Miércoles, 20 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Cantidad de tiempo o tiempo de calidad

¿Cómo llamaremos a estas generaciones que se perdieron a sí mismas en sus oportunidades de crecer?

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Junio 28, 2021

“A medianoche, a punto de terminar agosto, pienso con tristeza en las hojas que caen de los calendarios incesantemente. Me siento el árbol de los calendarios.

Cada día, hijo mío, que se va para siempre, me deja preguntándome: si es huérfano el que pierde un padre, si es viudo el que ha perdido la esposa, ¿cómo se llama el que pierde un hijo?, ¿cómo, el que pierde el tiempo? Y si yo mismo soy el tiempo, ¿cómo he de llamarme, si me pierdo a mí mismo?

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El día y la noche, no el lunes ni el martes, ni agosto ni septiembre; el día y la noche son la única medida de nuestra duración. Existir es durar, abrir los ojos y cerrarlos.

A estas horas, todas las noches, para siempre, yo soy el que ha perdido el día. (Aunque sienta que, igual que sube la fruta por las ramas del durazno, está subiendo, en el corazón de estas horas, el amanecer)”.

Jaime Sabines. De: Diario semanario y poemas en prosa.

Como dice el poeta chiapaneco, cada día que se va para siempre, nos perdemos de alguna manera a nosotros mismos porque nuestra vida está hecha de tiempo, porque nosotros somos tiempo que aspira a la eternidad pero que tiene un límite palpable, una duración más o menos extensa pero definida e inevitable en esta tierra.

Tal vez en ninguna época reciente habíamos experimentado en carne propia lo que vaticinaba este poema hace ya varias décadas -el libro en el que se incluye este poema que sirve de epígrafe al artículo de hoy se publicó en 1961 por primera vez, por lo que tiene justamente la misma edad que yo- respecto a que existir es durar, abrir los ojos y cerrarlos con el alivio y el miedo conjurado temporalmente de que nos hemos salvado de la muerte por este virus nuevo y letal que se ha extendido por todo el mundo y se niega a ser controlado.

Cada día que pasa y se va para siempre nos deja en el fondo del corazón la pregunta por la forma en que debemos llamarnos: ¿Cómo nombrarnos si nos perdemos a nosotros mismos?

Tal vez tendríamos también que preguntarnos cómo vamos a llamar en el futuro a estas generaciones que perdieron tanto tiempo en su formación escolar -según el articulo de Rafael de Hoyos que cité hace algunas semanas aquí https://tinyurl.com/yhduujc2. Hasta el 30 de abril en América Latina, los niños y adolescentes habían perdido 217 largos días, o sea que para este fin de junio habrán perdido 278 jornadas de potencial aprendizaje y crecimiento académico, humano y de socialización.

¿Cómo hemos de llamar a estas generaciones que se perdieron a sí mismas en sus oportunidades de crecer, de vivir aventuras escolares, alegrías, enojos, aburrimientos en común, iluminaciones por comprender algo nuevo, tensiones de búsqueda por las preguntas que se habrían ido generando en sus mentes, reforzamiento de su tejido emocional y afectivo por las horas de convivencia con sus pares y con sus profesores?

Tal vez por eso en días pasados se publicó un calendario escolar al que se le añadieron diez días para volver al esquema implantado por Ernesto Zedillo en su período como secretario de Educación Pública federal, de ciclos escolares de 200 días. Recuperar el tiempo perdido, aunque sea en una pequeña parte puede ser la razón que dio origen a esta decisión en la que los ya de por sí muy desgastados y “quemados” profesores de los niveles básico y medio superior del país, tendrán prácticamente un mes de “receso” en sus actividades -ignoro por qué a las autoridades educativas les da miedo llamar vacaciones a estas vacaciones- para recuperarse un poco del enorme cansancio de este ciclo escolar a distancia y reunir fuerzas y ánimo para iniciar sus capacitaciones para el retorno en modalidad híbrida el 16 de agosto.

Los niños de estas generaciones que vieron perderse más de un ciclo escolar y que se perdieron un poco a sí mismos en esta etapa en la que muchos de ellos además de aprendizajes de las distintas asignaturas y experiencias de convivencia escolar perdieron a familiares cercanos, amigos, vecinos, etc. y vivieron entre el temor a los contagios, el tedio de la rutina, las dificultades para entender sus clases y sobre todo lo que pasaba a su alrededor, tendrán un ciclo escolar que se vislumbra muy cuesta arriba, iniciando el 30 de agosto y terminando hasta el 28 de julio de 2022.

