“Cuenta una anécdota que un presidente del régimen que gobernó México sin interrupción de 1929 a 2000 le preguntó a su asistente: “¿Qué hora es?” Y la respuesta fue: “La que usted diga, señor Presidente”…”
La semana pasada dediqué este espacio que me brinda E-Consulta para analizar los componentes del plan La escuela al centro -que anunció el Secretario de Educación Pública en fechas recientes- desde la perspectiva del paradigma de la complejidad.
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Desde ese ángulo el plan presentado por la SEP como otra parte de la concreción administrativa de la Reforma educativa de este sexenio, puede ser un elemento que contribuya a una verdadera transformación de la educación al apuntar hacia un modelo de gestión escolar de mayor complejidad que el modelo de bajísima complejidad actual.
Recordando sintéticamente a qué se refieren estos términos, diría que la gestión de baja complejidad de cualquier sistema u organización se caracteriza por ser altamente centralista, operada desde la lógica del control férreo, cerrada a la iniciativa y la participación de las personas o grupos que lo conforman y altamente impermeable a la crítica. Un modelo de alta complejidad por el contrario, es un modelo donde la gestión está descentralizada –es policéntrica e incluso acéntrica-, hay una gran apertura a la participación y el diálogo de sus actores, alta aceptación de la crítica y promoción de la iniciativa de todos sus componentes y una orientación que no se basa en el control sino en la confianza y el impulso de la creatividad para lograr los fines propuestos.
Desde este ángulo el plan de La escuela al centro apunta a una mayor complejidad puesto que se centra en la idea de otorgar mayor autonomía a cada escuela tanto para contar con recursos económicos y decidir sobre su uso de manera participativa como para definir dentro de ciertos parámetros su propio calendario escolar y otros aspectos que darán un poder real a los directores y subdirectores y estimularán la participación de profesores –si realmente se refuerzan los Consejos técnicos escolares- y de los padres de familia –si de verdad se fortalecen los Consejos de participación social-.
El plan sin embargo, se lanza en un contexto de contradicciones sistémicas y culturales que es necesario tener presentes si se quiere que no sea una iniciativa más que acabe, como muchas que planteaban cuestiones similares o hasta más avanzadas, en los archivos de una burocracia educativa tan arraigada que acaba por devorar y desvirtuar cualquier proyecto de innovación.
En primer lugar es paradójico constatar que la Secretaría de Educación Pública a nivel federal plantee un plan para dar mayor autonomía y descentralizar las decisiones escolares, en un escenario en el que la descentralización del sistema educativo planteada en el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica del 19 de mayo de 1992 nunca llegó a cumplirse cabalmente y en el que además el año pasado se tomó la decisión de volver a centralizar la nómina de los profesores con lo que se dio un paso atrás, apuntando hacia un modelo de más baja complejidad.
Esta centralización ha estado acompañada en el terreno mediático por un alto protagonismo del Secretario Nuño que por razones de futurismo político electoral o de estrategia de empoderamiento para la concreción de una reforma que sigue teniendo muchos detractores, se ha ido posicionando en un lugar jerárquicamente central, al menos en lo simbólico, por encima incluso de los gobernadores estatales como bien señaló Pedro Flores Crespo al cuestionar las formas utilizadas en el acto de lanzamiento de La escuela al centro.
La reciente cancelación –o “modificación de la modalidad de aplicación” como elegantemente ha justificado la SEP- de la evaluación de PLANEA en este ciclo escolar es otra muestra de un sistema de baja complejidad que no acepta los lineamientos de un organismo autónomo del Estado mexicano como el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) sino que impone de manera centralista y coyuntural decisiones que afectan el funcionamiento sistémico.
En segundo término, resulta difícil de creer que como se plantea en este nuevo plan, se vaya a reducir la enorme y paralizante burocracia que priva en el funcionamiento de nuestra educación y que La escuela al centro vaya a funcionar como estrategia de empoderamiento de cada centro educativo cuando no se han realizado reformas estructurales profundas en la organización de la SEP federal y de las estatales y se plantea añadir al organigrama escolar dos figuras –un nivel jerárquico adicional- de subdirección educativa y administrativa que seguramente tenderán a justificar su empleo generando más formatos y requisitos a cumplir.
En el terreno de la organización gremial, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación al igual que las organizaciones del llamado “Magisterio democrático” tampoco han instrumentado cambios que tiendan hacia una mayor complejidad sistémica. Por el contrario, siguen siendo organizaciones verticales, centralizadas, controladoras y cerradas a la crítica interna y externa, conforme al modelo corporativista que marca su origen histórico.
A estas contradicciones sistémicas hay que añadir una cultura de participación política basada en la sumisión y la falta de iniciativa de la que dan cuenta frases muy comunes como: “el que obedece no se equivoca” o “el que se mueve no sale en la foto” y que son parte del ADN de un sistema educativo que nació del régimen priísta y sigue teniendo en sus genes mucho de esta cultura que rinde culto al que tiene el poder, como ilustra la anécdota que sirve de epígrafe al artículo de hoy.
La escuela al centro es un programa que apunta hacia la construcción de un sistema educativo de alta complejidad y eso hay que aplaudirlo. Pero para que realmente funcione se requiere enfrentar y resolver estas contradicciones de un sistema de baja complejidad y de una cultura de sumisión y centralismo corporativista que desafortunadamente se niegan a morir.