Traía el pulso desbocado tanto por el esfuerzo, como por la impresión de lo que acababa de vivir. La cara de terror y las heridas en el cuerpo narraban lo sucedido, milagrosamente había escapado de Sauya, un tigre dientes de sable dueño de ese territorio, más su hermano no había corrido con la misma suerte.
Todavía con el corazón saliéndose del pecho, llegó al lugar donde su tribu había acampado y su madre salió al encuentro para acogerlo con los brazos de quien valora una mitad recuperada y la mirada de quien ha perdido la otra mitad. Una mujer anciana se acercó con algunas hojas secas y raíces y las mostró a la madre que la ignoró por tener la vista en el suelo, pero en un momento notó una sombra y volteó para mirar que la anciana señalaba su propia boca carente de piezas dentales y luego ofreció el manojo de hierba con lo que la madre comprendió el propósito.
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Metió la hojarasca y raíces en su boca, masticó por un rato mezclando con saliva y al final escupió el bocado para aplicarlo en las heridas del muchacho llamado Goro, que seguía jadeando con los ojos desorbitados.
Los sueños habituales de niños eran recuerdos de rodar en la hierba, mojarse unos a otros en el río, trepar árboles o atrapar larvas, pero Goro esa noche fueron sustituido por las terribles imágenes de fauces amenazantes y garras abriendo el vientre de su hermano dejando expuestas las entrañas en medio de gritos en un desesperado manoteo. Fue justo en ese momento cuando Goro instintivamente tomó una piedra y golpeó en la cabeza al felino que soltó su presa y volteó para asestar un zarpazo al muchacho que, aunque solamente lo rozó, le había alcanzado la cara y el pecho.
Goro se despertó agitado y sudoroso, tardó bastante en convencerse de que no estaba viviendo de nuevo la amarga experiencia, no obstante, los rugidos en la oscuridad lo hicieron temblar de miedo.
Al amanecer la madre junto con otras mujeres se llevaron a los niños a hacer recolección. Los niños solían subir a los árboles y agitar las ramas para que cayeran los frutos. Goro se mostraba taciturno y pegado a su madre cuando a lo lejos aparecieron algunas figuras familiares. Hombres y mujeres jóvenes sin hijos regresaban después de tres días con un venado. Recibieron a los cazadores con algarabía e inmediatamente colocaron la caza en el suelo para destazarla con piedras filosas.
Los cazadores contaron que la primera noche encontraron otra tribu que los había recibido cordialmente y contaban con una bestia roja a la cual no mostraban temor y por el contrario la alimentaban con troncos y ramas de forma moderada, pues si le daban de comer mucho, crecía descontroladamente y si no, se moría.
Cuestionaron el riesgo de tratar domesticar una bestia roja, pues ellos habían domesticado unos lobos huérfanos que al principio eran mansos, jugaban con los niños y de noche eran guardianes, pero un día volvieron a ser salvajes y al atacaban a quienes los habían alimentado escupiendo espuma por el hocico. La respuesta fue que no y por contrario tenía muchas ventajas, iluminaba de noche, proporcionaba calor, cuando se le alimentaba con hojas verdes producía humo que mantenía alejados a los mosquitos y lo mejor de todo es que las fieras no se atrevían a acercarse.
Al escuchar eso Goro salió de su shock, la tribu podría estar protegida de Sauya, al menos por las noches. Los cazadores decidieron así, pedirle a la otra tribu que les diera una cría de la bestia roja para llevarla con ellos. Esa noche Goro pudo por fin dormir en paz.
Con el ánimo renovado, Goro y la tribu vieron partir al grupo de cazadores que tomaron camino de nuevo. Quienes se quedaron en el campamento se prepararon para hacer la recolección de día. La anciana curandera les había pedido que desenterraran raíces de las plantas con guías de hojas pequeñas y flores púrpura, pues era el tiempo en que ya estaban en su punto. La tribu había cortado con anticipación bastones de madera dura y con bastante esfuerzo les hicieron punta con la idea de que se usaran como herramientas para excavar.
