En la última entrega de Sheinbaum y el laberinto del poder hablábamos de las dudas que existían sobre la verdadera fuerza política de la Presidenta. Sin embargo, en menos de una semana esa narrativa quedó en segundo plano. La Presidenta logró sacudirse al fiscal Alejandro Gertz Manero, considerado por muchos abogados como uno de los peores procuradores de justicia de las últimas décadas.
Recordemos que, tras el sexenio plagado de corrupción de Peña Nieto, se planteó la necesidad de que la entonces Procuraduría General de la República se convirtiera en un órgano autónomo para evitar la intervención del poder político en las decisiones de procuración de justicia, con la esperanza de terminar con la impunidad histórica del país.
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La reforma se concretó en 2014 y el primer fiscal general bajo este nuevo modelo fue Gertz Manero: un personaje con una larguísima trayectoria y relaciones con figuras clave como Cuauhtémoc Cárdenas, Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador. Es, como me gusta llamarlo, el clásico político que siempre cae parado, sin importar quién gane.
Desde su nombramiento en 2019 hasta hoy, su gestión se distinguió más por venganzas personales que por resultados reales para enfrentar los problemas estructurales del país. Las investigaciones de alto perfil se quedaron en eso: campanadas mediáticas sin consecuencias. Casos como SEGALMEX o el “huachicol fiscal” hacen que su paso por la Fiscalía sea recordado con más sombras que luces.
En este contexto, la Presidenta no desaprovechó el ruido público generado por los señalamientos de encubrimiento en torno a Raúl Rocha, dueño de Miss Universo, sumado a la presión mediática y territorial por mostrar resultados en seguridad. No puede cumplir sus promesas si la institución encargada de investigar y perseguir delitos hace todo menos eso.
El manotazo en la mesa lo dio por necesidad estratégica: el primer año de gobierno ha sido sumamente desgastante, con fuego amigo y gobernadores —de todos los partidos, incluido el suyo— que no ayudan a mejorar lo esencial: la seguridad. Además, el próximo año viene la renegociación del T-MEC con un Donald Trump recargado y debilitado internamente, que podría convertir a México en su enemigo útil para satisfacer a su electorado que no ve cumplidas sus expectativas económicas.
Por eso, de aquí a las intermedias, los tres principales retos de la Presidenta son:
Y lo cierto es que ni el segundo ni el tercero podrán avanzar sin resolver el primero.
A pesar de que se señala que Ernestina Godoy es todo menos autónoma —pues forma parte de su equipo político—, este era un movimiento que Sheinbaum necesitaba para enviar un mensaje claro: ella controla los hilos del poder y la narrativa pública vuelve a pasar por su figura.
Es cierto que resulta criticable que quien negoció todo haya sido un operador como Adán Augusto López, pero frente a un personaje como Gertz —que seguramente se llevó carpetas no solo de Morena sino de otros partidos—, el gobierno necesitaba a alguien que hablara su mismo lenguaje.
Claudia ha entrado de lleno a la real politik. Y su riesgo es claro: ahora, en materia de seguridad nacional, ya no tiene pretexto institucional para no dar resultados.
¿Su reto mayor? Gobernadores con poca capacidad para darlos.
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