Lo que se anticipaba, ya es un hecho. En 2025, cada vez más personas migrantes no lograron llegar a Estados Unidos y optaron por regresar o quedaron varadas a lo largo de las rutas migratorias en el continente americano.
Este giro rompe un patrón histórico de movilidad hacia el norte y refleja el impacto de políticas más restrictivas, que no solo frenan los flujos, sino que los dispersan y los contienen en distintos puntos del continente.
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Esto que le estoy contando lo encontré en un informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), entre cuyas conclusiones advierte que la inversión de los flujos migratorios no responde a mejores condiciones en los países de origen, sino a un endurecimiento de políticas que está convirtiendo a la región en un espacio de contención de personas necesitadas de protección.
Las políticas migratorias impulsadas por Donald Trump han sido un factor decisivo en esta transformación. El endurecimiento del acceso al asilo, el cierre de mecanismos de entrada y el incremento de deportaciones han provocado una presión creciente sobre otros países de la región. Lo que antes era un flujo dirigido hacia Estados Unidos se ha convertido en una dinámica fragmentada de retornos forzados, estancias prolongadas en tránsito y desplazamientos hacia el sur, trasladando la carga humanitaria a Estados con menos recursos y capacidades institucionales limitadas.
Lo preocupante, es que este reacomodo de los flujos migratorios está generando impactos profundos en los países receptores y de retorno. La llegada de personas migrantes y desplazadas está saturando sistemas ya debilitados de salud, vivienda y educación. Muchas de estas personas enfrentan condiciones de vida precarias, marcadas por el estigma social, la falta de políticas de reintegración y una creciente exclusión.
Las oportunidades laborales son escasas, especialmente para personas mayores, lo que empuja a amplios sectores hacia la informalidad, la pobreza y el endeudamiento. En este escenario, las mujeres enfrentan formas agravadas de violencia y discriminación.
El contexto regional agrava aún más estas dinámicas. América Latina y el Caribe atraviesan una crisis de seguridad sin precedentes, con tasas de homicidio que superan ampliamente el promedio global. La expansión del crimen organizado, su capacidad para infiltrar instituciones estatales y el crecimiento de economías ilícitas —como la minería ilegal— están desplazando comunidades enteras y configurando territorios donde la violencia se convierte en un factor estructural de expulsión.
Países como Ecuador, México y Colombia ilustran con claridad esta tendencia. El aumento acelerado de homicidios, la disputa territorial entre grupos armados y la intensificación de economías criminales están generando nuevas olas de desplazamiento interno y transfronterizo. En estos contextos, la migración deja de ser una decisión y se convierte en una estrategia de supervivencia frente a la imposibilidad de habitar el propio territorio.
A la par, la región sigue siendo escenario de una movilidad masiva. Más de 78 millones de migrantes internacionales residen en las Américas, mientras que fenómenos como el cruce de la selva del Darién —con más de 1.2 millones de personas entre 2024 y 2025— evidencian la persistencia de rutas altamente riesgosas.
Sin embargo, incluso estos corredores comienzan a reflejar el cambio: cada vez más personas abandonan su trayecto hacia el norte y emprenden rutas de retorno, muchas veces sin garantías mínimas de protección.
En este nuevo escenario, las limitaciones financieras del sistema internacional comienzan a hacerse evidentes. La reducción del financiamiento proveniente de Estados Unidos, particularmente a través de mecanismos como USAID, está debilitando la capacidad de respuesta humanitaria justo cuando más se necesita.
La región enfrenta así una paradoja: más personas en movimiento, más presión sobre servicios y territorios, pero menos recursos para atenderlas. Sin margen de maniobra, los países quedan obligados a gestionar la contención con capacidades cada vez más precarias.
El resultado es claro: la crisis de desplazamientos forzados no se ha detenido, solo se orientó hacia México y el resto del continente.
Ahora sí, como se dice coloquialmente: “Éramos muchos y parió la abuela”. La tendencia a recibir nuevos y más migrantes continuará por mucho tiempo.