El resurgimiento de la derecha en pleno siglo XXI, bajo la justificación de la libertad de expresión, me recuerda un discurso de Angela Merkel en el Bundestag en 2019. A pesar de haber representado a un partido de derecha moderada (CDU), advirtió sobre el avance de la extrema derecha en Alemania con una frase contundente:
"La libertad de expresión tiene sus límites. Esos límites comienzan cuando se propaga el odio. Empiezan cuando la dignidad de otra persona es violada."
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Hoy, Europa y el mundo parecen inclinarse nuevamente y de forma peligrosa, hacia la derecha. Meloni en Italia, Le Pen en Francia, Abascal en España, y ahora AfD en Alemania son ejemplos claros de este giro.
Desde la Segunda Guerra Mundial, existía un consenso –escrito y no escrito– sobre los valores que debían prevalecer para evitar repetir los horrores del pasado. Sin embargo, los discursos de odio que precedieron al genocidio perpetrado por Hitler, con el apoyo de Mussolini, han comenzado a resurgir. En aquel entonces, a través de la propaganda, se justificó el exterminio de judíos, personas con discapacidad, miembros de la comunidad LGBT y cualquiera que no encajara en la noción de "sangre aria". El resultado fue devastador: entre 50 y 60 millones de muertos, una cifra equivalente a la mitad de la población de México desapareciendo de la noche a la mañana.
Los discursos que hoy se disfrazan de libertad de expresión para justificar la intolerancia son inquietantemente similares a los que allanaron el camino hacia aquella tragedia. Y lo preocupante es que no solo están resurgiendo en Europa –como si dos guerras mundiales no hubieran sido suficiente lección–, sino en distintas regiones del mundo.
Israel y Estados Unidos buscan justificar el exterminio de Palestina argumentando la presencia de grupos terroristas en el territorio. ¿Acaso eso justifica la aniquilación de un pueblo entero? Mientras tanto, en Europa, la migración se ha convertido en el chivo expiatorio de la extrema derecha. El partido AfD en Alemania incluso utilizó un lema casi idéntico al de Hitler para su campaña electoral. Mientras el dictador nazi proclamaba "Alles für Deutschland" (Todo para Alemania), la líder del AfD, Alice Weidel, lanzó su eslogan: "Alice für Deutschland". No es coincidencia. De hecho, varios miembros de su partido han sido señalados por hacer saludos nazis y repetir sin tapujos los eslóganes del Tercer Reich.
Sin embargo, la migración no es un problema aislado ni espontáneo. Europa ha explotado durante siglos los recursos naturales y la mano de obra barata de África, Oriente Medio y Europa del Este, perpetuando pobreza y desigualdad. Organizaciones como Manos Unidas han señalado que la colonización europea desestabilizó la organización social y política de muchos países africanos, dificultando su desarrollo y condenándolos a conflictos y crisis humanitarias. Resulta hipócrita quejarse de la migración sin asumir la responsabilidad histórica de las condiciones que la originan.
Este fenómeno también está ocurriendo en América Latina. La derecha avanza con promesas de "gobernar mejor", pero ¿es realmente mejor lo que está ocurriendo en Argentina con Milei? Un país donde la gente lucha por llegar a fin de mes mientras su presidente demoniza la llamada "agenda woke" y argumenta que las parejas homosexuales no deberían adoptar porque existe un caso en el que un niño sufrió abuso. Si ese es su criterio, ¿por qué las parejas heterosexuales siguen siendo aptas para adoptar, cuando diariamente hay casos de abuso infantil en familias convencionales? Estos no son argumentos legítimos, son discursos de odio disfrazados de razonamiento lógico.
En Estados Unidos, más allá de Trump, personajes como Elon Musk se presentan como defensores de los "valores tradicionales", pero su vida contradice sus discursos. Se presume que tiene trece hijos, algunos no reconocidos, y ha rechazado a uno de ellos por ser transgénero. ¿Los "valores tradicionales" están por encima del amor y la responsabilidad hacia un hijo? ¿Se trata de hablar de familia mientras se abandonan a los propios hijos?
Nos enfrentamos a amenazas reales. Quienes hoy llaman a "recuperar los valores tradicionales" parecen olvidar que el verdadero peligro es enaltecer a figuras y discursos que justifican el odio y la discriminación. Si de valores tradicionales hablamos, que sean los de rechazar cualquier forma de supremacismo y recordar, con claridad, los errores que la humanidad prometió no volver a cometer.
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