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OPINIÓN

Trump encabeza la narrativa: Narcogobierno Inc.

El gobierno mexicano carece de capacidad para neutralizar el relato de Washington

David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.

Miércoles, Mayo 20, 2026

La mayoría de los presidentes en México —como en el resto del mundo— buscan pasar a la historia con un legado reconocible de generación en generación. Desde sus campañas comienzan a delinear la imagen con la que pretenden instalarse en la memoria colectiva una vez que abandonen el poder y se conviertan en simples ciudadanos, aunque siempre existan pulsaciones dinásticas o intentos por heredar el mando a familiares, discípulos o incondicionales.

En tiempos modernos esos legados se construyen, sobre todo, a través de narrativas. El aparato de comunicación gubernamental trabaja seis años para fijar una idea en el imaginario popular. Sin embargo, la experiencia mexicana de décadas demuestra que los presidentes rara vez terminan definidos por el relato que intentaron construir. Al final se imponen otras sentencias muy alejadas de lo que imaginaron.

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En algunos casos eso se debe principalmente al desgaste que sufre el relato presidencial, que enfrenta a la realidad nacional e incluso internacional. En México, los presidentes no terminan definidos por el discurso que construyeron, sino por la narrativa que sobrevivió al final del sexenio. Y muchas veces esta es marcada por la violencia, la corrupción, la economía, el desencanto o incluso por factores exógenos como ocurre actualmente con nuestro vecino del Norte.

Felipe Calderón quiso pasar a la historia como el presidente del orden, del empleo, que combatió al crimen y de la legalidad. Terminó atrapado en la narrativa de la “guerra contra el narcotráfico”, “la militarización” y la expansión de la violencia, que lo estigmatizó y le colgó su sambenito hasta nuestros días.

Enrique Peña Nieto intentó venderse como el gran modernizador del país, el reformador estructural que llevaría a México a las grandes ligas. Concluyó enredado en las redes del sempiterno mal nacional de la corrupción y atravesó a su esposa con su “Casa Blanca”. Los excesos de su círculo cercano y el desgaste de un gobierno frívolo terminaron por borrar casi cualquier discusión sobre sus reformas.

El caso de Andrés Manuel López Obrador es todavía más complejo. Llegó impulsado por el hartazgo social frente a la corrupción priista y construyó una poderosa narrativa de regeneración moral, colocando como dogma político el “primero los pobres”. Quiso compararse con próceres nacionales como Benito Juárez, Francisco I. Madero o Lázaro Cárdenas. Sin embargo, con el paso de los años, el debate nacional e internacional comenzó a empujarlo hacia otra narrativa: la de un liderazgo tolerante frente al narcotráfico, incapaz de contener la expansión de los cárteles y constantemente rodeado por escándalos de corrupción familiar y política. Aquello que tanto cuestionó de Calderón y de Peña ahora lo persigue implacablemente.

Debe reconocerse que su carisma personal y su capacidad de comunicar —que no de gobernar— lo colocaron bajo una especie de mantra protector que lo blindó casi herméticamente. Nunca fueron suficientes los innumerables escándalos que se acumulaban uno tras otro, ni tampoco su arriesgada estrategia —si es que puede llamarse así— de “abrazos, no balazos”, que terminó por caracterizarlo, para algunos, como un protector de narcotraficantes.

Nada parecía despeinar su popularidad. Un político recubierto de teflón de alto peso molecular: todo, absolutamente todo, se le resbalaba frente a una realidad persistente que, durante años, “le hizo lo que el viento a Juárez”.

Pero como reza la frase popular: “Ayer como ayer, hoy como hoy” y en un santiamén, su legado “transformador” se desmorona paulatinamente.

La narrativa que durante años fue contenida por la maquinaria propagandística del obradorismo comenzó a desdibujarse fuera de México. Mientras en los sexenios de Calderón y Peña Nieto las narrativas adversas surgían principalmente desde la oposición, los medios críticos y una sociedad hastiada —todos productos “Hecho en México”—, en el caso de la Cuarta Transformación apareció un narrador mucho más poderoso: Washington.

Ahí entra a escena Donald Trump. No importa únicamente si sus afirmaciones son exactas o exageradas. Lo verdaderamente relevante es que logró instalar un marco narrativo extremadamente eficaz: México como plataforma del narcotráfico, el fentanilo como amenaza existencial para Estados Unidos, los cárteles como organizaciones terroristas y la idea de que el Estado mexicano convive, tolera o incluso protege al crimen organizado.

Ese relato tiene enorme potencia porque simplifica problemas complejos, ofrece enemigos identificables y conecta directamente con la crisis de fentanilo que golpea a la Unión Americana. Además, encuentra eco en medios y sectores políticos estadounidenses que amplifican constantemente el mensaje más allá de sus fronteras.

La punta de lanza de su estrategia política y mediática lo encarna “El Rocha” y su alineación sin portero.  Ya perdieron dos jugadores cuando el partido apenas inicia. Un general de división encargado de la seguridad – de “Los Chapitos”, EUA dixit- y un operador financiero que aceitó campañas electorales con su dinero, ahora en manos de una corte de Nueva York.

Quizá el mayor fracaso narrativo del morenismo es no entender que en el siglo XXI las percepciones internacionales pesan más que la retórica nacionalista y populista. Cuando Washington instala su verdad, ésta termina afectando inversiones, diplomacia, negociaciones y legitimidad.

Hoy Claudia Sheinbaum enfrenta el riesgo de heredar una narrativa que ya no controla. Carece del carisma político, de la capacidad comunicativa y, sobre todo, del teflón de su antecesor y mecenas. Mientras intenta construir una imagen técnica, científica y de continuidad estable, la narrativa del “narcogobierno” avanza imparable dentro y fuera del país.

En esta guerra moderna ya no se requieren grandes ejércitos para sitiar a una nación. Basta el control del relato, la presión económica y el desgaste internacional permanente. Venezuela y Cuba lo entendieron demasiado tarde. México comienza a descubrirlo ahora.

Entonces salta una pregunta incómoda y capital: ¿Puede un gobierno recuperar el control de una narrativa cuando ésta ya fue instalada globalmente?

Es tal el éxito narrativo de Washington que una mujer indígena en Chilapa, Guerrero, implora a Trump que los auxilie y envíe sus helicópteros, porque “acá nadie nos ayuda”. Vaya imagen poderosa y reveladora.

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