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OPINIÓN

Nueva Monroe: portaaviones y negociaciones secretas

Entre amenazas y presión militar, Washington revive una política que parecía enterrada

David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.

Miércoles, Noviembre 26, 2025

Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, avanza en la reconfiguración de su política hacia América Latina mediante una reedición —ajustada al siglo XXI— de la Doctrina Monroe.

El principio que en su origen advertía a las potencias europeas que “América es para los americanos” vuelve a cobrar vigencia en un contexto marcado por el narcotráfico, el autoritarismo y la competencia global. Una intervención directa en Venezuela, aunque todavía improbable, ya no puede descartarse, aunque la creíamos empolvada.

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La Doctrina Monroe surgió a inicios del siglo XIX como un mecanismo para impedir que Europa recolonizara o interviniera en las nuevas repúblicas latinoamericanas. Aunque presentada como una defensa de la libertad hemisférica, su propósito real fue delimitar una esfera de influencia exclusiva para Estados Unidos.

Surgió en un contexto en el que diversas naciones latinoamericanas estaban consumando su independencia en condiciones de debilidad política y económica, lo que dio pie a intentos de naciones europeas —particularmente España, Francia, Rusia e Inglaterra— por recolonizar o intervenir en los países nacientes.

El Corolario Roosevelt de 1904 intensificó ese concepto y añadió que Estados Unidos tenía derecho a intervenir militarmente en América Latina para “mantener el orden” y proteger sus intereses, con lo que se justificaron ocupaciones, intervenciones militares y cambios de régimen en la región. Con la Guerra Fría, la doctrina se reinterpretó como una forma de impedir que la Unión Soviética ganara imperio en América Latina.

A finales del siglo XX, ya derribado el Muro de Berlín, la Doctrina Monroe fue considerada una política intervencionista, caduca y obsoleta… hasta la llegada de Donald Trump y su segundo mandato, quien le ha dado un nuevo enfoque.

Aunque las amenazas extracontinentales siguen gravitando —particularmente la expansión comercial de China, los apoyos de Rusia a algunas dictaduras como las de Cuba y Venezuela, y el papel injerencista y oscuro de Irán—, lo cierto es que el componente de amenaza extranjera sobre Estados Unidos se revirtió al “enemigo interno”.

En esta ecuación, Venezuela, Colombia, Ecuador y México aparecen señalados como epicentros de las redes criminales que afectan a Estados Unidos. Y mientras América Latina enfrenta sus propias crisis, China se posiciona como proveedor global de precursores químicos para el fentanilo, añadiendo una dimensión geoestratégica que Washington no ignora.

Al clasificar a las organizaciones del narcotráfico como equiparables a agrupaciones terroristas internacionales, y darles el mismo trato jurídico-político, el concepto adquirió una nueva dimensión en la agenda de seguridad nacional de Washington.

Por ello, lo que estamos presenciando en los casos de Venezuela —y en menor medida, de Colombia— entraña un cambio sustantivo en el panorama geopolítico de América Latina. Si bien los componentes de democracia y protección de derechos humanos que en décadas pasadas tenían una preponderancia casi absoluta, ahora tienen un peso específico menor en la relación de Estados Unidos con la región.

Cuando se conjugan regímenes autoritarios con las drogas, las cosas cambian. La combinación se vuelve más que explosiva. El caso de Nicolás Maduro y Venezuela lo ejemplifica con claridad.

Despliegue militar en el Caribe

La Armada estadounidense ha reforzado su presencia en el Caribe, incluyendo el envío del portaaviones USS Gerald R. Ford, uno de los más sofisticados y poderosos con que cuenta. De acuerdo con la Casa Blanca, su misión principal es “disruptiva contra el narcotráfico” y busca desmantelar organizaciones criminales transnacionales, en específico el denominado Cartel del Sol.

Desde la óptica venezolana, el despliegue es una amenaza directa: Maduro y su gobierno lo interpretan como una preparación para una eventual intervención armada que buscaría su derrocamiento.

Tensión diplomática

La presencia del USS Gerald R. Ford ha incrementado la presión diplomática sobre Maduro, pero también ha detonado cuestionamientos internacionales que advierten sobre los riesgos de una operación militar contra el país bolivariano. Adicionalmente, la advertencia de Washington a la aviación comercial para no volar a Venezuela por “posibles riesgos”, suena a una advertencia de que el lobo está ahí.

Paralelamente, Trump ha afirmado que “los días de Maduro están contados”, con lo que el grado de estrangulamiento político contra el autócrata arrecia. Se trata de una típica maniobra de negociación del líder estadounidense: atacar en varios frentes simultáneamente.

A pesar de que ha descartado —al menos por ahora— una guerra a gran escala, no deja de lado realizar operaciones más limitadas y quirúrgicas, frente a una Fuerza Armada Nacional Bolivariana debilitada y desorganizada, que difícilmente resistiría una confrontación militar prolongada.

Negociaciones secretas

Lo anterior ha abierto —según diversas fuentes respetadas— negociaciones secretas entre ambos países que no han alcanzado avances. Maduro habría ofrecido un plan para una transición gradual del poder —en dos o tres años—, con su vicepresidenta Delcy Rodríguez asumiendo el cargo, quizá apostando a que en ese tiempo concluya el mandato de Trump. La Casa Blanca, según esas mismas fuentes, rechazó la propuesta: no la considera suficientemente, creíble, ni inmediata, como para redituarle dividendos políticos y electorales en casa.

Mientras tanto, han continuado ataques militares en el Caribe contra narco lanchas. Estas operaciones han dejado alrededor de setenta muertos en un total de 19 ataques aproximadamente, lo que puede calificarse como una “guerra encubierta de baja intensidad”.

Si Maduro no cede, el siguiente paso podría ser un ataque limitado y preciso, que aumente la presión y ponga a prueba la reacción latinoamericana e internacional. El caso venezolano es, en este sentido, un laboratorio. Y países como Colombia y México deberán observar con atención lo que ocurra en los próximos meses, pues el nuevo marco estratégico de Washington no se limita a Caracas: redefine todo el escenario hemisférico.

Curiosamente trascendió en el portal digital Axios que en los próximos días se podría establecer una conversación telefónica entre Trump y Maduro. De ser cierto, el presidente estadounidense conversará con el señalado dirigente del Cartel de Sol, lo que suena por lo menos extraño. 

Posdata. En tiempos en los que algunos líderes mundiales se encargan de ignorar y pisotear el derecho internacional, el presidente de Perú, José Jerí, advirtió que está abierto a ingresar a la embajada de México en su país y asegurar a Betssy Chávez, asilada política en esa sede. Esta es una muestra más de la pérdida de prestigio y respeto de México en el mundo, sin mencionar la vergonzosa nota que dimos con la Miss Universo y el “huachicol” que mancha hasta la belleza mexicana.

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