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OPINIÓN

La educación y el saber inútil

Las instituciones educativas de nivel superior plantean una oferta de valor en clave de mercado

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Noviembre 1, 2021

Cuentan que, al abrir un libro de Euclides, el filósofo Hobbes tropezó casualmente con el teorema de Pitágoras y exclamó: “¡Por Dios! ¡Esto es imposible!”. Entonces comenzó a leer las demostraciones en sentido inverso hasta que llegó a los axiomas, quedando maravillado. Sin duda, Hobbes disfrutó del momento de “saber” y estoy convencido de que ni se le pasó por la cabeza la idea de la utilidad de la geometría en la medición de terrenos.

Juan Gaitán. El saber inútil.  La Opinión de Málaga. 22 de octubre de 2021.

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“Tanto tienes, tanto vales y pare usted de contar. Hoy respiramos, mañana dejamos de respirar…” dice el maestro Serrat en su canción Benito, que forma parte del álbum Nadie es perfecto -uno de aquéllos llamados LPs que había en el mundo premoderno en el que crecí-. Estos versos tan simples, puestos en la boca de un vagabundo, de uno de esos tantos excluidos del “progreso” y la “civilización” en el mundo de la economía global, expresan de una manera sintética muy acertada la visión hegemónica de la vida actual: nacer, crecer, producir, consumir, morir.

Porque en la sociedad del “tanto tienes, tanto vales”, la producción y la posesión de bienes materiales se ha convertido en la finalidad de la vida, en lugar de verse como un medio para vivir. Desde esa óptica, el sentido de la existencia se agota en la frenética carrera por ascender en el mercado laboral para poder tener todo lo que hoy se supone que un ser humano debe atesorar y renovar continuamente para sentir que su vida vale la pena.

En esta tesitura, la educación se ha convertido en el proceso de capacitación técnica y habilitación instrumental necesario para crear seres empleables por el mercado laboral, individuos altamente eficientes y adecuadamente obedientes para someterse a los dictados de esta maquinaria productiva que ha construido la llamada “cultura del descarte”: un ser humano que no sea útil al sistema mundo en el que vivimos, se convierte en desechable automáticamente.

De manera que las personas que tienen alguna discapacidad que les impide ser parte de esta maquinaria económica o los adultos mayores que ya cumplieron con su cuota de productividad pero no tienen ya las condiciones para seguir aportando valor agregado a la industria o el comercio o bien, los millones de pobres que no han tenido la oportunidad de acceder a un proceso de escolarización con mediana calidad, se encuentran totalmente excluidos de la sociedad.

En el campo de la educación, ya en 1762, Rousseau decía en su célebre obra Emilio o De la Educación, que había que enseñar a vivir a los niños y adolescentes y en el discurso pedagógico reciente se ha vuelto un tema central el de la educación para la vida. Pero si la vida hoy, consiste en producir para consumir para tener que producir más para consumir más, en una cadena interminable e insaciable de búsqueda de ganancias y posesiones, la educación para la vida se ha convertido mayoritariamente en una educación para el mercado, para la producción y el consumo.

A esta orientación de la educación hacia el crecimiento económico y la satisfacción de las necesidades del mercado la llama Martha Nussbaum, Educación para la renta, y la señala como un riesgo enorme para las sociedades democráticas contemporáneas porque los sistemas educativos se están convirtiendo en fábricas de robots técnicamente eficaces y sin capacidad de pensar críticamente los desafíos sociales, en lugar de ser generadores de procesos de formación de ciudadanos pensantes y capaces de empatía y solidaridad para construir un mundo en el que valga la pena vivir.

En la educación para la renta, que es lo que hoy mayoritariamente significa la educación para la vida, porque como ya he planteado, la vida se ha reducido a la producción y el consumo de bienes materiales -desigualmente distribuidos además-, todo lo que se enseña en las escuelas y universidades debe ser práctico y “útil”, aplicable en el campo económico y con resultados inmediatos, observables y medibles.

