El escenario de la migración de tránsito por México tiene ya tintes alarmantes. Durante las últimas semanas no sólo se reactivaron las caravanas de migrantes que intentan llegar a la Ciudad de México para que se atienda sus solicitudes de asilo; también centenares de migrantes están cruzando escondidos en camiones en su afán de llegar a la frontera norte y, vaya, no se aprecia ninguna acción desde el gobierno para aliviar un poco el caos.
En los hechos, el Gobierno de México sólo se ha dado a la tarea de frenar el tránsito de migrantes con operativos del Instituto Nacional de Migración y la Guardia Nacional, con el propósito de contenerlos en la ciudad de Tapachula, Chiapas, cuya población de alrededor de 350 mil habitantes vive de por sí en grave rezago social. Nada más el 78 por ciento de la población se encuentra en pobreza y pobreza extrema.
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El pasado 21 de octubre, el INM dio cuenta de la detención de un camión a la altura del poblado de Cosamaloapan, Veracruz, donde iban hacinadas 334 personas. El 8 de octubre detuvieron en Tamaulipas a 652 migrantes, quienes viajaban en tres tráileres de doble caja cada uno e iban en condiciones de hacinamiento y sin ventilación. Había 198 niños y adolescentes que viajaban solos. El número de operativos sigue creciendo.
Ahora bien, actualmente unos 50 mil migrantes se encuentran en Chiapas en espera de la respuesta a sus solicitudes de asilo, lo que se ha convertido en un auténtico polvorín que puede estallar en ataques racistas y xenofóbicos.
Realmente, alarma la ligereza con que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador está conduciendo la problemática migratoria porque a todas luces no hay voluntad política por liberar la tensión provocada por el preocupante aumento de haitianos y centroamericanos que están solicitando protección internacional. Viven en Chiapas en condiciones de indigencia, inseguridad y nula capacidad para satisfacer de manera decorosa sus necesidades alimentarias y de otros servicios básicos.
Ya la prensa internacional ha bautizado a Tapachula como una gran prisión sin techo.
En las últimas semanas, caravanas de migrantes, convocadas por líderes de organizaciones de la sociedad civil, han tratado de romper el cerco, pero han sido detenidas con lujo de violencia por la Guardia Nacional. Ayer mismo, un nuevo grupo de cientos, quizás miles de personas, está en camino a la Ciudad de México. Y si todo marcha como lo tienen planeado estarán dentro de unos días en la capital poblana, donde no existen ni siquiera refugios para atenderlos.
Lo triste del caso es que la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) se encuentra completa y absolutamente rebasada por las solicitudes de asilo y aunque han pedido presupuesto pues nada más no hay intención de aliviar la situación.
Vivimos al borde del colapso porque además no se han puesto en marcha otros mecanismos legales que permitan la acogida de algunos de estos migrantes, quienes ya han manifestado su deseo de quedarse en México, ante la imposibilidad de volver a sus países o seguir avanzando hacia Estados Unidos.
Así las cosas en el país. La crisis de migrantes ha rebasado por completo a las diversas instancias de gobierno que participan en la gestión de la política migratoria.