Tras 18 meses de pandemia se ha podido seguir cómo es la recuperación de la infección por el coronavirus SARS-CoV-2 y las secuelas que persisten después de haberse curado. A la fecha se han descrito más de cincuenta síntomas asociados al período de recuperación de la enfermedad COVID-19. Destacan la fatiga persistente en un 58% lo que dificulta la reinserción laboral o escolar de todos aquellos afectados. Además, un 44% tienen dolor de cabeza intenso, un 27% muestra desorden de atención y un 16% muestran pérdida de la memoria.
También se sabe que uno de cada cinco pacientes siente pérdida de la capacidad de respirar o falta de aire ante esfuerzos pequeños, pérdida del olfato o del gusto, caída del cabello o dolor en las articulaciones. Con menor frecuencia, uno de cada diez pacientes manifiesta náuseas, desórdenes digestivos, mareos, pérdida de peso, palpitaciones o bien opresión en el pecho, tos, y/o fiebre. A nivel mental se agregan cambios del estado de ánimo, ansiedad, depresión, desórdenes del sueño y ronquido. Esta enorme cantidad de síntomas muestra que el coronavirus es capaz de dejar una huella en los enfermos probablemente debido a procesos inflamatorios, activación de sustancias que median las respuestas de defensa del cuerpo y efectos en el cerebro lo que altera su función.
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Estas secuelas van a tener un impacto sobre la cantidad de recursos que se deberán destinar para el control de la pandemia como es la vacunación, pero también para que los centros de rehabilitación se tengan en todos los estados y ciudades medianas y grandes, para que se pueda tener una recuperación plena de salud.
Ahora que son jóvenes y niños los que tienen las tasas más altas de infección se deberá hacer un seguimiento muy minucioso de su evolución después de recuperarse para que también se puedan determinar los síntomas del COVID-19 de largo plazo y que obtengan una atención adecuada. Así que no debemos olvidar las 3 C´s: cubrebocas, no conglomeraciones y evitar espacios cerrados.