De manera que las instituciones educativas actuales, sobre todo las del nivel superior ya no plantean una oferta valoral en el sentido humano sino una oferta de valor en clave de mercado. Ya no interesa en los perfiles de egreso -aunque se siga poniendo como adorno en los documentos de planes de estudio- el desarrollo humano que se busca fomentar puesto que no es observable ni medible ni deja ganancias al mercado, sino las competencias técnicas o el “valor agregado” que en esta visión educativa de proceso-producto como la llamaba Shulman desde los años sesenta del siglo pasado, que la escuela o la universidad van a aportar para la empleabilidad del estudiante.

Es así que hoy vemos en la oferta universitaria programas de Filosofía o Literatura “aplicada”, cosa que aunque suene absurda parece la única forma de tratar de que las artes y las humanidades sobrevivan en esta realidad productivista y consumista. La Filosofía o la Literatura, la Música o la Pintura, como tantas otras disciplinas que nacieron del profundo deseo de verdad, de bien, de belleza, que anidan en el fondo de la consciencia humana, hoy son inútiles si no se les viste de aplicabilidad para la sociedad de consumo.

Como dice el epígrafe de hoy, tomado de un espléndido artículo de Juan Gaitán que defiende el valor del saber inútil y cuestiona severamente esta tendencia utilitarista de la educación actual que está sacando asignaturas fundamentales de los currículos universitarios como la Filosofía, como se ha decidido en España en el nivel de educación secundaria obligatoria (ESO) y como se propuso hace tiempo ya en la educación media superior de nuestro país, cuando Hobbes se encontró en el libro de Euclides con el Teorema de Pitágoras y lo exploró hasta entender los axiomas que están en su base, no se preguntó por la aplicación práctica de este conocimiento, simplemente disfrutó de ese extraño placer que experimenta el ser humano como sujeto cognoscente cuando logra llegar a la comprensión y a la verificación de elementos de la realidad en la que vive.

Este deseo de conocer es la “orientación dinámica que se manifiesta en las preguntas para la inteligencia y para la reflexión…” según dice Beshear (1) debería ser el punto de partida de una auténtica educación para la vida, si la vida se entendiera en su sentido más amplio y pleno, multidimensional, que incluye lo prosaico y lo poético y no se agota en la visión utilitarista del mundo de hoy.

¿Cuánto tiempo hace que no nos maravillamos al constatar la forma en que se ilumina la mirada de uno de nuestros alumnos y se transparenta en su rostro y en su expresión corporal el gozo de comprender algo nuevo? ¿Cuánto tiempo hace que no nos asombramos nosotros mismos como lo hizo Hobbes frente a la demostración del Teorema de Pitágoras en el libro de Euclides, ante un conocimiento nuevo o ante una nueva forma de entender algún tema o problema de nuestra asignatura que tal vez llevamos años repitiendo de forma mecánica?

Estas preguntas podrían hacer renacer en nosotros los educadores una nueva conciencia sobre nuestro compromiso de educar para la vida en su sentido integral, fomentando el placer que se experimenta cada vez que se sacia el deseo de conocer en nuestros educandos, fomentando su deseo de conocer a través del estímulo de su capacidad de hacer preguntas para la inteligencia y para la reflexión, desde el contagio de la capacidad de asombro que necesitamos hoy más que nunca recuperar y reactivar.

Esto incluye sin duda al conocimiento útil, que como dice Gaitán, es muy útil, pero desde una visión que le otorgue el lugar que le corresponde y combata la visión utilitarista de la educación, de manera que se revalore también el conocimiento inútil -en términos de mercado- de las artes y las humanidades, ese conocimiento que como afirma el artículo “…no sólo hace menos desagradables las cosas desagradables, sino que hace más agradables las agradables…”

Una auténtica educación para la vida es la que valora este conocimiento inútil que es el antídoto contra los fanatismos y las cárceles ideológicas que invaden el mundo de hoy, porque como afirma el mismo artículo “nos capacitan para vernos en nuestra verdadera perspectiva…” y que “…inspira una concepción de los fines de la vida humana en su conjunto, el poder de ver y de conocer, de sentir y de pensar y comprender”.

 

 

[1] Beshear, B. (2002). “The problem of desire in human knowing and loving”. En Method. Jourbal of Lonergan studies, Vol. 20, No. 2. Fall 2002. The Lonergan Institute at Boston College. Boston, p. 156.

 

 

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