Sin duda la década de 1965 a 1975 no es antonomasia de estabilidad para Puebla. En ese periodo, la entidad tuvo cinco gobernadores, todos a excepción de Rafael Moreno Valle, en papel de sustitutos o interinos, incluyendo a Aarón Merino Fernández quien fue sustituto y después electo. A pesar de las múltiples figuras que pasaron por la silla, un proyecto se mantuvo en pie durante esos diez años, hecho verdaderamente sorprendente considerando la idiosincrasia de nuestros gobernantes de borrar todo lo bueno y malo de su antecesor. Ese proyecto fue el entubamiento del río de San Francisco.
El río de San Francisco tendría su origen en La Malinche bajando desde el volcán recorriendo la ciudad al borde del centro histórico para unir su cauce con el Atoyac en la actual colonia Prados de Agua Azul, recorrido kilométrico de bellos paisajes que sin temor a equivocarme habrá sido una de las principales causas de asentamiento y nacimiento de la ciudad de Puebla como la conocemos. El agua siempre ha sido y seguirá siendo un recurso invaluable. Un río es una fuente de prosperidad. Esto lo sabemos nosotros y lo sabían los españoles de 1531 cuando fundaron la ciudad. Quizá fue tanto el progreso y la prosperidad que nos trajo, que la industrialización y el crecimiento demográfico no quedó exento del territorio poblano.
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El siglo XX fue recibido en el estado con una industria establecida, principalmente textil gracias a la incursión de Esteban de Antuñano 70 años antes, permitiendo la expansión urbana y sus intrínsecas consecuencias incluyendo, por supuesto, contaminación. “Ojos que no ven, corazón que no siente” dice el refrán y no se me ocurre un mejor ejemplo que el que tenemos con la basura. Vemos por todas partes en los huecos de los muros, entre el tronco de un árbol o a la vuelta de la esquina, envolturas, vasos de plástico, el chicle bajo la banca, ejemplos inagotables del refrán, como si quitando de nuestra vista aquel objeto, mágicamente desapareciera. Jalamos la cadena y toda la mierda se esfuma, no existe más. La industria, tratándose de una figura humana que toma decisiones, víctima de esta subjetividad estúpida, ha contribuido inmensamente a ese “desaparecer” del desperdicio. Pero este no desaparece, tal vez nuestro corazón no lo siente, pero el de nuestro entorno sí. Tan ciegos hemos querido estar que el 75% de nuestros ríos y lagos están gravemente contaminados.
En esta cómoda y elegida ceguera, el río de San Francisco se volvió en escondite de nuestras aguas negras así como del desperdicio industrial. Fue la nariz y no los ojos la que nos llevó a darnos cuenta. El centro histórico se rodeó de un miasma insoportable para que a mediados de los sesentas se tomara la decisión de entubarlo.
Quisimos dar solución a dos problemas: el olor y la movilidad, de forma rápida y por ende superficial. ¿No sé nos ocurrió que no era el río el que olía mal sino nuestros desperdicios mal manejados?, ¿Fue el paso a la modernidad y la importancia por las máquinas de transporte más importante que el paisaje y orgullo por nuestro puente de Bubas o por el de Ovando?, ¿No nos dimos cuenta de que ese río era parte de nuestro patrimonio como ciudad? Me temo que no, al contrario, en su momento fue considerado una gran obra de la ingeniería, de valor. Una vez más el magnífico hombre doma a la naturaleza y donde había un icónico río ahora hay un boulevard en honor a otra batalla humana que nos hincha el pecho como lo es la que tuvimos contra Francia ese 5 de Mayo.
El tiempo enseña a quien presta atención. Hoy el río de San Francisco es casi inexistente, digo casi porque ahí está, debajo del malabarista y del ambulante, bajo las llantas de nuestro Volkswagen hecho en Puebla. ¿Qué vamos a hacer al respecto? Tal vez nunca volvamos a ver el río de San Francisco, no volveremos a comer unas chalupas en su barrio escuchando su pasar, pero tenemos otros ríos, el Río Atoyac y el Alseseca. Salvémoslos antes de convertirlos en bulevares con nombres históricos tan vacíos como su existencia.
Pongamos la mirada en ese hueco en el muro y démonos cuenta de que hay basura y nosotros la pusimos ahí. He dicho que la tecnología avanza, el saneamiento acuífero es cada vez más accesible, las herramientas están, sólo hace falta voluntad. Esa misma voluntad que cinco gobernadores tuvieron hace medio siglo, ojalá la tuvieran dos seguidos, ojalá la tuviera uno. Nuestro gobierno es un reflejo de nuestro trato a la naturaleza, es decir, abuso y desinterés. Ojalá los que vengan volteen la mirada, llenen sus pulmones de la realidad, del mal olor que han dejado sus antecesores y se decidan a hacer algo trascendente, poniendo al planeta y al futuro sobre el culto inmerecido a su persona.
Es hora de que nuestros ojos vean para que nuestro corazón sienta y resienta todo el daño que hemos hecho y así, exijamos corregirlo.
@fgabrielgt