Hipermetropía

Jueves, Septiembre 30, 2021 - 17:03

Un pueblo educado puede salir adelante, pero un pueblo informado podrá ver la injusticia social

Nacido en Puebla en 1996, estudió la licenciatura en Ingeniería Industrial en la Ibero Puebla. Actualmente estudia la maestría en Biosistemas en Wageningen University and Research. Apasionado por la ciencia y artes

¿Hasta dónde llega la democracia? O bien, ¿hasta dónde debería llegar la democracia? Esta pregunta me ha asaltado durante el último mes. Las clases de civismo traen el recuerdo, “el poder de la multitud”, “el poder del pueblo”; seguido del ejemplo de cómo hay elecciones cada tres años con el voto libre, universal y secreto. Todo sonaba muy bien, México es un país democrático donde los ciudadanos mayores de edad acuden a las casillas a elegir a diputados, senadores, presidentes municipales, gobernadores e incluso al presidente de la República. En resumen, nos explica este libro de formación cívica y ética, México vive en una democracia porque el pueblo ejerce su poder a través del voto, eligiendo a sus gobernantes que, a su vez, supuestamente, los representan.

Después, aparece el índice de democracia y al ver a México en el lugar 72 del mundo, corremos en busca del libro con La Patria en la portada, preguntando, “¿cómo que el lugar 72, acaso hay más democracia que la democracia?” Y al no encontrar respuesta pensamos: “debe ser por la cantidad de personas que votan, recuerdo que el actual gobernador de Puebla fue electo por tan sólo el 15% del padrón electoral del estado, eso tal vez no es tan democrático. Bueno, y la elección presidencial del 2006, ahora que recuerdo, también fue extraña y dudosa. Sí, debe ser por eso”. Nos enseñaron que la democracia se reduce a la elección colectiva de gobernantes, pero ¿sólo se reduce a eso?

Si reducimos la democracia a la mera actividad de votar, podríamos decir que la democracia, el poder del pueblo en sí, existe un día cada tres años. Por supuesto esto es una exageración. Nuestro gobierno, incluso el que nosotros elegimos, está lejos de tenernos contentos por tres años como para olvidarnos de él. Es más, tengo la teoría de que lo malo de un gobierno es directamente proporcional a la frecuencia en la que se habla de él. Entre más se habla del gobierno, peor es. Un país que funciona, que es bien gobernado, no da de qué hablar largo y tendido. Uno malo, da constante conversación y pleito. En México, nunca dejamos de hablar del gobierno y eso da mucho que pensar.

Pero también opinar del gobierno está lejos de construir democracia. Si votará el 100% del padrón electoral en elecciones limpias y ordenadas, seguro subiríamos en el ranking, pero tengamos por seguro que no escalaríamos a los primeros lugares. Vivir en democracia no es votar y enajenarse a través de la elección de representantes, sino participar activa y frecuentemente en ejercicios de opinión, no sólo para elegir al presidente de la República, sino en la toma de decisiones de cualquier organización que involucre distintos niveles de interés o trabajo. La democracia entonces no se debe limitar a la elección de gobernantes, sino también a los pilares que sostienen lo que denominamos gobierno, específicamente, la educación.

El artículo 3º de la Constitución, uno de los pocos que todos recordamos y que seguramente apareció en algún examen de primaria, menciona la obligatoriedad de la educación básica y la media superior, dejando la obligatoriedad de la educación superior, en manos de los Estados y el resto es historia. El acceso a la educación superior, a las universidades, se ha reducido a poco más del 20% en el país, un diminuto 20% que puede pagar el asistir a clases.

