El problema de los discursos vacíos es que alimentan una idea peligrosa: que el gobierno es rico y que puede darse el lujo de hacer “obras insignia” sin consecuencias.
Leía un tuit que decía que cada administración tiene su elefante blanco: Marín con su centro de convenciones; Moreno Valle con el CIS y el Museo Barroco, y ahora el actual gobierno con el cablebús. Como si fuera normal, e incluso esperado, que cada gobernador deje una obra faraónica como legado.
Más artículos del autor
Esa lógica es profundamente equivocada.
Primero, porque es dinero público. Y el dinero público no es infinito: proviene, en su mayoría, de la recaudación federal, ya que los estados han renunciado en gran medida a ejercer plenamente su facultad tributaria por el costo político que implica cobrar impuestos. Es decir, se gasta localmente, pero se depende estructuralmente de la Federación.
Segundo, porque normalizar el despilfarro refuerza un mito: que el gobierno tiene recursos de sobra y que la corrupción es tan grande que, si desapareciera, resolvería todos los problemas del país. Eso simplemente no es cierto.
De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, la corrupción se estima entre el 2% y el 5% del PIB. En México, cuyo PIB nominal rondó los 1.86 billones de dólares en 2025, esto equivale aproximadamente a entre 37 mil y 93 mil millones de dólares.
Es muchísimo dinero, sin duda. Pero incluso en el escenario más alto, representa alrededor del 7 al 18 por ciento del presupuesto federal. Es decir, aun si se eliminara por completo, y considerando que esa estimación incluye tanto al sector público como al privado, no resolvería de forma automática los problemas estructurales del país.
Las decisiones que construyen elefantes blancos sólo alimentan la narrativa de que el Estado puede hacerlo todo, y que lo único que falta es voluntad.
Por eso es tan grave justificar proyectos sin sustento técnico bajo la premisa de que “hay dinero”. El mensaje que se envía es que el recurso público sobra, que todo se puede hacer y que la prioridad es dejar huella, no resolver problemas.
México sería mejor sin corrupción, pero no se convertiría mágicamente en Dinamarca.
En ese contexto, apostar por un proyecto como el cablebús en una ciudad con características geográficas complejas, cuando existen alternativas de transporte más eficientes y con mayor cobertura como RUTA, abre un debate legítimo sobre prioridades.
Ojalá haya rectificación. Porque hacer historia no debería significar repetir errores del pasado, sino romper con la lógica de los elefantes blancos y apostar por soluciones que realmente mejoren la vida de las personas.
X: @AnabelAbarcaP
Instagram: @AnabelAbarcaP
Correo: aabarcapliego@gmail.com