Una fila de muchachos y algunas mujeres tomaron camino a la colina donde encontrarían los tubérculos. Al ubicar las plantas con la descripción de la anciana comenzaron a escarbar. De pronto, un niño gritó que había encontrado un armadillo, lo había visto saliendo de un agujero y al notar su presencia, el animalito se metía a otro, pero volvía a salir por el primero repitiendo la huida.
Rápidamente afilaron más las puntas de sus bastones para convertirlos en lanzas. Dos muchachos se colocaron en el agujero de salida y cuando el armadillo se asomó se atacaron con sus herramientas de excavación, pero no penetraron el caparazón, por lo que Goro tomó una piedra grande y cuando el armadillo volvió a salir, se la dejó caer y el animal quedó atontado a merced de los improvisados cazadores. Lo tomaron de la cola y lo levantaron en señal de victoria y corrían por la colina riendo hasta que el gozo se desvaneció por escuchar un leve rugido, Sauya los miraba desde unas rocas mostrando sus enormes colmillos. Todos se quedaron petrificados por la sorpresa, algunos temblaban con el rostro a punto del llanto, sabían que uno de ellos no regresaría al campamento.
Por un segundo Goro recordó su último encuentro; el terror, la impotencia y el dolor físico de la víctima traería el dolor moral en los que quedaran vivos, pero también a la mente vino la imagen de que había podido distraer a Sauya con la piedra, si tan solo lo pudieran distraer lo suficiente para enterrar sus pequeñas lanzas en el cuerpo del felino, tal vez lo pudieran hacer huir herido.
La idea de vengar a su hermano y proteger a los otros muchachos lo hizo tomar el liderazgo. Aprovechando que ellos y Sauya permanecían inmóviles, con voz de mando pidió que nadie corriera, tomaran piedras, rodearan al felino y lo atacaran a la distancia dando oportunidad de que otros de ellos se acercaran para intentar clavar sus bastones recién afilados.
Aunque todos estaban muy asustados, al escuchar a quien había sobrevivido a un ataque, siguieron sus instrucciones, la idea de que alguno debía morir para que los otros escaparan se difuminaba con la creciente idea de que todos debían vivir peleando por ello. Sauya se acercó con arrogancia a pasos cortos y lentos tratando de escoger a su víctima, veía a uno, veía a otro y sin querer les dio la oportunidad de que lo rodearan y Goro quedó de frente al tigre con un rostro de determinación.
Sauya rugió preparando su ataque, pero también Goro gritó la orden para comenzar la lapidación. Las piedras no hacían mella en el portentoso animal, pero si lo mantenían ocupado al no saber de dónde llegaban los golpes. Daba zarpazos como si tuviera algún oponente al alcance. Goro comprendió que la idea estaba funcionando y gritaba a sus compañeros que se movieran y no dejaran de arrojar piedra.
El felino, desconcertado volteaba a un lado y al otro lo que Goro y otros aprovecharon para hundir sus bastones afilados en el cuerpo y en un golpe de suerte, una punta se clavó en ojo izquierdo de Sauya que rugió desgarradoramente por el dolor y comenzó a agitar la cabeza con movimientos erráticos. En ese momento Goro ordenó cesar la lapidación para intensificar el ataque con los bastones los cuales horadaban repetidas veces la piel del animal. Luego de dar unos pasos débiles, Sauya cayó al suelo manando sangre por todos lados.
Goro se acercó al tigre que respiraba con dificultad como un preludio agónico y lo tuvo cara a cara, más cerca que en su último encuentro y le susurró: “Esto fue por mi hermano”. En eso el animal se levantó de un solo movimiento y abriendo el hocico lanzó un sanguinolento rugido. Todos los muchachos dieron un paso atrás pensando que Goro sería la nueva víctima, sin embargo, su bastón afilado se hundió en el paladar del majestuoso animal quien finalmente exhaló su último respiro mientras Goro lo miraba caer con ojos de furia.
Esa noche la tribu se encontraba con los rostros iluminados rodeando a la recién incorporada bestia roja pidiendo a Goro que volviera a contar cómo fue que pensó en la manera de derrotar a Sauya. Goro solo sonreía y se deleitaba con el nuevo sabor de carne asada de armadillo y, por primera vez, de tigre.