Estamos tan preocupados por las decisiones que hace el presidente de un país de 1.973 millones de km², sin siquiera mirar que hay cien millones de habitantes que no han cursado la universidad. Esto, no por flojera o desinterés, aunque tal vez haya algunos casos, sino porque tomar clases requiere transporte, requiere tiempo y alimento, requerimientos que a fin de cuentas se traducen en un costo, costo tan alto que tarde o temprano muy pocos pueden pagar. La Universidad, idealmente, es el espacio donde se capta el reflejo de una mejor sociedad, una que da la bienvenida a quien tenga ganas de aprender y no sólo a los que tengan el recurso. Un lugar de puertas abiertas donde los requisitos para entrar sean cognitivos y no económicos. Tenemos la mente puesta tan alto que no vemos el desastre ocurriendo a nuestra altura, quejándonos de la visita de uno o dos presidentes vecinos, sin observar que la educación, la oportunidad de conseguir un buen empleo y de pensar en un mejor futuro, es el lujo de pocos. Estamos con la mirada puesta en una lejana estrella caminando entre basura.

Si creemos que la democracia y el ser democrático es ir muy cumplido a votar con ganas de cambiar la historia, sintiéndonos héroes y a la vez responsables de un país al que no hemos volteando la mirada o si creemos que México no es considerado democrático por la falta de elecciones limpias o representantes inteligentes, es porque sólo ponemos atención a unas cuantas consecuencias de las muchas que tiene el haber permitido que la educación superior se privatizara, directa e indirectamente.

¿Cómo podemos pedir un cambio que la mayoría de la población ni siquiera ha tenido la oportunidad de imaginar? ¿Honestamente creen que la preparatoria es suficiente preparación? ¿Qué ofrece suficiente aprendizaje para vivir en una sociedad democrática o, al menos, segura? ¿En serio, piensan que con lo aprendido a los veinte años es suficiente para vivir una vida estable y de paso tener una familia? ¿Están diciendo que están orgullosos de su título de licenciado, maestro, ingeniero, etc. y que al mismo tiempo piensan que las universidades no sirven para nada? Ni se atrevan a hablar de la pobreza en nuestra investigación científica, esa otra consecuencia de la falta de educación que, aunque se le llame superior, es la base de cualquier sociedad en desarrollo.

Las universidades se han vuelto un lujo, un escalón en la sociedad que no sólo hay que subir, sino pagar por subir. ¿Hasta dónde debe de llegar la democracia entonces? ¿Dónde está el poder del pueblo? Sufrimos de hipermetropía mental, una tan arraigada que ni siquiera sabemos que necesitamos lentes porque no hemos volteado la mirada a lo que tenemos enfrente, la educación, por estar mirando a la distancia. Nos quejamos de que apuñalan al Conacyt y sus programas de becas para posgrados, los cuales han sido un verdadero rescate para muchos y se deben mantener, sin embargo, callamos, o tal vez no nos hemos percatado, que una licenciatura ya es un lujo en sí mismo. No sé si somos hipócritas o ciegos, pero justos, sin duda, no somos. Permitimos que las universidades en vez de un reflejo de una posible mejor sociedad, volvieran un punto de comercio al servicio del mercado, dónde mejorar la calidad educativa es la migaja que derrama el sobrevivir.

Si saber es poder, ¿qué poder podemos esperar de nuestro pueblo al que se le han cerrado las puertas del conocimiento? Si la democracia es el poder del pueblo, ¿qué tan democráticos somos?, ¿qué poder tiene un pueblo sin educación?

Es hora de exigir que la educación superior, la licenciatura por lo menos, se considere básica, reformar el artículo 3, y volver la educación superior obligatoria, exigiendo al Estado dar los medios para cumplir esta obligación; dando becas, ofreciendo transporte, manutención, lo que quieran, pero que la cartera no sea excusa para no estudiar sólo hasta el bachillerato. Sólo un pueblo educado puede salir adelante, sólo un pueblo informado se dará cuenta de la injusticia social que vivimos, sólo un pueblo preparado ha de construir un mejor futuro. Es hora de darle poder al pueblo y lograr verdadera democracia.

@fgabrielgt


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