Estos días nos hemos enterado del fallecimiento de algunos colegas de la comunidad de Física y Matemáticas de la BUAP. Siempre es lamentable la pérdida de vidas, gente valiosa que lo dieron todo por su universidad. De igual manera son graves los problemas de salud de otros colegas universitarios, que a duras penas han sobrevivido a infartos.
Es muy triste que no haya protocolos que permitan auxiliar a los profesores con problemas de salud, como fue el caso de un profesor de la FCFM-BUAP, que se desmayó en su cubículo y hasta que despertó unas seis horas después, pudo pedir ayuda.
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Con algunos de esos colegas fallecidos, participamos en lo que bien podríamos llamar la Edad de Oro de la Ciencia en Puebla. Algunos se formaron en la misma BUAP, otros llegamos de diversos lugares, del país o del extranjero. Algunos tenían su plaza desde antes de terminar el doctorado, otros más fueron integrándose a los grupos de investigación gracias a sus contactos personales. Otros más fuimos invitados para crear grupos nuevos, que contribuyeran a hacer más universal la generación de conocimiento en el seno de nuestra universidad.
Se supone que la vida de los profesores-investigadores es cómoda, con un horario flexible, un ingreso oscilante y a veces decoroso, con una libertad de cátedra para hacer el trabajo que más nos gusta. Pero entonces, ¿cómo es que se ven tantos casos de profesores que rondan los sesenta años, con problemas de salud y que ya casi se están despidiendo de la vida?
No hay una respuesta única, pero tengo mis propias sospechas basadas en la experiencia. Además de la vida sedentaria que conlleva dedicarse tiempo completo a la investigación científica, como profesores debemos cumplir con una carga docente, así como la dirección de tesis.
También nos piden incidir en la sociedad y el sector productivo. Y eso es justo para lo que estamos contratados, pero ocurre que muchas veces hay una notable desorganización de la vida académica. Puede ser que haya un exceso de cursos, dentro de un modelo docente tradicional, con duplicidad de funciones, que llevan a una mayor carga de trabajo. Los horarios están sobrecargados al punto que no hay un espacio planeado para reuniones de academia. Todo se hace a las carreras, improvisando muchas veces.
Sumado a lo anterior hay una dictadura de la burocracia que no se tienta el corazón para pedir cosas absurdas para hacer una simple comprobación de viáticos. El pobre académico está sujeto a un estrés derivado de requerimientos contradictorios. Por ejemplo, se nos exige cumplir con un programa de material para los cursos, pero esa planeación se viene abajo cuando aparecen de la nada puentes que interrumpen las clases de viernes a lunes.
Habrá quien aproveche esos puentes para descansar, pero otros los usan para ponerse al día con la lectura de un artículo, para organizar reuniones de trabajo con los tesistas, o con las colaboraciones internacionales en las que se participa.
Y esta problemática ocurre en todo el país. Lo vemos allá en el Campus Grande, y también en Campus Chico. Es muy lamentable que los gobiernos de un signo o de otro, incluida la 4T, no haya podido plantear un modelo de universidad adecuada a los tiempos que vive el país, que supere los planteamientos neoliberales que se impusieron a lo largo de varias décadas.
Dentro de esas carencias, está el problema de las jubilaciones del personal universitario. Además de las presiones financieras, no hay un modelo que tome en cuenta que la salud y condiciones de vida del personal va cambiando con la edad.
Esto va desde cosas tan simples como que los baños estén cerrados, sobre todo después de las seis de la tarde, y con la urgencia de orinar se tenga que recorrer media facultad para encontrar uno abierto.
Un comedor digno y saludable es un sueño que no me tocó ver en mis casi treinta años de servicio a la universidad. Por supuesto que también debe mencionarse como un factor que ha perjudicado la salud de los trabajadores universitarios, el deterioro en los servicios de salud que la universidad debe otorgar a sus trabajadores. Porque hubo un buen servicio en otros tiempos, es que hoy se resiente la disminución en la calidad de ese servicio.
Todas esas carencias redundan en la salud de los profesores, incluso los reflejos o la memoria van mermando. Pero tal parece que para la universidad los profesores son como máquinas que deben funcionar siempre igual. Como un avión que debe volar hasta que se caiga, así el profesor debe estar al frente del pizarrón hasta que se muere.
Me da la impresión que algunos funcionarios se sienten como una especie de capataces de hacienda que deben mantener a raya a los peones-profesores, que al decidir entre el bienestar de los profesores y el ahorro de recursos, optan por esto último. Con una insensibilidad draconiana, por ejemplo, niegan o posponen el permiso para el disfrute de un año sabático, aunque el profesor tenga derecho a ello de acuerdo a sus prestaciones laborales, sin tomar en cuenta que posiblemente ese sea el último sabático que el profesor pueda disfrutar en su tiempo de vida. En las universidades del primer mundo, después de una cierta edad los profesores pueden optar por medio sabático cada tres años, justamente porque han demostrado su capacidad, han obtenido un reconocimiento y han aportado resultados o recursos para la universidad.
Y si las condiciones de vida de los profesores veteranos obligan a protestar, las condiciones de trabajo de los más jóvenes son preocupantes también. Será un milagro si los logros de la generación que se despide permiten mantenerse en los difíciles años por venir.
Cierro este texto con un fragmento de un poema de Nicanor Parra, en recuerdo a sus profesores:
“Nadie dirá que nuestros maestros
eran unas enciclopedias rodantes
exactamente todo lo contrario:
unos modestos profesores primarios
o secundarios no recuerdo muy bien
—eso sí que de bastón y levita
como que estamos a comienzos de siglo— “.