En diversos círculos liberales que van de lo académico a lo político, se afirma que la universidad debe ser un pilar de la democracia, y como tal jugar un papel crítico ante los poderes que actúan en la sociedad.
En otros tiempos se podía pensar que era suficiente que ese papel quedara a un nivel teórico, sin embargo, en la coyuntura que nos está tocando vivir, con un resurgimiento de gobiernos autoritarios, y que en algunos casos rayan en el fascismo, es necesario que la universidad asuma un papel más activo y crítico, para así contribuir a detener la descomposición de las reglas de convivencia en las sociedades, sobre todo a nivel internacional.
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Sin lugar a dudas la universidad es un elemento muy importante de las sociedades modernas. Es formadora de profesionistas que nutren el sistema productivo, y con ello pueden favorecer la movilidad social, con un mejor reparto de los beneficios del crecimiento económico para un sector más amplio de la población.
El medio universitario es un semillero de talentos que van de lo deportivo y artístico al activismo político. Al mismo tiempo, en sus laboratorios se genera un conocimiento de frontera que alimenta la innovación del entramado industrial-productivo. Sus académicos suelen opinar y criticar las contradicciones del mundo moderno. En suma, aportan al pensamiento y valores que rigen el mundo actual.
En nuestro país, en la coyuntura actual la clase política no acierta a definir el papel de nuestro sistema universitario. Por una parte, en el discurso se puede alabar la función de la misma, sin embargo, en los hechos se observa un empobrecimiento de la vida académica. Cada año se padecen mayores reducciones presupuestales, no hay plazas para nuevas contrataciones, y aunado al envejecimiento de la planta académica, se corre el riesgo de llegar a un estancamiento de la actividad científica. Así mismo, debido a la escasez de recursos, es difícil organizar conferencias, traer ponentes expertos, comprar nuevo equipo de cómputo o laboratorios.
¿Cómo llegamos a esta situación en la que varias universidades no han logrado siquiera pagar las prestaciones de ley el fin de año pasado? En buena parte se debe a la muy mexicana tradición de patear el bote, resolver el problema presente y que en el futuro se las arreglen los que vienen, con lo que les toque.
Por otra parte, al amparo de la autonomía universitaria, se han presentado también muchos abusos, un manejo discrecional de los recursos, que muchas veces se usan para obras faraónicas. Mientras, el grueso de los académicos y trabajadores administrativos debe conformarse con aumentos de salario realmente mínimos.
Por su parte, la comunidad científica se ha dejado llevar por el canto de unas sirenas que se llaman bonos, que se llaman estímulos, todo al amparo de una productividad y eficientismo malentendidos. Los medios diseñados para organizar el trabajo académico, como los mismos cuerpos académicos, al final han propiciado una dictadura de la mediocridad, la simulación y el conformismo.
Con todos esas deficiencias y limitaciones, es difícil que la Universidad pueda cumplir con el papel relevante que está llamada a ejercer, como pilar de la democracia. Así pues, bien cabe decir: “Houston, tenemos un problema, el mundo está en llamas y no sabemos qué hacer para apagarlo”.
Por otra parte, cuando nos enteramos que las universidades españolas, o incluso las norteamericanas están viviendo también tiempos difíciles, cabe preguntarse si todos estos ataques a la universidad -que están pasando en varios países-, ocurren por casualidad, o bien si todo es parte de un plan de esos poderes fácticos, que prefieren volver irrelevante a la universidad, para que la mayoría de la población viva en la ignorancia, y así poder manipularla con las noticias falsas que inundan las redes sociales.
En cualquier caso, debemos recurrir a esos mismos valores que hicieron grandiosa a la universidad, para tratar de entender los cambios culturales que se están presentando y ofrecer alternativas que ofrezcan esperanzas y soluciones, que hagan resurgir un humanismo basado en los valores universales de libertad, igualdad y fraternidad, enriquecidos también con las aportaciones de las culturas locales y ancestrales.