Hace una semana en el municipio de Zacatlán, Puebla, un niño de siete años se quitó la vida, presuntamente a causa del acoso que sufría por parte de su maestra. La pregunta inevitable es: ¿qué tan grave tuvo que ser ese acoso para que un menor tomara una decisión tan drástica?
Sin embargo, más allá de este trágico caso, hay un tema que debemos reflexionar con urgencia: en muchos estados y municipios, el sector público se ha convertido en la principal –y en algunos casos, única– fuente de empleo, donde la vocación queda relegada a un segundo plano. Ya sea por tradición, necesidad o por la falta de alternativas económicas, muchas personas buscan una plaza no porque deseen servir en ese ámbito, sino porque representa estabilidad laboral.
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Tuve el honor de trabajar en la Secretaría de Educación del Estado de Veracruz y fui testigo de cómo personas con plazas docentes habían estudiado veterinaria o gastronomía. Muchos accedieron a estos puestos en una época en la que las plazas se heredaban y hoy están frente a grupo, sin tener la vocación ni la preparación necesaria para formar a las nuevas generaciones.
El problema no es solo el sistema de asignación de plazas, sino la falta de diversificación económica en varios estados, lo que obliga a muchas personas a desempeñarse en trabajos que no les apasionan, simplemente porque no hay más opciones. La dependencia excesiva del sector gubernamental refleja la falta de visión económica de algunos gobiernos, perpetuando el estancamiento, generando empleados frustrados y sociedades sin alternativas de desarrollo.
Desconozco si la profesora en cuestión tenía vocación por la enseñanza, pero lo que es claro es que no estaba preparada para estar frente a un grupo. Su actuar presuntamente contribuyó a que un niño de siete años decidiera terminar con su vida. Y eso debería obligarnos a cuestionar no solo a una persona, sino al sistema en su conjunto.
Ahora bien, ¿qué va a hacer el Estado para evitar que esto vuelva a ocurrir? Es su responsabilidad garantizar que quienes están en las aulas no solo tengan la preparación adecuada, sino también la estabilidad emocional necesaria para que los menores no resulten dañados. Porque, más allá de los discursos románticos, los niños no son solo el futuro, son el presente de este país.
Esto no puede quedar impune. Pero más allá de castigar a los responsables, el sistema educativo debe cuestionarse lo que por años ha evitado enfrentar: sus fallas estructurales. Es momento de asumirlas y actuar, porque mirar hacia otro lado solo seguirá provocando que los menores sean los más dañados.
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