La noción de xenofobia tal como en la actualidad es entendida, surge de la mano con el nacimiento del Estado moderno; es decir, desde finales del siglo XVIII a la fecha. Esto ha sido así en virtud de los conceptos de identidad nacional y de extranjería que la construcción del Estado moderno trae aparejada.
Sobre todo a partir de la puesta en marcha del proyecto liberal mexicano, una vez que se consumó la independencia de México, se edificó como la identidad nacional lo que hasta hace no tanto tiempo se tenía por ideal: el mestizaje. Esta idea anuló el reconocimiento de la existencia de naciones indígenas en el territorio nacional, por considerar que su estado social era propio de una cultura inferior que debía ser superado, pero también separó a lo que debía ser considerado mexicano respecto de aquello identificado como europeo, por marcar una diferencia entre lo propio de una historia nacional como país independiente respecto de lo estrictamente colonial.
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Y a raíz de la adopción del concepto de mestizaje como palabra clave para el desarrollo de nuestra identidad nacional, se gestaron conductas e instituciones excluyentes de lo extranjero: si la identidad mexicana se percibe mestiza (la raza de bronce), entonces todo aquello que no se asemeje a esa imagen debe ser excluido por no corresponder con la identidad nacional: por ser extranjero.
Desde luego que la disculpa que esta semana ofreció el presidente de la República al pueblo chino por la matanza de más de 300 personas con orígenes en aquel país que fue cometida en Torreón en 1911 es importante. Me parece, incluso, que ni los medios de comunicación ni las instituciones públicas le darán el peso que sociológica e históricamente amerita este acto que pudiera parecer simple.
Esto, que aparentemente es un trágico episodio de la historia mexicana, no es más que una manifestación extrema de la xenofobia sobre la que están constituidos los Estados modernos, incluyendo al Estado mexicano.
En la actualidad, este fenómeno se sigue repitiendo e, inclusive, no me atrevería a decir que con menor gravedad e intensidad: basta recordar la importante cantidad de niñas, adolescentes y mujeres centroamericanas que son explotadas sexualmente sobre todo en Chiapas, por ejemplo.
Un probable indicativo de que como nación mexicana seamos una cada vez menos xenófoba, serán nuestras reacciones frente a olas de migraciones centroamericanas, en particular ante la llamada Caravana Migrante. No se trata únicamente de ser hospitalarios, que desde luego es un rasgo de nuestra cultura nacional que merece ser rescatado: se trata de ser conscientes que, no importando el país de origen o la situación migratoria (ninguna persona es ilegal: tenemos que combatir esa idea, empezando desde las leyes) de una persona, nuestro comportamiento frente a cada ser humano debe ser uno que reconozca en cada persona su dignidad y su libertad. Se trata, en síntesis, no sólo de actuar con caridad sino de hacerlo con base en la empatía, la solidaridad y el respeto.
Decía el presidente en el acto de disculpa pública que la xenofobia es algo que no debemos permitir que se repita en nuestro país. El propio gobierno puede comenzar a generar acciones en ese sentido: mejorando los trámites administrativos del gobierno federal para la regulación migratoria de las personas provenientes de Haití o capacitando y organizando a la Guardia Nacional para que, en la frontera sur, sus elementos no pateen a personas migrantes de Centroamérica acompañadas por niñas y niños. Pero, como siempre en estos temas, en nuestro actuar diario podemos también incidir en modificar las reacciones frente (¿o contra?) a las personas migrantes, sobre todo de países pobres, y las condiciones en las que las mismas se encuentren en el territorio mexicano.
Al final del día, como señala el dicho: en algún momento, todas las personas somos migrantes.
@JAbrahamRojas