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OPINIÓN

Michoacán, otra vez en el epicentro de la lucha política

En camino, otro Plan Michoacán sin novedad alguna, salvo su componente político electoral

David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.

Martes, Noviembre 11, 2025

Michoacán es una entidad que históricamente ha estado en el centro de los grandes cambios político-sociales del país. Así ha sido desde la Independencia de 1810 hasta el movimiento que ha despertado en Uruapan tras la ejecución de su alcalde, Carlos Manzo, pasando por la aparición de la corriente democrática encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez en los años ochenta, que dio origen al Frente Democrático Nacional.

En esa década se forjaron las primeras fisuras en el PRI. Algunos priistas se sintieron traicionados por el giro neoliberal que adoptó el partido —con Miguel de la Madrid al frente del gobierno— y por la exclusión de las bases en la toma de decisiones.

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Cárdenas, Muñoz Ledo y otros, desde Michoacán, cuestionaron los métodos autoritarios del PRI y demandaron elecciones internas limpias, así como un retorno al nacionalismo revolucionario. Así surgió el Frente Democrático Nacional, que posteriormente se convirtió en el PRD tras la cuestionada elección de Carlos Salinas de Gortari en 1988.

Esa elección presidencial se convirtió en un símbolo de resistencia nacional. Cárdenas apabulló a Salinas de Gortari en Michoacán, como era de esperarse. El camino no fue terso para el PRD y estuvo caracterizado por innumerables episodios de violencia electoral que tuvieron como epicentro la tierra purépecha. Finalmente, fue en 2002 cuando el PRD, con Lázaro Cárdenas Batel, alcanzó la gubernatura.

Sin duda, la brutal ejecución de Carlos Manzo cimbró al país y amenaza con convertirse en un punto de inflexión para Morena y sus siete años de gobierno. Si no es así, todo parece indicar que para Claudia Sheinbaum sí lo será, si tomamos en cuenta las reacciones generadas y las decisiones que ha tomado a partir de ello, como blindar con cortinas de acero el Palacio Virreinal en el que habita, previo a la marcha de la Generación Z, que aglutinará a otras generaciones.

Otro Plan Michoacán

La principal apuesta para calmar los exacerbados ánimos que recorren el país fue tardía y carente de novedades. La clase gobernante se quedó atónita, sin reacción, ni acción, y no tuvo más alternativa que lanzar otro “Plan Michoacán”, similar al que en su momento presentó el presidente Peña Nieto y aún más parecido al programa Todos Somos Juárez de Calderón.

Una semana después del asesinato se esbozó el plan, y quince días más tarde se delineó, pero en lo sustancial no contiene nada novedoso que permita aventurar que ahora sí podría abrirse un nuevo capítulo en la historia reciente de esa entidad, controlada por el crimen y su alianza perversa con la política.

Quizá la única novedad —que en realidad es más de lo mismo— es su contenido altamente electoral y proselitista. Parece más orientado a mantener el poder de cara a 2027 que a resolver los problemas estructurales y de fondo de la inseguridad y la violencia que prevalecen en Michoacán.

El objetivo central es apaciguar a los grupos criminales que se disputan el territorio y las principales actividades económicas de la entidad, y con ello permitir la entrada de operadores de programas sociales que han garantizado triunfos electorales a Morena en años recientes. Irán casa por casa —quizá sin calibrar bien el riesgo implícito de ello— para entregar apoyos sociales diversos, con el propósito de asegurar su voto en 2027. ¿Cómo podrán tocar la puerta de los miembros de Cárteles Unidos, del CJNG o de Los Viagras?, ¿cómo serán recibidos por ellos? Y más aún, ¿cómo serán recibidos por la gente que se encuentra indignada y furiosa?

Por otra parte, hay dos asuntos nodales que no se han mencionado y que son fundamentales para lograr el éxito de la intervención federal en Michoacán:

El primero tiene que ver con el papel del actual gobernador Alfredo Ramírez Bedolla, que más que un activo para el plan, encarna un pesado lastre. Peña Nieto se vio obligado a deshacerse de Fausto Vallejo, quien renunció por “motivos de salud”, para abrirle el paso al enviado especial, otro Alfredo, pero de apellido Castillo, coloquialmente llamado el Virrey. Pese a que la renuncia de Vallejo implicaba un descrédito para el PRI y la derrota en las elecciones siguientes, se tomó la decisión pese al costo político.

Es muy probable que Ramírez Bedolla tenga que salir, pese al respaldo presidencial del que aún goza. En Palacio Nacional seguramente sopesan el momento y la forma de hacerlo, intentando reducir al máximo los daños colaterales. No hacerlo sería suicida y pondría en duda la efectividad del plan.

El segundo asunto tiene que ver con la aduana del puerto de Lázaro Cárdenas, por donde ingresa gran parte de los precursores químicos utilizados para elaborar fentanilo y otras drogas. El problema histórico de Michoacán y su papel en la historia del narcotráfico se relacionan primero con la siembra de mariguana, luego con la elaboración de drogas sintéticas y más recientemente, con el tráfico de fentanilo.

Sin una intervención decidida para frenar la introducción de precursores por esa aduana —controlada por la desacreditada SEMAR, debido a la actuación de los hermanos Farías en el multimillonario negocio del huachicol fiscal— será prácticamente imposible detener a los grupos criminales asentados allí y en otras regiones. En consecuencia, volvería a ser muy difícil poner freno al crimen y alcanzar la tan ansiada paz en esa entidad.

Hasta el momento, las encuestas por la gubernatura dan una amplia ventaja a Grecia Quiroz, esposa de Carlos Manzo, y eso ha levantado más que las cejas en Palacio Nacional. Por más que se ha intentado distraer la atención nacional y minimizar la crisis, así como el tremendo embrollo que se avecina, la marcha del pasado viernes en Uruapan y la prevista para el próximo 15 de noviembre han sido vistas como un parteaguas nacional.

Posdata uno. El temor parece haberse apoderado de la clase gobernante. Los síntomas más visibles son: lanzar el Plan Michoacán desde la comodidad de Palacio Nacional y no en Tierra Caliente —o al menos en Morelia, como lo hizo Peña Nieto—; levantar una fortaleza de acero en el Zócalo; y la reiterada decisión de que la presidenta Sheinbaum no aparezca en la inauguración del Mundial de Futbol, o lo haga de la manera más discreta posible.

Posdata dos. El titular de la SEDENA, responsabilizó sutilmente a Carlos Manzo de su ejecución. Afirmó que el protocolo de la Guardia Nacional, no falló. No falló el protocolo, pero sí fracasó su actuación, lo que es más grave aún. Ya veremos cómo se toman estas declaraciones que le echan más huachicol al asunto.

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