Opinión
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Un adiós al Doctor Darío Maldonado

Viernes, Diciembre 3, 2021
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La amistad fue un verbo que conjugó magistralmente conmigo a lo largo de unas cuatro décadas
Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.
Un adiós al Doctor Darío Maldonado

Quizá nos tomamos el contenido de dos pipas de café a lo largo de unas cuatro décadas.

Y unas cien botellas de vino.

Pero el asunto no era beber café y vino, sino charlar; el punto no era alimentarse, sino comer, disfrutar los alimentos en una atmósfera de placer.

Coincidíamos en muchas cosas, por ejemplo, la vida moderada, la lectura, el respeto, la naturaleza, la carrera, la historia, la psicología, la forma de ser de las personas.

Todo eso se revisaba en la agenda de la mesa de la amistad.

Me refiero a la amistad que tuvimos durante todo ese tiempo mi amigo, el médico Darío Maldonado Casiano y yo.

Originario de Ciudad Serdán, vivió 92 años y creo que fue un hombre muy feliz. Falleció el viernes pasado. En la infancia renunció a ordeñar vacas y tomó el camino de las aulas, fue un médico graduado con las más altas notas en la maestría y el doctorado, con su admirado maestro el doctor Alfonso Álvarez Bravo, en la capital del país.

En su consultorio médico todos cupieron, ricos y pobres. Cientos de anécdotas vivió como médico de pueblo en la Sierra Norte de Puebla. Conoció y fue conocido en cientos de comunidades. Las recorrió a pie, a caballo o en coche.

Después vivió con intensidad sus tareas como servidor público. Un hombre probo, honorable, justo, austero en sus formas, generoso hacia los demás. De una salud y condición física envidiables.

Dicen que las cosas buenas de la vida no se buscan, llegan. Así ocurre con las personas. Nos encontramos en la década de los setenta y me permitió entrar en su reservado círculo de amistades. No se cómo nos entendimos, nos acoplamos. Había una diferencia de 22 años entre él y yo.

A pesar de ello (o precisamente por eso) caminamos juntos mucho tiempo, en muchas, variadas y maravillosas circunstancias. Solíamos trotar muy temprano, mucho antes de salir el sol.

Una vez corrimos un maratón juntos; y fue él quien me motivó a terminarlo; con su voluntad y actitud férreas “me jaló” cuando mi espíritu y el cuerpo flaqueaba.

Recorrimos la Ciudad de México infinidad de veces, viajamos por el país, por todo el estado, siempre café de por medio, comida larga, plática sabrosa, intensa. Hablábamos de ideas, pocas veces de personas.

Comentábamos pasajes de la historia, era un estupendo lector y dueño de una memoria privilegiada para referir fechas, personajes, momentos.

Trabajando en la Ciudad de México, un día de asueto imprevistamente pasó por mí. Los dos vestíamos pants y tenis. Fiel a la urbanidad ortodoxa siempre me habló de usted, yo también a él. De pronto me dijo, está bonita la mañana, acompáñeme.

Nos subimos a su coche y enfilamos hacia el Estado de México. Cruzamos Amecameca, dejamos el auto en una ladera de la montaña y empezamos a subir. Al cabo de más de dos horas de caminata, con esa ropa no apropiada para el medio, estábamos caminando en la nieve en las faldas del Iztaccíhuatl.

Adiós frío. Bajamos sudorosos, felices y disfrutamos sopa de hongos y quesadillas hechas con tortillas de mano en uno de los puestos pueblerinos que había por el camino. Una experiencia inolvidable, un banquete regio.

A veces sus charlas o sus anécdotas para mi resultaban como lecciones, experiencias de vida, testimonios auténticos de la condición humana. Pausado y preciso al hablar, pulcro el lenguaje, respetuoso del modo de pensar ajeno, no se confrontaba con nadie, escogía mejor la elocuencia del silencio.

Una de sus armas en el trato era la cortesía y la modestia. No por pose, sino como forma de vida.

Su memoria era un archivo asombroso de costumbres de la sierra, tradiciones, creencias, formas de ser y hablar, hábitos ancestrales.

Yo, escuchándolo, como él me había enseñado a hacerlo, mentalmente tomaba nota de su notable acervo memorioso.

Nunca tuvo gestos, modales o expresiones vulgares. Sentarse a su mesa era gozar de una condición de privilegio.

Observador agudo, pensaba y meditaba antes de hablar, y sabía crear un ambiente tal que cuando terminaba el largo desayuno o comida, su invitado se levantaba complacido y halagado. Siempre se comportaba como un anfitrión de lujo.

Era además un celosísimo guardián de los mexicanos, de la cultura y sabiduría de los pueblos antiguos.

Me parece que disfruté de su amistad como una distinción singularísima en la vida.

Por todo ello, lo tengo muy presente en mi vida. Un mexicano extraordinario.

Gracias por su amistad, mi querido doctor don Darío Maldonado.

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