“…Odio quiero más que indiferencia porque
el rencor hiere menos que el olvido…”
Julio Jaramillo.
“…Puedo (y lo sé) soñar los versos más chingones
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más angelados, más confusos;
un mundo donde las mujeres y los hombres
codo a codo, limpian, barren,
cuidan a los niños.
Un lugar donde los maestros
desde preescolar hasta la universidad
sean considerados los empleados
mejor pagados, más apreciados
y los futbolistas y las estrellas de cine
reciban un salario justo
por ser sofisticados payasos de circo.
Ahí voy yo, sacrílega, encarrerada,
entre faroles sacros,
preguntona como acostumbro,
cómo sería este mundo
si no existieran los políticos…”
Kyra Galván. El otro sueño. Nexos, junio de 2021, p. 54.
Recuerdo, como en un sueño de hace muchos siglos, que en el mundo anterior a la pandemia que nos obligó a cerrar las escuelas y las universidades, en esa realidad “neoliberal, conservadora y fifí” en que vivía este país antes de esta “épica y gloriosa cuarta transformación histórica” de la Patria, se legisló –de prisa- y se -mal- instrumentó una reforma educativa en la que los docentes se sintieron odiados por el presidente que representó el retorno de ese PRI históricamente corrupto y autoritario que no por ponerse la etiqueta de “nuevo” resultó diferente del de las casi ocho décadas de “dictadura perfecta” como la calificó el Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa.
En este sueño veo marchas, manifestaciones -unas pacíficas, otras no tanto-, plantones, cierres de los accesos al Senado de la República por parte de los miembros del SNTE y sobre todo de la CNTE que reclamaban que dicha reforma, que establecía entre otras muchas cosas -aunque fue la que se convirtió en el único punto de debate- la construcción de un Servicio Profesional Docente (SPD) que fuera el marco en el que se operara el otorgamiento de las nuevas plazas, la promoción y en su caso, la remoción de los profesores basándose en una evaluación estandarizada.
El sueño me trae de regreso también el cambio legislativo del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), creado en el año 2002 para otorgarle autonomía en sus funciones de establecimiento de los criterios de evaluación no sólo de los docentes sino de todos los elementos y dimensiones del Sistema Educativo Nacional (SEN), además del establecimiento de la facultad de proveer a la autoridad educativa de orientaciones para la definición de las políticas públicas orientadas al mejoramiento de los elementos del sistema a partir de las evaluaciones, diagnósticos e investigaciones que realizara.
En el sueño aparecen de pronto interpretaciones que yo consideré en su momento sesgadas sobre una supuesta pretensión de “privatización de la educación pública” y de un carácter “punitivo” de la evaluación docente basado en una visión -que también señalé en ese entonces como poco objetiva y basada en criterios de orden político-ideológico más que en los planteamientos normativos y operativos de la reforma en general y de la evaluación docente en particular.
Sigo haciendo memoria en mi sueño y veo nebulosamente cómo a partir de algunos errores de comunicación sobre la reforma y la evaluación, de una falta de trabajo de convencimiento con los docentes de base y de negociación con los liderazgos gremiales para promover las condiciones de viabilidad para el éxito de los cambios constitucionales y las leyes reglamentarias que implicaban un viraje hacia un sistema de mayor complejidad -menos vertical, con una gobernanza más participativa, con una orientación hacia el mérito docente y una ruptura del viejo pacto corporativo del antiguo régimen- se fue creando, en parte por malas experiencias de los docentes en los procesos iniciales de evaluación y en parte por la construcción política de una narrativa adversa que posicionó la idea de la culpabilización de los docentes por el desastroso nivel educativo de los niños y adolescentes y del INEE como el villano creado para castigarlos, sin conocer claramente sus atribuciones reales.
