Lunes, 18 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

¿Reformar o refundar el Sistema Nacional de Investigadores?

Urge definir la filosofía del SNII, para una mejor operación y aceptación del mismo

Lorenzo Diaz Cruz

Doctor en Física (Universidad de Michigan). Premio Estatal Puebla de Ciencia y Tecnología (2009); ganador de la Medalla de la DPyC-SMF en 2023 por su trayectoria en Física de Altas Energías. Miembro del SNI, Nivel lll. Estudios en temas de educación en el Seminario CIDE-Yale de Alto Nivel (2016). 

Viernes, Septiembre 29, 2023

Cada año la comunidad científica dé México enfrenta un auténtico viacrucis cuando solicita su ingreso o permanencia en el Sistema Nacional de Investigadores. De hecho, la incertidumbre y el estrés empiezan a presentarse desde que se está a la espera de la convocatoria correspondiente, algo que antes solía anunciarse con cierta regularidad, pero que en los últimos años se ha vuelto casi un fenómeno aleatorio.

Cuando toca renovar el SNI, todo mundo se pone nervioso, entonces se pone a enlistar sus papers, con un ritmo frenético busca sus citas, constancias de seminarios, congresos, oficios que hagan constar que se ha impartido clases en licenciatura y postgrado, hasta se rescatan del polvo las tesis dirigidas, así como los exámenes en que se participó, etcétera, etcétera.

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En la comunidad científica hay de todo, desde quienes son muy organizados y llevan un registro puntual de cada actividad académica, hasta otros un poco menos ordenados, que tienen que buscar en los cajones de su escritorio donde arrumbaron esas famosas constancias que se van acumulado. E incluso hay unos despistados que viven al límite, dando pláticas aquí y allá, disfrutando de participar en actividades de divulgación de la ciencia, sin preocuparse por recoger esos documentos que luego se vuelven vitales para mantener una carrera de investigación.

Cuando finalmente se completó el expediente, todavía hay que subir la información a la plataforma del CONAHCYT para lo cual hay que pelearse y sufrir con un sistema de captura que suele saturarse sin mayor explicación. Cuando por fin se logró completar y subir el expediente, toca esperar la evaluación del mismo, y esperar luego los resultados. En esos meses de incertidumbre suele buscarse con desesperación si habrá algún conocido en las famosas comisiones dictaminadoras, algún alma caritativa que ayude, no ante la evaluación, pero sí al menos para saber cómo viene la mano ese año.

Cuando por fin se anuncian los resultados de la convocatoria, una parte de la comunidad queda feliz, orgullosos de haberse mantenido vigente como investigador, o por haber ingresado al mismo. Entonces se puede planear como dedicar los recursos económicos que otorga el sistema, para resolver los problemas más urgentes en casa.  Hay otros menos afortunados, que no tuvieron la suerte de ser aceptados en el mismo, les toca resignarse y esperar un año más para intentarlo de nuevo. Aunque la situación puede ser peor, y eso ocurre cuando toca la mala fortuna de bajar de nivel, o peor aún, ser expulsado del sistema. Tener que convivir con los colegas del trabajo, tener que ver sus expresiones de lástima, o incluso la alegría de los enemigos, debe ser todo un suplicio. Todavía queda el recurso de apelación ante un dictamen ambiguo, las más de las veces, pero ya las esperanzas van menguando.

Pero, ¿tiene que ser siempre así? ¿No sería deseable que hubiera una mayor claridad para saber lo que uno puede esperar del sistema?

En mi opinión, y experiencia, parte de los problemas vienen de una ambigüedad de origen cuando se estableció el sistema. Esto es, el SNI nació en los años ochenta del siglo pasado, como una manera de compensar la caída del salario de los profesores-investigadores universitarios, ante las sucesivas crisis económicas y devaluaciones, algo que estaba causando ya una mayor fuga de cerebros. 

Así, en el origen del SNI se propuso como un paliativo económico, una medida para mejorar los ingresos del personal académico y científico. Bajo esa visión, se podría considerar que para ingresar al SNI, era sólo necesario cumplir con unos mínimos niveles de actividad científica y docente.

Sin embargo, también desde la primera convocatoria se consideró el ingreso al sistema como un mérito, como un reconocimiento a la calidad del trabajo realizado, ya fuera por el nivel de las revistas en las que se publicaba, o por el impacto en citas del mismo. Así pues, con el tiempo dicho sistema se volvió un símbolo de reconocimiento y estatus. Ser parte del sistema en el máximo nivel se llegó a ver como la pertenencia a una élite, estar entre los mejores científicos del país, fuera el caso o no.

¿Qué sigue? Dado el crecimiento del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras, como se llama ahora, con un aparato científico que se dedica en su mayoría a la ciencia básica, con los papers como el fruto a presumir, algo que al grueso de la población y a los políticos les dice poco, me parece que es necesario definir con claridad lo que se espera de dicho sistema.

Muchos creen que el sistema no puede crecer indefinidamente, en primer lugar, para asegurar su viabilidad financiera. Luego entonces, el sistema no puede volverse un programa universal, como el de los adultos mayores que se ha aplicado en este sexenio, al que tendría derecho todo el personal académico de las instituciones de educación superior del país.

Sin embargo, para poder hablar de una reforma al SNII, es necesario plantear la reorganización del sistema de educación superior de México. En primer lugar, se requiere mejorar el ingreso del personal académico de las universidades del país; de hecho, se debería mejorar sustancialmente el salario de toda población en general, pero eso no es realista en el corto plazo. Como parte de esa reforma universitaria se debe definir claramente cuáles son las actividades mínimas que debería realizar un profesor universitario. A partir de ello se debería considerar la posibilidad de abrir otros programas para reconocer y fomentar la enseñanza, investigación tecnológica, o la divulgación científica como parte integral del sistema educativo.

Por su parte, el sistema de investigadores debería concentrarse en reconocer la calidad de la investigación, premiar sobre todo el impacto de dicho trabajo, más que la cantidad. Para ello se debería definir el nivel de candidato, como la etapa en la cual el investigador recién doctorado consolida su línea de trabajo, para definir sus propios problemas, o bien colaborando con sus pares, pero no como ayudante. Bien podría darse el nivel de candidato por tres años, renovarse otros tres, que sería el plazo en el que se esperaría que el investigador se vuelva independiente. Luego de ese periodo, ya se podría ingresar como investigador Nivel I, el cual se debería considerar como un logro mayor. Luego, con el trabajo subsecuente, que se esperaría tuviera un mayor impacto, así como considerar la participación del investigador en la formación de recursos humanos, se podría obtener la promoción al nivel 2 y 3, como etapa de madurez académica.

Así pues, en mi opinión, para asegurar la pertinencia y viabilidad del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras, nombre oficial de este programa, la mejor opción sería decantarse por el rigor y la calidad, como el elemento central a evaluar para la pertenencia a dicho sistema.

 

 

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