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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Saber frenar

En un mundo regido por la prisa hay que promover la capacidad de frenar y sanar heridas interiores

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Julio 3, 2023

Uno tiene que curarse primero. Te andan obligando a disfrutar el momento, a soltar lo que te hace mal, a dejarte fluir con las circunstancias y a entregarle todo al Universo para que suceda lo que convenga…La gente pide magia para que no duela y entonces se lo cree, y después los ves por ahí sintiendo culpa…Termínenla. La gente rota guarda pedazos de vida que necesita sanar. Necesitan abrazos que se acomoden como mantas capaces de apretarles bien los cuerpos hasta que dejen de supurar…Es que la vida a veces duele. Duele. Las pérdidas, los desengaños, los desencuentros, los abandonos, las decepciones, los sueños frustrados, las promesas incumplidas… Duele. Todo eso duele. Entonces antes de meter las patas en el agua y sacarse un selfie acariciando al perro, tienen que sanar. Y para sanar hay que saber frenar. Mirar lo que nos sacudió el cuerpo…y frenar. Frenar para ver, para entender, para reconstruir y también muchas veces para terminar de destruir…Todos sabemos que a veces simplemente no se puede. No se puede. Esa gente se está sanando…
Lorena Pronsky. Dejen que se curen, carajo

En primer lugar, agradezco a un muy querido amigo el regalo de este texto del que uso un fragmento como epígrafe y con él, el tema para el artículo de esta semana. Recomiendo mucho su lectura completa puesto, que por la limitación de espacio de este texto, he tenido que sintetizarlo. La autora es una joven psicóloga y escritora argentina que empezó compartiendo sus primeros textos en 2017 en su blog Cúrame.

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Considero que se trata de un grito, de un llamado de urgencia que tendríamos que atender todos en la sociedad, pero de manera muy especial los educadores, que tenemos la enorme responsabilidad de formar a los futuros ciudadanos en la capacidad de pensar por sí mismos, críticamente, para no ser colonizados por la actual cultura de la felicidad a fuerza, el “échaleganismo” y la mirada simplista que afirma que en la vida todo puede lograrse y que depende solamente de tener una actitud positiva y decretar que nuestros sueños se hagan realidad.

Vivimos hoy en esa cultura que deja un sello, una huella profunda e indeleble en los niños que nacen y crecen respirando estos significados y valores sin fundamento, de un mundo en el que se nos obliga a disfrutar del momento, soltar lo que hace daño o causa sufrimiento, dejarnos fluir con las circunstancias y dejarle todo al Universo para que suceda lo que convenga o lo que nos convenga, como dice el epígrafe de Pronsky.

Este mundo está regido por el pensamiento mágico y por la evasión del dolor y el sufrimiento: hoy se trata de evitar todo lo que genere incomodidad, sufrimiento o fracaso y como decía unas semanas atrás, introyecta la dialéctica opresor-oprimido y siente culpa porque las causas de la injusticia, la opresión, la exclusión y la violencia porque según esta cultura estos problemas no son estructurales ni sistémicos, propios de la sociedad que se mira hoy como positiva sino del pensar y el sentir de cada persona individual.

Termínenla, pide la autora, porque la gente rota -y hoy en día, sobre todo en el mundo postpandémico prácticamente todos tenemos fracturas en nuestra personalidad- tiene pedazos de su vida que es necesario sanar, curar, empezando por reconocer, asimilar, asumir y trabajar internamente para poder caminar en la vida e integrarse en las diversas actividades de la vida personal, social, comunitaria y planetaria de una manera más o menos funcional.

Hablando de las escuelas y universidades, considero que hay muchas personas con heridas profundas por sanar, que como dice también el texto, necesitan abrazos “que se acomoden como mantas capaces de apretarles bien los cuerpos…” para que puedan cerrar y cicatrizar adecuadamente, de forma que no dejen marcas imborrables que los hagan ser rechazados o temerosos de integrarse con los demás y construir un proyecto de vida que los lleve a la realización personal y a aportar elementos para la transformación social.

Porque lo que la cultura mediática y del mundo feliz de nuestros tiempos pretende ignorar que la vida muchas veces duele, que trae consigo sufrimiento porque siempre hay pérdidas, desengaños, desencuentros, abandonos, decepciones, sueños y promesas que no se cumplen o aspiraciones que por diversas causas no llegan a hacerse realidad.

Todas estas cosas duelen y no se debería pretender que los niños, adolescentes, jóvenes y aún los adultos solucionen todo esto simplemente teniendo una actitud positiva, una mirada optimista que los lleve a “meter las patas en el agua”, tomarse selfies acariciando a sus perros o disfrutando una fiesta o una buena comida, simulando que son felices como todos debemos ser hoy para tener una vida sin problemas y artificialmente embellecida que compartir en las redes sociales, donde incluso puede uno inventarse un nombre falso, el de quien se pretende ser y no el que se es.

Lo primero que hay que hacer es caer en la cuenta de la trampa que es esta forma de ver la vida y la convivencia familiar y social, de este maquillaje de vida que cubre la vida real que no es todo tersura, sino que tiene heridas, errores, accidentes, errores que la conforman y que sólo cuando son aceptados, se puede vivir una verdadera felicidad y una existencia con sentido.

El siguiente paso es buscar sanar estas rupturas interiores, acompañar a nuestros educandos en el proceso de sanación, ser médicos y no maquillistas de la vida, espejos que reflejen la imagen más objetiva posible y no espejitos mágicos que le digan a todos que son los más bellos y felices del mundo.

Para lograr este segundo paso y empezar a ayudar a la sanación, dice la autora citada, “hay que saber frenar”. En un mundo regido por la prisa en el que como dice el poeta Cardoza y Aragón: “para llegar a tiempo a ningún lado, apretamos el paso”, hay que promover la capacidad de frenar, de detenerse a pensar, a reflexionar, a caer en la cuenta de las propias heridas y descubrir progresivamente formas de irlas sanando.

“Mirar lo que nos sacudió el cuerpo…” y el espíritu y poder parar, detenerse, hacer silencio en un mundo lleno de ruido que busca aturdir y cubrir con cantos de sirena las realidades dolorosas de la existencia humana.

Así como se ha dado una reacción de “slow food” (comida lenta) para contrarrestar la hegemonía actual de la “fast food” (comida rápida), necesitamos contrarrestar la vida acelerada y la educación rápida por una forma de vida lenta y como dice Meirieu, una ralentización del aprendizaje en la que se priorice la profundidad sobre la cantidad.

Esta ralentización de la vida y del aprendizaje servirá para ver y escuchar, hacerse preguntas, entender lo que cada uno es y lo que a cada uno le ha pasado en la vida, para reconstruir lo que está dañado, cuarteado o roto y también, como dice Pronsky, “…para acabar de destruir” aquello que está dañando, que no deja cerrar las heridas, que impide sanar lo enfermo.

En un mundo que falsamente nos dice que sí se puede, que todo se puede simplemente con quererlo con suficiente intensidad, educar implica hacer que las nuevas generaciones comprendan lo que todos los que hemos vivido más tiempo sabemos, “…que hay veces que simplemente no se puede…” y que no es necesariamente por nuestra culpa, sino por razones estructurales o culturales… o sencillamente porque somos limitados y porque la vida es así.       

 

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