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OPINIÓN

La educación en el imperio de la información

La buena educación libera al ser humano del imperio de la información y construye comunicación

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Octubre 25, 2021

Para la Dra. Norma Segovia Machado, que infundió el amor por la palabra
que comunica significados profundos, a tantas generaciones de universitarios.

“La información se ha convertido en una noción con pretensiones de imperio sobre todas las cosas físicas, biológicas, humanas.”

Más artículos del autor

Edgar Morin. Método I. La naturaleza de la naturaleza,p. 350.

Se dice que vivimos hoy en la sociedad del conocimiento y en la economía del conocimiento puesto que las mayores fuentes de generación de riqueza están hoy en empresas relacionadas con las tecnologías informáticas -Google, Facebook, Twitter, TikTok- y no con la producción de bienes tangibles como fue en el pasado inmediato de la era industrial.

En ese contexto de mercado global se ha ido produciendo paulatinamente lo que el investigador chileno José Joaquín Bruner llama la mercadización del conocimiento universitario y de la educación superior. En efecto, el conocimiento es hoy una mercancía más que se sujeta a las leyes de la oferta y la demanda más que a la concepción clásica de búsqueda de la verdad, con todo y sus deformaciones dogmáticas, o a la visión moderna de formación científica para comprender y transformar el mundo, incluyendo su sesgo antropocéntrico que por absolutizar la racionalidad técnica produjo el desastre ecológico que hoy enfrentamos.

Sin embargo -y esto no es algo nuevo ni una aportación personal original a la discusión- si revisamos con mayor detenimiento las características de esta sociedad y de esta economía autodenominadas del conocimiento, podremos ver con claridad que, si bien detrás de todo este avance y sofisticación de las tecnologías se debe al indudable progreso del conocimiento en campos como la informática, la robótica y la inteligencia artificial, las ingenierías especializadas en sistemas, mecatrónica, electrónica e incluso en la producción de mensajes y contenidos de impacto mediático a través de la publicidad y los medios virtuales de comunicación de masas, lo que en realidad vivimos en estos tiempos de crisis civilizatoria o cambio de época, según quiera verse el vaso medio vacío o medio lleno, es una sociedad de la información y una economía basada en la producción y consumo de la información.

Como dice Morin en el epígrafe de hoy, “la información se ha convertido en una noción con pretensiones de imperio sobre todas las cosas físicas, biológicas y humanas”.

Vivimos en un mundo en el que la hegemonía y el poder están en quienes tienen en sus manos la creación y difusión de información; nos movemos cotidianamente en un ambiente de invasión y manipulación de las personas y los grupos sociales a través de la avalancha de información con la que se bombardean las mentes de las personas. Se trata de una producción y difusión de información en tal cantidad y a tales velocidades, que resulta imposible prácticamente asimilar, entender, analizar y matizar: se trata de lo que muchos llaman un estado constante de infoxicación, de intoxicación por exceso de información.

En el campo educativo, este imperio de la información vino a reforzar y a revolucionar la visión tradicional de la enseñanza como transmisión de contenidos, haciendo que los planes de estudio se sobrecarguen cada vez más de asignaturas que pretenden lo imposible: que la escuela “cubra” todo el espectro de campos de información que supuestamente son necesarios para la formación de profesionistas o técnicos capacitados y funcionales al sistema.

A nivel de aula, esta infodemia, esta auténtica pandemia de información ha invadido también los programas de cada asignatura que contienen cada vez temarios más amplios y cargados de temas muchas veces simplemente aglutinados sin ninguna jerarquización o articulación que les brinde una lógica interna para lograr que los docentes y los estudiantes puedan encontrarles sentido e integrarlos en su mente de forma más o menos coherente y tener alguna noción de las formas en que se podrían aplicar a su vida.

Porque a pesar de que se habla mucho de que la nueva educación está centrada en el desarrollo de competencias o de aprendizajes clave o saberes indispensables para la vida, la realidad nos muestra que el imperio de la información se ha apoderado de los procesos de escolarización en los que los profesores y profesoras están fuertemente presionados para “cubrir” todos los temas prescritos con lo que tienen que olvidarse de su tarea pedagógica central que es la de provocar en los alumnos la fascinación que implica “descubrir” aspectos del mundo natural, histórico, social, cultural que no conocían.

La educación en esta mal llamada sociedad del conocimiento olvida o desdeña intencionalmente la idea de que, como afirma Morin: “Lo que importa no es la cantidad de información, es la organización de la información” (p. 353), es decir, lo que importa no es lo que se cubre sino lo que se descubre y esto quiere decir, lo que se comprende, se analiza, se sintetiza, se reflexiona críticamente, se conoce razonablemente, se delibera y valora en sus implicaciones para la existencia personal y colectiva.

Mientras que el exceso de información enajena y acaba por bloquear parcial o totalmente el deseo de conocer que es connatural a todos los niños, la cantidad justa de información que se organiza de manera inteligente, crítica y responsable hace crecer este deseo, esta pasión por aprender todo lo que se va descubriendo que no se sabe y que se siente la necesidad de explorar para llegar a saber, es decir, a comprender, a afirmar con argumentos y a saborear en su auténtico valor que nos aporta pequeñas probaditas de la luminosidad de la realidad.

En tanto que la infoxicación termina por incomunicar al profesor con sus estudiantes, a los estudiantes entre sí y a todos ellos con el mundo en el que habitan, con la riqueza de la herencia de saberes y significados de su tradición y de la historia de la humanidad, la buena educación, la que libera al ser humano del imperio de la información construye comunicación auténtica, es decir, promueve que los significados se vuelvan comunes, se compartan y puedan enriquecer la vida de todos.

Esta construcción comunicativa es una de las metas centrales de toda buena educación humanista, de toda educación que pueda llamarse realmente educación. Porque la simple transmisión de información -por más que se disfrace en discursos conceptualistas de corte constructivista, socio-constructivista o de desarrollo de competencias para la vida- se queda en una mera escolarización credencialista que sirve solamente para generar estadísticas y presumir grados académicos o en una simple capacitación técnica que como bien señala Nussbaum en su concepto de educación para la renta, forma empleados obedientes y eficaces para remplazar la mano de obra calificada que el mercado necesita, pero resulta incapaz -intencionadamente incapaz- de formar a los ciudadanos que necesitan las democracias, de desarrollar integralmente a los seres humanos que contribuyan a construir un mundo en el que valga la pena vivir.

Todo esto no significa que la buena educación no requiera de información, porque es imposible desarrollar habilidades de pensamiento o una conciencia social o ecológica, o un sentido ético de la existencia, sin tener un contenido sobre el cual se trabajen estas dimensiones humanas. Por poner un ejemplo: para enseñar a pensar críticamente resulta indispensable pensar sobre algo, sobre un contenido, sobre datos o información bien seleccionada, suficiente y pertinente.

Pero la meta de una buena educación necesita una visión compleja de la información que la conciba como fuente que alimenta la inteligencia y no como la finalidad central del proceso de formación de los educandos. Una visión compleja que piense en términos de la organización adecuada y significativa de la información más que en la cantidad de información a transmitir de la memoria del profesor a la memoria del alumno o de los apuntes del profesor a los cuadernos de los estudiantes.

Para enfrentar la infodemia que padece el mundo de hoy resulta indispensable esta visión nueva de la información orientada hacia la búsqueda de comunicación profunda. Como dice el mismo Morin: “…la visión compleja de la información…” nos puede conducir “…a tener esperanzas en una sociedad comunicacional donde la información opere para la comunicación” (p. 409).

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