Logo e-consulta

Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La buena conversación

Es posible construir la clase como una buena conversación en la que todos y todas aporten

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Febrero 17, 2025

La buena conversación requiere estar atento a lo que dice la otra persona e incluso dispuesto a cambiar el punto de vista respecto a lo que tú crees, si la otra persona ha sido capaz de convencerte. No digo que haya que abjurar de principios y valores que un ser humano consolidado tiene que tener, a su vez, consolidados, pero una vez que haces acopio de ellos creo que hay muchos matices y consideraciones y que se puede ser más flexible. Esta sociedad tan polarizada predispone al dogmatismo y al fanatismo, que perjudican la capacidad de escuchar lo que dice el otro… Debemos tener cautelas y precauciones con las grandes certezas. La duda ha sido el motor que ha hecho prosperar la cultura. Dudar no significa ser un escéptico integrista…
Rubén Amón. La paradoja de la hipercomunicación es la soledad. Entrevista de Carmen Gómez-Cotta en Ethic. 14 de enero de 2025.

No es ninguna novedad decir que estamos en un mundo hipercomunicado. Desde que despertamos hasta que nos acostamos a dormir estamos expuestos a un diluvio constante y creciente de mensajes desde los medios convencionales de comunicación masiva hasta las redes sociales y todas las aplicaciones que tenemos en el teléfono celular y que nos atacan sistemáticamente con notificaciones de todo tipo.

Más artículos del autor

Paradójicamente esta inundación de datos, discursos, ideas, interpretaciones, debates, análisis, imágenes, videos, música, etc. no necesariamente nos hacen sentir que tenemos una comunicación real, realmente humana con el mundo que nos rodea, empezando por nuestros seres queridos. Bien dice una sabia expresión popular cuyo origen ignoro que los teléfonos móviles nos hacen estar cerca de las personas y acontecimientos que tenemos lejos, pero al mismo tiempo nos alejan de las personas y situaciones que tenemos cerca, en nuestro entorno inmediato.

Es por ello que hoy se dice que tenemos ya un enorme número y variedad de herramientas de comunicación a nuestro alcance -e incluso invadiendo nuestros espacios de privacidad- pero en realidad estamos incomunicados unos con otros porque no somos capaces de construir significados y valores en común sobre aquellos temas que circulan de manera vertiginosa y nos dan la impresión de estar interconectados cuando en realidad estamos más aislados que nunca.

Como dice bien el periodista Rubén Amón, autor del libro Tenemos que hablar. La conversación en tiempos de la censura, la soledad y la tecnología, la gran paradoja de nuestros tiempos de hipercomunicación es la soledad. Porque si bien la ausencia de comunicación nos aísla de los demás y del mundo, encerrándonos en nuestro pequeño universo individual, el exceso de comunicación produce el mismo efecto y bajo la ilusión de estar totalmente inmersos en el mundo nos hace sentir profundamente solos.

Todos tenemos la experiencia de personas cercanas tanto en la familia como en nuestro círculo social o en el trabajo, que tienen el celular todo el tiempo a la vista y no se pueden despegar de él, ni evitar estar consultando la pantalla constantemente, aunque no hayan recibido ninguna comunicación.

También seguramente hemos vivido o visto en algún sitio a personas comiendo en torno a una mesa que se encuentran abstraídas cada una en su propio mundo individual a través de la pantalla y que prácticamente no se dirigen la palabra durante toda la reunión.

El aula y la escuela también son escenarios en los que ocurre este fenómeno en el que la hipercomunicación aísla a los estudiantes de sus profesores y de sus propios compañeros o compañeras y es cotidiana la batalla por los celulares que va desde la total permisividad por parte de algunos docentes y escuelas o universidades hasta la ilógica -e imposible- prohibición absoluta de su uso, pasando por escenarios en los que el educador trata de incorporar los dispositivos a la clase, haciendo que los educandos participen buscando información y aportándola a la construcción del tema del día.

Pero más allá de estas experiencias visibles que nos muestran la realidad de este mundo hiperconectado, pero hiperdisperso, de estos seres humanos hipercomunidados pero hipersolos, habría que reflexionar en términos cognitivos, comunicativos, éticos y sociales que trae como consecuencia el fenómeno paradójico de la hipercomunicación y la soledad.

El problema parece ser más profundo porque como dice el mismo autor, el mundo de las redes sociales nos hace creer que existe una total libertad de expresión pero se trata en realidad de un espejismo porque tras la inmediatez y el anonimato que permiten las redes y el fenómeno de la inconmesurabilidad de tantos mensajes y publicaciones que ocurren al instante, lo que sucede es que por un lado las personas no se comprometen con lo que escriben, graban y publican y por otra parte se cae fácilmente en la polarización a partir de la posibilidad de cancelación, descalificación, insulto o dictadura de la corrección política.

De manera que, aunque aparentemente las redes sociales o los medios de comunicación masiva promueven la conversación abierta en la que cualquiera puede expresarse con total libertad, en realidad están logrando que se pierda el arte de la buena conversación.

En la buena conversación, dice la cita que sirve como epígrafe hoy, se requiere que estemos dispuestos a cambiar nuestro punto de vista respecto a lo que creemos, abiertos a que el otro o la otra nos persuadan de su punto de vista, nos convenzan de la razón de sus argumentos. Sin embargo, la sociedad polarizada que se potencia con las redes sociales nos predispone al dogmatismo y al fanatismo que perjudican la capacidad de escuchar lo que dice el otro y tomarlo con seriedad, considerarlo y evaluarlo.

Mientras la buena conversación evita las certezas absolutas y se abre a la duda y al diálogo -a la búsqueda de un sentido en común-, la hipercomunicación de los medios y las redes sociales acepta y desecha en automático todas las opiniones sin analizarlas, sin revisar su validez y mirando solamente su popularidad, con lo que nunca llega a una real conclusión, a un significado que pueda compartirse y transmitirse.

Cabe preguntarse qué tanto ha llegado esta cultura de la hipercomunicación a las aulas y hasta dónde es posible todavía hoy, revertir este fenómeno de la soledad que produce a través de la formación en la buena conversación.

Para ello es indispensable superar la visión tradicionalista -que no tradicional- del profesor catedrático que lo sabe todo y convierte su clase en un monólogo que busca impresionar a los educandos más que incorporarlos a una conversación. Pero también es imprescindible no caer en el espejismo de una aparente clase democrática en la que todos hablan, todos opinan, pero nadie está dispuesto a dejarse tocar por la expresión de los demás y a modificar sus propias ideas, conceptos, actitudes e incluso valores sobre distintos aspectos de lo que se aborda en el currículo escolar.

No es sencillo, pero es posible construir la clase como una buena conversación en la que todos y todas aportan voluntariamente y con ánimo constructivo un sentido en común sobre los aprendizajes, que pueden impactar y dejarse impactar por la dinámica dialógica en la que todos juntos van buscando significados y valoraciones en común que enriquezcan su aprendizaje en y para la vida.

           

 

Vistas: 692
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs