El presidente Andrés Manuel López Obrador celebró la cancelación de la Reforma Educativa y la aprobación de una nueva reforma en las Cámaras de Diputados y Senadores y en más de la mitad de las legislaturas estatales. Anunció que hoy se publicará en el Diario Oficial de la Federación y en breve estarán listas las leyes secundarias.
Explicó que el nuevo marco legal revalorizará a los maestros y los incluirá en toda decisión de mejora a la educación. Boletín del gobierno federal, Promulgación de la nueva reforma educativa, 15 de mayo de 2019.
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"Quién no recuerda sus maestros. Lo que somos en buena medida depende de lo que hicieron con nosotros en las aulas las maestras, los maestros. Por eso el compromiso de no maltratarlos…”
Andrés Manuel López Obrador. Nota del Diario Reforma, 15 de mayo de 2021.
En la convivencia interpersonal, en la interacción social y sobre todo en la política, las palabras tienen una importancia fundamental. Somos animales simbólicos y vivimos en un mundo mediado por el significado según afirma el filósofo canadiense, Bernard Lonergan. Según este autor, el lenguaje es uno de los vehículos más importantes para comunicar significados.
Los políticos aprenden la importancia vital del cuidado de las palabras y de los discursos prácticamente al introducirse en la esfera de la actividad pública y todos sabemos que en los discursos políticos hay que leer el texto y también el contexto para acercarnos a comprender el significado real de los discursos, que muchas veces son intencionalmente ambiguos, elusivos o francamente falsos, porque en cada palabra usada, el legislador, el alcalde, el gobernador, el ministro o el presidente están cuidando su imagen y enviando mensajes a determinados interlocutores.
Tan importante es el cuidado de las palabras en la política que todos recordamos el sexenio de Vicente Fox, bastante imprudente y poco cuidadoso de las palabras que tuvo que tener como vocero a Rubén Aguilar para aclarar las cosas cada vez que una declaración presidencial se salía de control. En la opinión pública y en la memoria colectiva de los mexicanos ha quedado para siempre guardada la famosa expresión: “lo que el presidente quiso decir…”
No es el caso del presidente López Obrador. Se trata de un gran orador y comunicador y el espacio público, sea ante el atril de las mañaneras frente a los reporteros de la fuente y sobre todo frente a la opinión pública nacional, o en su lugar natural que es el mitin o la plaza pública, han destacado siempre su carisma y el muy bien planeado uso del lenguaje con el que plantea cada tema y fija la agenda de discusión nacional diariamente.
De manera que con AMLO no podemos pensar que una palabra fue dicha de forma espontánea o sin calcular los efectos que tendrán. Por el contrario, cada frase, cada expresión, cada palabra están sistemáticamente muy pensadas y dichas con plena intención y consciencia.
Por eso llamó poderosamente mi atención el cambio en los términos con que se refirió a su política respecto al magisterio entre lo que prometió en campaña y cumplió con el apoyo de su mayoría aplastante en el Congreso, que siguió al pie de la letra sus instrucciones de que “no quedara ni una coma” de la Reforma Educativa del 2013 y lo que declaró el sábado pasado en el video en el que aparece, según él mismo declara, en el puerto de San Blas y envía una felicitación al profesorado del país.
Porque aunque aparentemente el discurso es el mismo entre el candidato, el presidente entrante y el que tiene ya prácticamente tres años desde que fue elegido con una amplia mayoría de votos, creo que las palabras usadas dicen mucho y reflejan lo que ha pasado entre lo prometido, lo legislado y lo llevado a la política educativa con respecto a los profesores en estos dos años y medio de gobierno.
El cambio que quiero resaltar -porque puede pasar desapercibido- es el de la transición entre el compromiso de revalorizar a los maestros y el de no maltratarlos, ambos tomados de declaraciones textuales del titular del ejecutivo que ejemplifico con dos citas que sirven como epígrafe al artículo de hoy.
Porque la promesa de campaña fue la de revalorizar a los maestros que según los argumentos falaces o al menos cuestionables del presidente habían sido denigrados y culpados del desastre educativo nacional. Se propuso de inicio inclusive sustituir al lamentablemente extinto Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), organismo autónomo, por un Instituto para la Revalorización de los maestros.
Esta sustitución no se cumplió y la (contra) reforma educativa y su legislación secundaria definieron más bien una versión desdibujada del antiguo INEE, que se estructuró como dependiente de la SEP Federal y que se llama Instituto para la Mejora Continua de la Educación, conocido popularmente como Mejoredu.
La revalorización del magisterio no ocurrió ni por la vía de ese instituto propuesto inicialmente ni por el Mejoredu, que es una especie de dependencia fantasma de una secretaria del ramo que nadie sabe dónde está ni qué está planeando o haciendo en el sitio que ocupaba Esteban Moctezuma.
Si revisamos el presupuesto destinado a la educación y especialmente el asignado a las escuelas normales -las encargadas de formar a los futuros maestros y maestras de este país-, veremos que esa revalorización no sólo no se nota sino que más bien se está condenando al sector educativo y a la formación de los docentes a no contar con los recursos indispensables, ya no digamos para mejorar sino para operar dignamente.
El presupuesto de egresos de este año para el rubro de Educación tuvo un crecimiento nulo y el presupuesto destinado a las normales del país tuvo un recorte del 95% respecto al del 2020 que fue a su vez, la mitad del de 2019. El presupuesto para los programas de capacitación de los docentes en ejercicio tuvo un 45% menos de recursos respecto al año anterior. Estos datos, tomados de una nota informativa de Animal Político muestran que en el rubro presupuestal tampoco existe una consistencia con aquella promesa de revalorización de los maestros y maestras.
Una de las críticas más fuertes y creo que bien sustentadas que recibió el programa “Aprende en casa” en su segunda etapa -que recurrió a las televisoras como medios de transmisión de los contenidos curriculares de todos los niveles-, fue precisamente que no tomó en cuenta a los maestros como mediadores pedagógicos indispensables para el aprendizaje significativo de los niños y adolescentes. De modo que en la pandemia tampoco se concretó el discurso de revalorización que se había prometido y más bien se envió un mensaje de desconfianza hacia su trabajo al centrar la mayor parte de la relación entre la autoridad y los docentes en la petición de evidencias de que estaban en contacto y trabajando con sus alumnos.
Tal vez por eso, el presidente no dijo este Día del Maestro que el compromiso es revalorizar el trabajo de los profesores sino “no maltratarlos”. Lo malo es que este no maltrato se entiende desde la idea falsa de que el servicio profesional docente culpaba a los maestros de la mala calidad educativa y que entonces, evitar el maltrato es no evaluarlos para que el acceso y la promoción sean producto del talento y el esfuerzo de cada profesor y, no de procesos opacos y discrecionales. Lo cuestionable es que este no maltrato conlleva la falta de evaluación de todo el sistema educativo para contar con la información para tomar decisiones de mejora real.
Ante este compromiso de “no maltrato” que se traduce en falta de atención, nula voluntad política para mejorar las condiciones de trabajo, falta de involucramiento en las decisiones importantes de política educativa y vuelta a esa doble sujeción que planteaba Pablo Latapí hace ya más de dos décadas: “a la SEP por un lado y a las cúpulas dirigentes sindicales por el otro”; que implica en síntesis, una revalorización inexistente. Ante esta recuperación de la “paz sindical” a costa de la mejora real del sistema educativo y de una auténtica dignificación del docente, bien podría aplicar lo que dice la clásica canción de Julio Jaramillo: “Odio quiero más que indiferencia”.