Cada año en México, al llegar la temporada de Día de Muertos muchos dedican un altar a sus seres queridos que han fallecido.

La película Coco, de Disney y Pixar, mostró cómo se vive esta tradición en México; un impacto que fue evidente tras el éxito de la película.

En México existe la creencia desde nuestros antepasados que los muertos regresan el primero y dos de noviembre para convivir con la familia.

El antropólogo José Eric Mendoza, investigador de Antropología Física del INAH, la celebración del 2 de noviembre no es el duelo, es tiempo de fiesta, y al visitante se le abren las puertas y se le da en abundancia. Por ello, la ofrenda es una de las fases de interpretación más trascendentes del culto.

Los orígenes de la tradición del Día de Muertos son anteriores a la llegada de los españoles, quienes tenían una concepción unitaria del alma, concepción que les impidió entender el que los indígenas atribuyeran a cada individuo varias entidades anímicas y que cada una de ellas tuviera al morir un destino diferente.

Dentro de la visión prehispánica, el acto de morir era el comienzo de un viaje hacia el Mictlán, el reino de los muertos descarnados o inframundo, también llamado Xiomoayan, término que los españoles tradujeron como infierno. Este viaje duraba cuatro días. Al llegar a su destino, el viajero ofrecía obsequios a los señores del Mictlán: Mictlantecuhtli (señor de los muertos) y su compañera Mictecacíhuatl (señora de los moradores del recinto de los muertos). Estos lo enviaban a una de nueve regiones, donde el muerto permanecía un periodo de prueba de cuatro años antes de continuar su vida en el Mictlán y llegar así al último piso, que era el lugar de su eterno reposo, denominado “obsidiana de los muertos”.

La fiesta de Día de Muertos se realiza el 31 de octubre y el 1 y 2 de noviembre, días señalados por la Iglesia católica para celebrar la memoria de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos. Desde luego, la esencia más pura de estas fiestas se observa en las comunidades indígenas y rurales, donde se tiene la creencia de que las ánimas de los difuntos regresan esas noches para disfrutar los platillos y flores que sus parientes les ofrecen.

Las ánimas llegan en forma ordenada. A los que tuvieron la mala fortuna de morir un mes antes de la celebración no se les pone ofrenda, pues se considera que no tuvieron tiempo de pedir permiso para acudir a la celebración, por lo que sirven solamente como ayudantes de otras ánimas. El 28 de octubre se destina a los muertos que fueron asesinados con violencia, de manera trágica; el 30 y 31 de octubre son días dedicados a los niños que murieron sin haber sido bautizados (limbitos) y a los más pequeños, respectivamente; el 1 de noviembre, o Día de Todos los Santos, es la celebración de todos aquellos que llevaron una vida ejemplar, celebrándose igualmente a los niños. El día 2, en cambio, es el llamado Día de los Muertos, la máxima festividad de su tipo en nuestro país, celebración que comienza desde la madrugada con el tañido de las campanas de las iglesias y la práctica de ciertos ritos, como adornar las tumbas y hacer altares sobre las lápidas, los que tienen un gran significado para las familias porque se piensa que ayudan a conducir a las ánimas y a transitar por un buen camino tras la muerte.

El altar de muertos es un elemento fundamental en la celebración del Día de Muertos. Los deudos tienen la creencia de que el espíritu de sus difuntos regresa del mundo de los muertos para convivir con la familia ese día, y así consolarlos y confortarlos por la pérdida.

Las fiestas de Todos los Santos y de Fieles Difuntos, prosigue, son rituales que se inventaron en la Francia del siglo X por el Abad de Cluny, quien decidió rescatar la celebración en honor de los macabeos, familia de patriotas judíos reconocidos como mártires en el santoral católico, el día dos de noviembre y dispuso el día anterior para celebrar a los santos y mártires anónimos, aquellos que no poseen nombre ni apellido, ni celebración en el calendario ritual católico.

En ese día de Todos los Santos, por cierto, se disponía en el templo de un inmenso altar en el que se exhibía el ara, es decir las reliquias de personajes santos que cada iglesia poseía en sus altares, bien fuera huesos, cráneos u otros restos, la tierra donde fueron enterrados o una parte de la ropa que portaban.

En la fiesta de Todos Santos, los católicos recorrían la mayor cantidad posible de altares, iglesia por iglesia, para ganar indulgencias. Iban anotando cuántas reliquias visitaban para, al final, calcular los años de perdón obtenidos. Y antes de entrar al punto final, la Catedral Metropolitana, los feligreses compraban un pan o un dulce de azúcar con forma de reliquia, mismos que el cura bendecía y que finalmente colocaban en casa en una mesa junto con el santo familiar y frutas variadas.

Ese es el origen del altar de muertos, mismo que se acostumbra en Argentina, en Chile, en Perú. E incluso en Sicilia, Italia, donde además de colocarse el altar de muertos, se tiene la creencia que los parientes visitan el hogar y traen juguetes para los niños, una tradición religiosa que proviene de una antigua tradición romana.

En el norte de España, en Galicia, en la cena del 31 de diciembre, la comida se deja en la mesa para que vengan los parientes a comer, lo que también es una tradición romana incluso más antigua que la anterior. Y estos son ejemplos que Malvido ha presenciado personalmente.

¿Cómo poner un altar de muertos?

El altar de muertos tradicional se compone de los siguientes elementos:

Primer nivel: Es la parte más alta de la ofrenda y se coloca la imagen de un santo al cual son devotos la familia o los difuntos.

Segundo nivel: Imágenes de las ánimas del purgatorio para ayudar a los difuntos a salir de ahí y seguir su camino al cielo.

Tercer nivel: Sal para purificar el espíritu de los niños del purgatorio.

Cuarto nivel: Pan de muerto que simboliza la eucaristía. Este elemento se añadió durante la evangelización española. Cada sitio de México tiene su forma tradicional de realizar pan de muerto, regularmente es espolvoreado con azúcar, contiene anís, piloncillo o naranja.

Quinto nivel: Comida y frutas que le gustaban a los difuntos en vida.

Sexto nivel: Fotos de los difuntos para honrarlos tras su llegada a la tierra.

Séptimo nivel. Cruz elaborada con semillas o frutas. En algunas ocasiones forman la cruz con flores o incienso.

Estos objetos no pueden faltar en la ofrenda:

Flor de cempasúchil. Solo se da en esta temporada y es de llamativos pétalos color naranja. Dicen que las flores son la que guía para los difuntos hacia el mundo de los muertos.

Papel picado. Es un elemento representativo de la fiesta del Día de Muertos. Regularmente tienen figuras de calaveras y catrinas.

Velas y cirios. Son la luz que guía a los muertos. Los cirios se ponen en las esquinas y las veladoras en fila para simular el camino hacia el cielo.

Arco. Se pone en la cima del altar y es la entrada al mundo de los muertos. Se realiza con flores de cempasúchil.

Calaveras. Son de azúcar, chocolate o amaranto y simbolizan que la muerte está presente.

Agua. Tiene dos significados. El primero hace alusión a la regeneración de la vida y la siembra. Y el segundo para quitar la sed de los muertos por el largo camino que recorrieron desde el mundo de los muertos.

Copal e incienso. El primero es para limpiar y purificar las almas. El incienso para santificar el ambiente.

Bebidas alcohólicas. Es común ver en los altares el mezcal, tequila o hasta pulque. Son las bebidas que les gustaban a los difuntos.

Objetos personales. Cosas que en vida les gustaban a los difuntos. Es común poner juguetes para los niños.

Con información de Muy Interesante, uv.mx y Gobierno de México