Hace un año para estas fechas estaba por cumplir once meses como secretaria General de la universidad y ya habíamos pasado por un paro estudiantil iniciado el 25 de febrero e interrumpido por la pandemia un mes después.
Recuerdo que, con motivo del paro, el entonces rector pidió a sus funcionarios nos reuniéramos con las y los estudiantes a fin de conocer sus peticiones y tratar de solucionarlas. Efectivamente, el paro se inició como protesta frente al gobierno del estado de Puebla por los asesinatos de cuatro personas, una de ellas estudiante de nuestra Facultad de Medicina. Sin embargo, muy pronto este movimiento se tornó un movimiento de reivindicaciones estudiantiles y uno de los temas recurrentes en los encuentros con el sector estudiantil fue el acoso sexual.
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Especialmente violenta y tensa fue la reunión con los paristas de la Facultad de Derecho en la que denunciaron el abuso por parte de grupos porriles. Justamente los alumnos de Derecho y los de Artes Plásticas fueron los últimos en levantar el paro. Estaban absolutamente conscientes de que su movimiento moriría a causa de la desarticulación provocada por las medidas sanitarias impuestas para frenar los contagios por Covid.
Pero el paro provocó la suspensión de las campañas electorales para elegir a las autoridades personales de varias unidades académicas. Aunque el consejo universitario había prorrogado sus gestiones, me pareció importante continuar con los procesos electorales, aunque éstos fueran en la modalidad virtual. Siempre he pensado que la renovación de las autoridades abre la puerta al diagnóstico, a la revisión, a la discusión, a la propuesta y al diálogo.
También pienso que la tecnología a la mano debe emplearse para solucionar los problemas de cualquier institución y me parecía que era un problema que las autoridades electas para un período determinado se mantuvieran indefinidamente, pues no sabíamos qué nos deparaba la pandemia.
Así, mis argumentos en favor de continuar con los procesos electorales siempre estuvieron inspirados por la convicción de que hay que salvaguardar los derechos políticos de las y los universitarios.
Como lo dije en la campaña de la sucesión rectoral, me enorgullezco de haber promovido los procesos electorales y también de haber impedido que se obligara a las y los trabajadores universitarios a rendir una declaración patrimonial, obligatoria para autoridades y funcionarios, pero no para todos los demás.
¿Por qué era tan importante? Porque nosotros, las y los trabajadores de una universidad autónoma por ley, no somos servidores públicos, ni nuestra universidad tiene los rasgos de los llamados entes públicos. Y respetar nuestro estatus equivale justamente a respetar el ejercicio de nuestra autonomía.
Efectivamente, las relaciones laborales de las y los trabajadores universitarios se rigen por el Apartado A del Artículo 123 constitucional, que así lo establece en virtud del trabajo especial desempeñado por el personal docente y administrativo de las universidades.
Hoy cumplo años y han pasado tantas cosas que parece que han pasado mucho más que doce meses. Y es que la campaña por la rectoría de la universidad no fue una campaña a la caza de un cargo, sino que se constituyó en un movimiento de reforma universitaria que estamos decididos a continua
Hay un sinnúmero de cuestiones por discutir y problemas por resolver. Desde el llamado modelo académico, término que nos hace pensar que o nos ajustamos al modelo o fracasamos como institución educativa. ¿No debería ser más bien al revés? Hasta el tema tan urgente del salario de los trabajadores universitarios. Ahora que el salario mínimo se incrementa en un 22% ¿cuál debería ser el incremento de nuestro salario?, ¿cómo se manejarán las organizaciones sindicales?, ¿seguirán diciéndonos que hay que amarrarse el cinturón? ¿hasta cuándo seguirán ofreciendo “becas” en lugar de “salarios completos” que se reflejen en las pensiones y jubilaciones?, ¿cuántos años más tendrá que trabajar un universitario para obtener su definitividad?, ¿cuándo dejará el docente de ser profesor(a) hora clase?
Todo esto atañe tanto a las o los trabajadores como a las y los estudiantes, pues la formación de estos últimos depende esencialmente de la preparación y dedicación de las y los docentes a su tarea educativa.
Este día tenemos algo muy especial que celebrar y es que gozamos de este espacio para dar a conocer nuestras ideas, nuestras opiniones, nuestras propuestas para persuadir a otros de que el camino andado y por seguir es el adecuado, es el correcto.
¿No les parece a ustedes de la mayor importancia contar con este regalo que nos da la libertad de expresión? Libertad que ni al más acérrimo de los adversarios osaríamos arrebatar.