Todo esto sabiendo que el proceso de vacunación en nuestro país va mucho más lento que en otros y que tenemos apenas alrededor de un 12% de la población total con el esquema completo, con la amenaza de lo que parece ser un nuevo brote de contagios en varias regiones del país, con la experiencia de la reapertura fallida de las escuelas en Campeche y la Ciudad de México que hace incierto que este plan de retorno funcione y con muchos elementos más que hacen que esta decisión de reapertura sea más un acto de voluntad política que el resultado de las condiciones objetivas que vivimos.

Ojalá el retorno presencial (gradual e híbrido y con medidas precautorias pero regreso al fin) de la vida escolar sea exitoso y que los casos de vuelta a la distancia sean excepciones y no la regla. Ojalá que el período que han llamado de “valoración diagnóstica” realmente se haga bien y aporte los datos necesarios y suficientes para que el llamado “período extraordinario de recuperación” que durará según el calendario, 46 días efectivos -del 13 de septiembre al 23 de noviembre- realmente logre que los estudiantes puedan disminuir significativamente las pérdidas de aprendizajes relevantes que tuvieron en este tiempo de encierro obligado.

Deseo sinceramente que después de este tiempo dedicado a la recuperación, los niños y adolescentes de este país tan necesitado de una educación de calidad y con equidad puedan seguir avanzando en sus nuevos aprendizajes y que esta pesadilla del fin del ciclo 2019-2020 y todo el ciclo 2020-2021 quede en el pasado como un mal recuerdo.

Sin embargo la lógica de pensar que aumentando días de clase se va a lograr recuperar lo perdido y abatir el rezago educativo producido por el cierre prolongado de las escuelas que se sumó al rezago que de por sí ya tenemos como país según lo muestran las evaluaciones internacionales me parece poco sustentada y con muchas posibilidades de producir efectos contrarios a los que se pretenden.

Ya desde el tiempo de Zedillo en la SEP cuando se aumentaron los días de clase y en años posteriores a esta decisión viendo ya lo que realmente ocurría en las escuelas, escribí artículos críticos respecto a esta idea de que la cantidad de tiempo que dura el ciclo escolar es directamente proporcional a la calidad de los aprendizajes que se obtienen en los estudiantes.

Algunas razones de estas críticas fueron, por una parte, derivadas de que al no acoplarse los tiempos administrativos de la SEP a los tiempos del calendario escolar y solicitarse toda la documentación y calificaciones finales con mucha anticipación respecto al fin de los días de clases, había un buen número de semanas en las que los alumnos y profesores sabían que ya todo estaba concluido y se dedicaban en el mejor de los casos a repasar o repetir contenidos, llenar por llenar los libros de ejercicios o de plano a jugar, ver películas y buscar formas de entretenimiento de estos días extra sin sentido.

La razón principal es que la lógica de que cantidad de tiempo equivale a cantidad de aprendizajes se basa en la idea enciclopedista que todos los pedagogos señalan que debería estar ya superada que mira a la educación como una mera acumulación de contenidos de muchas disciplinas y no como la puesta en circulación de los saberes para generar comprensión, pensamiento creativo y crítico, desarrollo socioemocional y formación ética y ciudadana.

Lo dicen como consuelo -o a veces como pretexto- los papás y mamás que por dedicar mucho tiempo al trabajo o a la vida social no se ocupan lo suficiente de sus hijos: es mejor darles tiempo de calidad y no darles cantidad de tiempo.

Sin embargo hay mucho de cierto en esta aseveración. Mientras en la escuela no se hagan las cosas de otra manera, mientras no se cambien los paradigmas centrados en los contenidos a almacenar y no en los aprendizajes clave y los saberes para la vida a desarrollar, la cantidad de tiempo no va a generar mejores resultados de aprendizaje.

Y mientras las cosas no se hagan de manera distinta, el tiempo adicional en la escuela será más un castigo que una oportunidad tanto para maestros sobre-exigidos y agotados como para estudiantes cansados y aburridos.

En esas condiciones, aunque las escuelas se vuelvan a abrir, las nuevas generaciones seguirán perdiéndose a sí mismas y el país perdiendo la ventana de oportunidad urgente de educar con calidad y equidad a los ciudadanos que lo transformen.

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