“El que no conoce a dios a cualquier barbón se le hinca”, nos recuerda un refrán con una alta dosis de verdad. Esto viene a cuento por el tema de este comentario.
Recientemente murió el cantante ranchero Vicente Fernández, uno de los intérpretes más populares de la música mexicana.
Más artículos del autor
Sin embargo, al hacer una somera valoración de sus características en este género musical, habrá que situarlo en la perspectiva que nos permite el tiempo.
Y en el tiempo de la degradación del gusto musical que vive el país.
Tenía en efecto una gran corriente de seguidores, un público que a lo largo de los últimos años fue moldeado, creado y manipulado por los modernos medios de comunicación, Televisa notoriamente.
Y ya hemos visto los recursos de que se vale este enorme aparato de difusión televisivo para imponer gustos, valores, seguidores y, finalmente, consumidores.
Es cierto, Vicente alcanzó una corriente de simpatizantes grande, pero con rigor habría que revisar en qué medida lo fue por su calidad intrínseca como cantante, y en qué porcentaje con una popularidad inflada artificialmente por todo el sistema de la televisión mexicana caracterizada por crear ídolos de tepalcate.
Proceder así no es nuevo en el monstruo consumista visual del entretenimiento. Lo hemos visto seguir este patrón, exitosamente, con cómicos, locutores, futbolistas, actrices, cantantes y encueratrices.
“Descubre” un valor y lo mete a fuerza de repetición sistemática hasta decretar que eso es México, eso es folclore y eso debe gustar, consumir y digerir la población del país. Posicionado aquí, con ese método machacón hasta la saturación, mira al mercado internacional con idéntico mecanismo y sociedades afines en otras latitudes.
La calidad es otra cosa que no está en el menú del espectáculo.
Sólo por excepción hay figuras verdaderamente notables en la pantalla chica y grande que rompen todos los moldes, que adquirieron y mantienen un nivel de calidad relevante no por Televisa, sino a pesar de Televisa.
Don Vicente tenía una voz más gritona que de impacto musical seductor. Le pusieron encima atuendos caros, vistosos, lo metieron a fuerza también al cine, con una personalidad llana, carente del carisma de Pedro o Jorge Negrete, y él tampoco hizo nada para crear una imagen simpática y cercana a la gente.
Lo que natura no da, Salamanca non presta.
Regordete, descuidado en el peso; patillas, cejas y bigote pintados a manera de los muñecos de ventrílocuo (muy parecido al de Paco Miller y un poco a Don Neto), asociado con frecuencia al consumo etílico y a punto de disparar los botones y moños de la ropa por la gordura, realmente no era representativo del país.
O bueno, tal vez en parte, en aquella que nos sitúa como uno de los pueblos más obesos del planeta.
Don Vicente, nada que ver con la impactante personalidad, educada voz y compromiso sindical de Jorge Negrete. Un dato de este cantor: su versión de “Adiós Pampa mía”, una canción emblemática de Argentina, es considerada la mejor de un cantante extranjero en aquella nación sudamericana. Escúchela por internet para saber lo que es canela, no gritos.
Ni qué decir de Pedro Infante. Este, más que cantor ranchero, se fundió con el medio urbano del país, arrasando con su carisma natural pese a no tener estudios histriónicos. Pero eso sí, con cualidades natas impresionantes para “vivir y actuar” sus canciones, con un profundo sentimiento en cada letra, como es el caso inolvidable de “Amorcito Corazón” o “La tertulia”.
Y Vicente, también muy pero muy lejos de Javier Solís. Este hombre cantaba sus canciones con un sentimiento y emoción verdaderamente conmovedores. Aparte la maravillosa musicalidad y modulación de la voz, y el profundo acento cálido que conectaba con el público, especialmente los boleros rancheros y, por decir algo, la suite española de Agustín Lara.
Él tuvo, por encima de absolutamente todos, una cualidad que debiera ser modelo para cualquier cantante: la dicción. Sin duda guiado y dirigido por un exigente maestro, Javier pronunciaba puntual y exactamente cada palabra, sin ligarla con la siguiente. Evitaba la sinalefa con elegancia, naturalidad y profesionalismo admirables.
Javier es único en este aspecto.
Escuche con toda atención y compruebe esto en cada una de sus interpretaciones. Eso le dio un sello y una categoría únicas, excepcionales.
Hubo otros cantantes de tiempos idos, a quienes vale la pena rescatar vía internet y apreciar su elevadísima calidad, tan buena o inclusive superior en ciertos aspectos, a estos tres grandes aquí citados. Nos referimos a Luis Pérez Meza y al Charro Avitia (Francisco Avitia Tapia, de Chihuahua).
El mismo Antonio Aguilar, con un estilo muy personal, impuso su propia ruta de la canción mexicana con sabor campirano y romántico, y el relajo que le imprimía a ciertas letras sólo admisibles con su voz lastimera, melancólica o burlona.
Y, hay que reconocer que el hijo de Vicente, Alejandro, él sí es dueño de una voz extraordinaria, con virtudes muy propias de su estilo, como su versión de “Granada”, del maestro Lara, ahí si hay calidad sin discusión.
Eso es música vernácula mexicana no gritos destemplados fruto de la inflación televisiva.
Aunque, finalmente, es cuestión de gustos. Y yo respeto los de usted.