El 2025 comenzó con fuerza. Cada cuatro años, el mundo dirige su atención hacia la entrada de un nuevo presidente en Estados Unidos, algo lógico considerando que sigue siendo la principal potencia hegemónica. Sin embargo, esta ocasión presenta condiciones muy distintas a las de ciclos anteriores.
Primero, está la expectativa interna de los estadounidenses sobre Donald Trump. Existe una percepción casi mágica de que, con su llegada, los problemas económicos desaparecerán y la agenda “woke” será eliminada de la narrativa pública. Este regreso de Trump al poder está cargado de promesas polarizantes, lo que aumenta las tensiones tanto dentro como fuera de su país.
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Segundo, Canadá enfrenta un cambio de liderazgo tras la renuncia de Justin Trudeau, un evento que abre un nuevo capítulo en la región. Aún no se define si el próximo primer ministro será hombre o mujer, pero los nombres con mayor fuerza son Mark Carney, exdirector del Banco de Canadá, y Chrystia Freeland, quien recientemente renunció como ministra de Finanzas por considerar que Trudeau tomaba decisiones poco acertadas en temas económicos. Este cambio podría alterar la dinámica política y económica en Norteamérica, con implicaciones directas para México.
Tercero, y quizá lo más preocupante para nuestro país, es la narrativa decididamente hostil de Trump hacia México. Desde su primer mandato en 2016, México ha sido señalado como el “enemigo público”, pero esta vez la postura parece aún más agresiva. Las amenazas de incrementar aranceles en violación del T-MEC, las reiteradas críticas por el manejo del narcotráfico y la surrealista propuesta de renombrar el Golfo de México como “Golfo de América”, evidencian una estrategia clara: construir un enemigo externo para desviar la atención de los problemas internos de Estados Unidos.
Umberto Eco, en su libro Construir el enemigo, explica cómo a lo largo de la historia se han fabricado enemigos para cohesionar grupos sociales o políticos. Según Eco, esta táctica proyecta hacia un “otro” las tensiones internas, fomentando la unidad a través del rechazo y el miedo. Trump parece estar recurriendo nuevamente a esta estrategia, ahora con mayor intensidad.
Bajo estas tres premisas, América del Norte enfrentará un panorama inédito a partir del 20 de enero. Más allá de los discursos nacionalistas, las decisiones que hasta ahora han sido parte de una narrativa estarán bajo escrutinio, y el futuro de la región dependerá de si estas amenazas se concretan o quedan en palabras.
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