Recuerdo también en el sueño a un buen grupo de colegas investigadores educativos, varios de ellos con gran trayectoria y prestigio, que se opusieron a esta reforma y contribuyeron a la construcción y posicionamiento hegemónico de esta narrativa adversa a la reforma con sus adjetivos (des) calificativos de privatización, evaluación punitiva, crítica a la meritocracia sin planteamiento de alguna alternativa distinta a la conservación de las prácticas caducas basadas en la discrecionalidad de los líderes sindicales que incluía la venta, renta y herencia de plazas.
Estos elementos y también los errores de instrumentación hicieron naufragar la reforma del 2013 y llevarle muchos votos del magisterio al actual presidente López Obrador a partir de la promesa de abrogarla por completo y de construir una nueva reforma educativa que se sustentara en la “revalorización de los docentes”, sustituyendo al INEE por un instituto dedicado a centralmente a esta misión.
En un artículo anterior señalé como el discurso presidencial pasó de revalorizar al “no maltratar” a los docentes. Lo pueden leer aquí: https://www.e-consulta.com/opinion/2021-05-17/de-revalorizar-no-maltratar-amlo-y-los-docentes
Este cambio de discurso es consistente con lo que realmente fue la (contra) reforma educativa del 2019: la devolución implícita y de facto del manejo de las plazas y promociones a los liderazgos gremiales, la recuperación de la “paz sindical” y la sustitución del INEE por el llamado Mejoredu, un instituto sin autonomía, dependiente de la autoridad educativa -ahora en manos de una secretaria de bajísimo perfil- que hasta ahora no ha mostrado acciones concretas que hablen de un trabajo hacia la revalorización del profesorado y hacia la mejora del SEN.
Como la poeta Galván, tengo un nuevo sueño en el que hay un mundo donde hombres y mujeres son corresponsables del desarrollo del país, dentro y fuera del hogar. Para ello es necesario que podamos hacer de México “…un lugar donde los maestros/ desde preescolar hasta la universidad sean considerados/ los empleados mejor pagados, /más apreciados…” Una sociedad en la que los maestros y maestras sean realmente revalorizados en los hechos y no solamente “no maltratados” como dijo recientemente el presidente.
Pero desafortunadamente parece que cada vez estamos más lejos de hacer de México este lugar donde los profesores y profesoras sean bien formados, bien pagados, bien tratados y suficientemente valorados socialmente.
El jueves 1º de julio el presidente López Obrador rindió lo que llamó un informe a los mexicanos de lo que él considera sus principales logros en los tres años que han transcurrido desde el día de su elección en la que triunfó por un amplísimo margen de votos.
En la numeralia de este informe tenemos que los conceptos más mencionados fueron: Pueblo (11 veces), Pandemia (7 veces), Pobres (6 veces) y Violencia (5 veces). En el nivel intermedio de menciones estuvieron: Adversarios, Bloque y Sexenio (4 menciones c/u) y Elecciones, Conservador y Corrupción (3 menciones c/u). Las palabras Educación, Escuela y Maestros no fueron mencionadas ni una sola vez.
De acuerdo a la evolución del discurso presidencial, puede tristemente inferirse que los docentes pasaron de la percepción -sesgada y subjetiva, aunque con algunas bases objetivas- de sentirse odiados por el presidente anterior a la indiferencia -real y objetivamente demostrable aunque subjetivamente no explícita- que puede verificarse no solamente en estas omisiones discursivas sino también en los presupuestos destinados a su formación y desarrollo y en la manera en que fueron ignorados en el diseño y la operación del programa ‘Aprende en Casa’ como respuesta al cierre de las escuelas.
Aunque sigo compartiendo y seguiré tratando de aportar elementos para que el sueño transgresor, sacrílego y encarrerado de la poeta se haga realidad. Mientras tanto, entre el sueño del pasado y la realidad presente del sueño incumplido de muchos, por las promesas del actual gobierno, diría con Julio Jaramillo -como en el artículo anterior que cito líneas arriba- que quiero odio, más que indiferencia.