaba y a qué había ido, así que tomó el espejo. Se miró con detenimiento y al constatar el buen trabajo sintió alivio.
Pagó a la mujer y con inusual alegría transitó por esos pasillos como si los conociera de años. Llegó con la vendedora quien le entregó el vestido y le hizo pasar detrás de un biombo para que se cambiara. Al salir ataviada tuvo un sentimiento de plenitud y satisfacción. Sonrió.
La fiesta estaba llena de familiares y conocidos. Desde que entró a la casa de la tía Ana su caracterización impactó a los asistentes quienes no dejaban de mirarla y admirarla. Pasaba entre todos saludando cortésmente, pero también con la altivez de una diva. Convivió con cada grupo de invitados que la rodeaban y bromeaban bebida en mano.
Al llegar la premiación de los disfraces, los tíos, que formaban el jurado, se decían “Mariana es la mejor, no sólo el traje o el maquillaje, sino la actitud que proyecta”. Todo estuvieron de acuerdo, sin embargo, la tía Ana dijo “Está bien, pero consideren a Tania, la pobrecita sigue lidiando con su cáncer, yo creo que deberíamos darle el premio para alegrarle la vida”. Los parientes estuvieron de acuerdo. Al anunciar a la ganadora, Mariana no pudo ocultar su desencanto y pensó “Sólo se lo dieron por lastima”.
Cada quien se retiró a su hogar siendo ya de madrugada. Mariana se despidió con una fingida sonrisa de quien sabe perder y se fue a su departamento. Todo el camino de regreso maldijo a sus tíos.
Llegó a su cuarto. Echó estola y sombrero a la cama para quitarse el maquillaje. Se sentó frente al tocador y tomó una torunda con desmaquillante que paseo por su frente mientras continuaba recriminando a su prima dentro de su cabeza “Te odio Tania, viniste desde Guadalajara a destilar pena”. Al intentar ver cómo se iba retirando la pintura vio que no se había quitado nada. Sin apartar la mirada del espejo paso el algodón por la mejilla y el resultado era el mismo. Empapó otra torunda con más crema y la volvió a pasar por la cara. La pintura permanecía. Se asustó, corrió al baño, tomó una toalla, la humedeció y con ella se restregó todo el rostro con fuerza. Cuando volteó la mirada sobre su reflejo, descubrió con horror que seguía igual, pero, además, el cabello había desaparecido y en su lugar, lucía un cráneo del mismo color hueso de su cara.
Dio un paso atrás ante esa inesperada imagen, se tocó la cabeza y constató con el tacto lo que estaba viendo, asustada, se cubrió los ojos con las manos mientras gritaba histéricamente al no saber qué estaba sucediendo y desesperada soltó a llorar durante un largo rato tratando de explicar esa pesadilla. Cuando se tranquilizó, descubrió su cara y la agacho, se recargó con las dos manos en el lavabo y los dolorosos gemidos se convirtieron en espasmos que incrementaban su intensidad y frecuencia. Finalmente, de su garganta emergieron risas y luego histéricas carcajadas.
Cesó de reír y con semblante enfurecido se miró así misma en el espejo. Sus ojos carentes de párpados se movían en los cuencos y la dentadura parecía más real que pintada. Sus manos tomaron la toalla que torció con rabia extrayendo la humedad y con un último apretón furioso gritó “¡Muérete Tania!”.
El sepelio se llevó a cabo con toda la familia reunida, menos la prima Mariana, quien se disculpó argumentando tener una jornada aciaga por el cúmulo de trabajo en ese domingo dos de noviembre.