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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Los puntos del dado

Las lecciones del abuelo. El dato, un dado. El aprendizaje, el criterio. La herencia.

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Miércoles, Febrero 22, 2017

El barniz de la puerta reflejaba la luz recién encendida de la habitación, pues la noche caía sobre la mansión Vélez. Después de la larga espera que en estos casos siempre es acompañada por una angustiosa incertidumbre, por la puerta salió el médico con la cara seria. Indicó al joven Vélez pasar a la habitación, pues su abuelo quería verlo. Entró como la personificación de la tristeza, pero el viejo empresario, recorriéndose un poco en señal de invitación a sentarse en la cama, le tranquilizó:

 

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            —A ver, nada de caras largas ¿eh? Ya sabemos que algún día la vida me tendría que dar descanso y, además, lo merezco. Al adelantársenos tu padre, tú eres el único que queda para manejar mi empresa.

 

            —Pero abuelo —interrumpió el joven.

 

            —Nada, nada, estoy seguro que se queda en buenas manos.

 

            —No soy ni la mitad de listo que tú ¿cómo voy a poder hacerlo?

 

            —Bueno, entiendo que te sientas temeroso, pero déjame decirte que la sabiduría sólo se consigue con la experiencia y ser paciente para pensar,  de lo primero, el tiempo se hará cargo, para lo segundo te dejaré un acertijo que tendrás que resolver tú solo, te voy a regalar un dado y diario me dirás cuántos puntos hay hasta el día en que ya no te pueda oír.

 

            El anciano sacó un dado del cajón de su buró y lo entregó al joven. El pequeño cubo que no tenía nada de especial, era uno común y corriente, de los que se usan para los juegos de mesa. Se fue a su casa y desde el día siguiente recibió la llamada del viejo que le preguntaba:

 

            —Hola, hijo, ¿tienes tu dado a la mano?

 

            —Sí, sí lo tengo.

 

            —Bueno, dime ¿cuántos puntos hay?

 

            El muchacho al no comprender lo que el hombre quería, se le ocurrió tirar el dado y decirle la cantidad de puntos que mostraba la cara superior, como se usa para jugar. Al terminar de moverse dijo:

 

            —Tres.

 

            —Bien, mañana te hablo.

 

            A diario el viejo hablaba y el muchacho hacía lo mismo, tiraba el dado y las respuestas eran variabas “cuatro”, “dos”, “cinco” o “seis”. Pasaron semanas hasta que el hombre se agravó y ya no pudo hablar. El joven lo visitaba continuamente, pero no había palabras, solamente una gentil sonrisa, incluso, el día que murió. El abogado de la familia notificó la entrega de las posesiones del rico empresario al nieto y él no sabía qué hacer. Llegó el día de presentarse ante sus ahora empleados. Uno de ellos tomó la palabra y comentó:

 

            —No se preocupe, joven, es muy fácil manejar la empresa, de manera normal, las cosas se llevan por sí solas.

 

            El joven Vélez comprobó esta afirmación durante algún tiempo hasta que un día, el sindicato presentó oficialmente una petición de aumento en sus retribuciones. Preguntó al abogado si esto procedía y la respuesta fue que los trabajadores estaban en su derecho. Se entrevistó con el encargado de finanzas y le dijo que era imposible acceder a todas las peticiones de los trabajadores, pues no se contaba con lo suficiente. El gerente de ventas le advirtió que en caso de que los trabajadores iniciaran el movimiento, los pedidos, que recientemente habían aumentado, serían incumplidos y la relación con sus clientes se vería comprometida. Ante tal panorama el heredero se sintió en un callejón sin salida.

 

            Abrumado ante la posibilidad de perderlo todo, se encerraba en la oficina que fuera de su abuelo donde había un retrato de él. Por más vueltas que le daba al asunto no atinaba ni siquiera con alguna idea de cómo solucionar el problema y el encierro le sentaba bien, pues le proveía de una pausa. Una tarde, casi oscureciendo, mientras miraba el retrato del anciano, se dio cuenta que en la mano derecha tenía un dado que apena si se veía. Recordó que las veces que le preguntaba por teléfono cuántos puntos había, el joven le decía una cantidad de la cual nunca recibió algún tipo de aprobación, pero tampoco lo contrario. Le pareció curioso que al hablar por teléfono pudo haber dicho cualquier número y el viejo no sabría si era cierto o falso.

 

Al meditar esto la respuesta a sus problemas le llegó como un relámpago a la cabeza. Al día siguiente reunió al líder sindical, al abogado de la empresa y a los gerentes de finanzas y ventas. Dejó que cada quien expusiera su punto de vista y fuera escuchado por los demás. Se estableció que no había habido un ajuste salarial desde hacía mucho tiempo, pero si paraban la empresa no solo no habría aumento, sino tampoco trabajo. Por otro lado se tenía mucha necesidad de incrementar la producción para atender los pedidos y con ello las ganancias. De esta forma se acordó un aumento en sueldos y prestaciones razonable para ese momento, que se iría compensando conforme mejorara la producción y las ventas. Cada uno tuvo una solución satisfactoria.

 

            Terminada la reunión, regresó a la oficina y se paró frente al retrato del hombre sonriente que en ese momento parecía un espejo, pues el joven Vélez se encontraba del mismo talante. Ese día comprendió que la mejor herencia que había recibido no era la empresa, sino la lección del dado. Al no poder ver el abuelo la cara del dado que veía su nieto, la respuesta debía ser tal que sin verla, tenía que ser la acertada. La enseñanza fue que no solamente hay que ver una cara del problema, sino todo el conjunto. El dado suma en total 21 puntos

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